domingo 22 de enero de 2012

A por los que nos dejan el mojón

Ya tenía yo pensado con qué darles el coñazo hoy cuando, en mitad de mi frugal y dominical desayuno, ha caído en mis manos uno de ésos artículos que solemos escribir los seres humanos, terciando y opinando sobre aquello de lo que no tenemos ni la más repajolera idea, pero con los que pensamos que quedamos como un señor; y luego nos fumamos un puro.
El tipo en cuestión, columnista de Público, se viene a quejar de que el gobierno ha anunciado que, a partir de ahora, los malos gestores van a poder pasar por el banquillo del tribunal penal; o dicho de otro modo, que el que utilice la caja de todos los españoles para despilfarrar y gastar por encima de lo que se ingresa, se las tendrá que ver con la justicia que nos representa a los dueños de la pasta, que somos usted, yo y el resto de nuestros paisanos.
A simple vista, lo que cabrea de la medida en cuestión es que no llegara antes, ya que implica que hasta ahora ha habido algunos (serán los menos), que se han dedicado a gastar sin miedo y con todo el desparpajo, independientemente de si había algo detrás para cubrir esos cheques que se extendían tan alegremente. Y que a esos tipos, que nos han dejado como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, hasta ahora no se les podía meter mano penalmente (término que no tiene nada que ver con el pene, vayamos a leches).
Lamenta, el escribiente, un buen escribiente eso sí, Antonio Orejudo, que se va a imponer por ley el déficit cero, es decir, que aquellos a los que ponemos a cargo de nuestra caja de caudales deberán gastar justo lo que hay en ella o (esto ya son términos económicos que seguramente sonarán a chino al señor Orejudo) sólo aquello que haya previsiones técnicas de poder devolver.
Para este señor y para todos aquellos que le han aplaudido en internet (plas, plas, plas), adecuar el gasto al ingreso es signo de ser un neoliberal, término cuyo significado cada día me ofrece más dudas, pero que debe ser un liberal de toda la vida, pero nuevo. ¡Albricias! Al final resulta que todo este debate no es económico sino político, que detrás de todo está la maldita ideología, esa dictadura que nos impone nuestra opinión, por encima de la razón.
En el colmo del disparate económico, el señor Orejudo le dice al ministro de Economía que si no ha oído hablar de las hipotecas y los préstamos para comprar un coche. Debe ignorar, el insigne escritor, lo que le pasa a uno si contrae una hipoteca o un préstamo y se permite el lujo de no calcular que vaya a ingresar lo suficiente para pagarlo; que será lo mismo que nos pase a los españoles si nuestro país sigue gastando por encima de sus posibilidades.
Termina, el sensacional narrador, aseverando que un Estado no es una empresa. Es de suponer que habrá llegado a esa conclusión él solito. Pero yo digo más: la diferencia es que en una empresa, como en una familia, si el gestor gasta más de lo que ingresa o de lo que puede ingresar para devolver los préstamos, se las termina viendo con la ley; mientras que en un Estado, hasta ahora, los señores gestores se iban de rositas después de dejarnos el mojón en nuestro cuarto de baño.
Termino, no sin antes añadir que está estupendo esto de que todo el mundo hable de lo que le salga de las meninges, pero el problema es que hay alguna gente, pocos, que luego van y lo leen; y es más, hasta se lo creen. Y como esto siga así, es posible que un día nos veamos pegándonos tiros en la calle por un mendrugo de pan. Entonces será el momento de hacer un monumento al señor Orejudo, a los de Público, a los del 11-M y a sus parientes más cercanos. Verás qué risas.

domingo 15 de enero de 2012

Los problemas ya llegan ellos solos

Escuché, en una ocasión, el consejo que un anciano regalaba a joven. “No busques a los problemas; ellos vendrán solos”, le dijo, como paladeando cada una de las sílabas de su sentencia. Hace tiempo que llegué a la conclusión de que una de las características del ser humano es desear preferentemente lo que no tiene y, especialmente, lo que tiene toda la pinta de que jamás conseguirá. Es un ramalazo masoquista que nos hace castigarnos mentalmente en solitario, recordándonos que jamás estaremos satisfechos.
Ojo que todos, un servidor de usted incluido, hemos pasado por esto, pero no deja de mandar muchos ‘güevos’ ver a seres humanos que lo tienen, lo tenemos prácticamente todo, dándole a la calandraca acerca de lo que nos falta y, sobre todo, de lo que tienen nuestros vecinos más próximos.
Hay que ser muy inconsciente, y si me lo permite usted, muy egoísta, mi querido lector, para quejarse de algo, para ansiar algo y por supuesto para deprimirse por la falta de ello, cuando vivimos en un paraíso de comodidades y bienestar, mientras a unos pocos kilómetros, o incluso aquí a nuestro lado, hay tanta gente que rebusca en nuestra basura para poder seguir existiendo y darles a sus hijos eso que nosotros llamamos porquería para que también subsistan.
La situación es especialmente habitual en las cuestiones del amor, ese sinónimo de coincidencia de intereses pero en vertiente romántica, que en demasiadas ocasiones nos muestra a individuos con prácticamente todos los ingredientes necesarios para ser felices, arrastrando sus miserias en los rincones por el simple hecho de que aquella media naranja que se les ha antojado tiene otros planes.
Es, quizás, sólo el ejemplo más tópico; pero hay otros. En lo profesional, queremos el puesto que tienen otros y, cuando lo logramos, añoramos una vida más tranquila, parecida a aquella que llevábamos antes de alcanzarlo.
Si estamos en el paro, nos desesperamos porque necesitamos actividad (y dinero, claro); y cuando trabajamos, no soportamos a nuestros jefes, a nuestros subordinados, a los clientes, a los proveedores y a los horarios.
En familia, si estamos pocos, nos invade una tristeza nostálgica; pero si somos muchos, nos sobran los cuñados, los suegros, los yernos y las nueras y hasta los primos y hermanos.
Con la parienta (o con el ‘pariente’), nos agobian sus costumbres, su afán de controlarnos y hasta su familia y amigos, pero si por alguna desgracia la perdemos, ya no encontramos la forma de vivir.
Y al final, se nos van pasando los años deseando lo que no tenemos, ansiando lo que disfrutan los otros, aunque para ellos no signifiquen más que cargas y pesadumbres.
Y así hasta que llegan los problemas de veras, hasta que nos hemos de enfrentar a aquello que verdaderamente ataca frontalmente a nuestra felicidad básica. Y entonces lamentamos no haber disfrutado, no haber exprimido al máximo aquellos maravillosos años, meses o días, en los que nos empeñamos en gastar nuestro valioso tiempo en rebuscar bajo las alfombras o en los vetustos arcones para encontrar problemas con los que realizarnos.
A ti, que de verdad hoy te enfrentas a un problema, todo mi ánimo, mi apoyo sincero y todo lo que pueda hacer por ti. Ah, y mi compromiso de no buscar problemas, que ya tenemos bastante con los que llegan, de verdad, ellos solitos.

domingo 8 de enero de 2012

38

Estoy blandurri hoy. Me disculparán quienes acuden puntualmente a esta cita cada lunes (dos o tres, no más) deseando disfrutar con unas cuantas alforjas de estopa, leña y bastos, que hoy no toca. Si el mono les corroe, siempre pueden darse una vuelta por el blog, donde el otro día sí les di lo suyo a los de un gran supermercado y a su concepto de ‘atención al cliente’. Pero no aquí y ahora, que no toca.
Hemos empezado ya 2012 y quiero regalarme un pequeño paréntesis de paz y buenos deseos. Y, como es tradición, cada vez que empieza un año, al arriba firmante le toca cumplir tacos, el día de Reyes nada menos, 38 en este caso. ‘Chale güevos’.
El guión es previsible cada año, aunque ha sufrido algunas modificaciones desde que llegó al mundo esa luz, esa vocecilla que me grita si algún día remoloneo más de la cuenta en la cama. Por su culpa, ahora lo primero es levantarse corriendo el día 6 y darle los últimos retoques a la ciudad de los juguetes en la que se ha convertido el salón, porque anoche, cuando llegamos de la Cabalgata, estaba uno hecho unos zorros y seguramente quedaron flecos por resolver. Ella no; si por ella fuera, que hubiera durado tres días el paso de los Reyes y sus colegas.
Después, todavía pronto, un buen rato de juegos con Carlilla, que es la versión humana de aquellos conejitos de Duracel que afortunadamente ya no nos torturan por la tele, pero que quedaron para siempre en nuestra memoria.
Y al final de la mañana, el atracón de visitas y de ‘jalufa’, porque no hay cumpleaños sin echarle uno o dos agujeros al cinturón y alguna arroba de más a la báscula.
Este año, también como novedad, la comida la he hecho yo. Sí, es cierto, con alguna ayuda, pero bajo mi sabia y diestra dirección. Y para colmo, a los postres me he fregado y refregado toda la cocina y la vajilla, hasta el punto de que alguna visitante ilustre ha querido inmortalizar el momento plasmándolo en una instantánea que desterrará de una vez y por todas aquel mito acerca de mi escasa colaboración de puertas de la cocina hacia adentro.
De un tiempo a esta parte, también es obligada la visita al Facebook, para tratar de responder o al menos de leer y complacer las felicitaciones de los amiguetes de la red. Todos muy cordiales y entrañables, salvo quizás el ‘joputa’ ése que dice que me echaba 40 (aunque no ha especificado 40 qué). Incluso a él se le agradece que se haya acordado.
Y el caso es que en algo no se ha equivocado: hace tiempo que empezó a estar uno más cerca de los 40 que de los 30; y que aquello de los 20 empieza a ser un recuerdo que a veces provoca risa y otras vergüenza.
Significa eso que ‘vamos para arriba’, como dirían en mi pueblo si lo tuviera, y que en algunas cosas que antes se hacían con la gorra ahora hay que pararse a descansar. También quiere decir, en la teoría, que se hace uno más paciente, más reflexivo y más racional, aunque supongo que eso debe ser ya cuando se ha tocado la cuarentena con las dos palmas, porque por ahora, al que suscribe, la paciencia era verde y se la comió un burro y la reflexividad le suele llegar a posteriori, cuando el barro llega ya hasta la axila. Así que este joven que les quiere, espera de ustedes la comprensión para poder llegar a viejo. Que nos leamos muchos años. Suyo afectísimo.

miércoles 4 de enero de 2012

Por cortesía de Alcampo

A estas alturas, creo que no soy tan lila como para pensar que el que un mequetrefe como yo decida no volver a comprar en su puta vida en Alcampo le puede hacer ni cosquillas a un gigante de la alimentación como éste. Sin embargo, mi gran amigo lector, me va a permitir usted que me desahogue y, de paso, si a alguien convenzo para que me siga en esta absurda guerra de David contra Goliat, pues eso que me llevo.
Como consumidor, como ciudadano y como empresario, uno de los grandes misterios del universo es, para mí, el por qué algunas empresas se empeñan en darle por el saco a sus clientes, cuando les costaría muy poco trabajo hacerles felices y provocar que piensen que son importantes para él, aunque sea mentira.
La sobremesa ha tenido, hoy, para mí, un sabor agridulce. Agrio porque después de tener hecha mi compra, una compra llena de ilusión y felicidad puesto que estaba compuesta prácticamente al 100% de regalos dirigidos a buena gente, no he tenido más remedio que devolvérsela a los señores de Alcampo. Dulce porque me he dado el gustazo no sólo de devolverla íntegra, sino de irme luego a la competencia, para comprar exactamente lo mismo, por un precio muy parecido y encima con el placer de que me traten, no como a un marahá ni como a un jeque árabe; sencillamente como a un cliente.
El motivo de la movida no es nuevo. Ya me ocurrió una vez, con estos señores de Alcampo; pero los duros de mollera como yo necesitamos varios golpes para escarmentar. Y no descarto que éste no sea el definitivo.
El caso es que después de haberme gastado más de 300 pavos en el magnífico supermercado que estos señores tienen en la Avenida del Mediterráneo, en Almería, me he dispuesto a pedir la correspondiente factura de aquellos artículos que he comprado como empresa, por tratarse de regalos de ‘ídem’.
La señorita que me ha atendido en la caja general, una chica agradable y con una paciencia de santa, me ha comunicado que para poder facturarme tenía que presentar por escrito mi NIF, puesto que son ‘normas de la casa’.
En vano he tratado de hacer entender a la simpática joven que el facturar no es ningún favor ni un hecho extraordinario que debían hacer por mi cara bonita, sino una obligación de toda empresa. Pero nada.
Como soy experto en estas trifulcas consumidor-empresa, casi sin pestañear he pedido la presencia del superior a esta chica. No sé en qué ni por qué será superior el tipo que ha aparecido tras unos minutos, puesto que físicamente no había color y en cuanto a atención al cliente, un abismo a favor de ella frente a él.
Se suponía que vendría alguien con algún tipo de argumento que explicara por qué esta gran cadena se pasa por el forro la ley que nos obliga a todos los empresarios a facturar, pero en su lugar ha venido un ‘premio Nóbel’ que se ha contentado con decirme exactamente lo mismo, “normas de la casa” y que, “si no está conforme, rellene una hoja de reclamación”, al tiempo que ha puesto pies en polvorosa sin despedirse y sin dejarme responder. Un prodigio de atención al cliente, el muy pazguato.
Eso sí, le he hecho caso. He rellenado pacientemente la hoja de reclamaciones y, además, por si se le había olvidado pedírmelo, también he tenido los santos cojones de bajar al aparcamiento, subir toda mi compra de más de 300 pavos y pedir muy graciosamente que me devuelvan mi dinero. Fíjense qué manera más simpática han tenido estos tíos de Alcampo de dejar de ingresar unos cientos de euros esta tarde. Supongo que el catedrático que me ha atendido va a cobrar lo mismo, a pesar de haber sido decisivo no sólo para que devuelva mi compra sino para no volver por allí hasta que a él no le brote su segunda neurona, por arte de magia. Ah, se me olvidaba: ¡en Carrefour se han puesto de un contento que para qué las prisas!

domingo 1 de enero de 2012

Indignidad de género

Hubiera sido mucho más bucólico y pastoril haber empezado este año con un artículo sobre buenos deseos para este 2012 que dicen podría ser el último. Sin embargo, hay veces que tiene que estar uno a lo que está. Y en lo que está uno, en este caso, es el uso de esa herramienta con la que se gana la vida, que hemos convertido en saco de ‘puching’ y que llamamos lengua castellana.
Tengo que confesar que no siento excesiva devoción por la señora Pajín, doña Leire; como no la siento tampoco por otros muchos tipos y tipas (vayamos a leches), de diferentes colores y signos, que han pasado por los gobiernos de diferentes instituciones públicas sin haber dejado en pie ni una sola obra, ni un solo acto que merezca la pena, que pueda ser recordado con cierto orgullo por aquellos que les hemos pagado el sueldo religiosamente durante años; y lo que es peor, que se lo vamos a seguir pagando, sin que den palo al agua, una vez terminado su triste paso por la función pública.
El otro día, con los cuerpos se sendas mujeres aún frescos, con sus familias desesperadas por unas pérdidas tan absurdas como injustas, la señora en cuestión decidió lanzarse al ruedo acusando a su sucesora en el ministerio de haber utilizado la expresión ‘violencia doméstica’ para definir ambos crímenes. Sinceramente, en el momento que escuché sus palabras, vía radio, tuve que hacer profundos esfuerzos para no vomitar.
Una de las más estúpidas manías que algunos políticos comparten con nosotros, los periodistas, es la de pensar que la gente, nuestros conciudadanos, nacieron ayer mismo. Utilizar la muerte de dos seres humanos y las manifestaciones de dolor de una ministra recién llegada al cargo para hacer política de esa manera no solo es una enorme indignidad, de género si lo quieren así, sino además una muestra clara de quien piensa que todos los demás somos gilipollas por vía congénita.
Pero al margen de la indignidad, que creo que es lo más grave en este tema, entrando lingüísticamente en el asunto, la señora Pajín no lleva razón. Dice la individua en cuestión, corrigiendo a su sucesora como si ella tuviera patente de corso en cuestiones lingüísticas (ignorando las amplias manifestaciones de desprecio por la lengua que nos ha dejado durante sus años de gestión), que lo que ha causado la condenable muerte de estas dos mujeres no es violencia doméstica sino violencia machista o de género. Demuestra Pajín, una vez más, que de gestión de la lengua castellana va aún peor que de gestión institucional o ministerial. Habrá que explicar a esta señora, y en su persona a toda esa caterva que sostiene el feminismo más enfermizo, irracional e inútil, que el término doméstico viene del latín ‘domus’, que significa hogar. Y que como tal, es un adjetivo que describe lo que sucede alrededor de un hogar o familia.
Que los energúmenos que han dado cuenta de las vidas de estas dos mujeres a las que se suponía que algún día quisieron (no lo creo yo tanto), lo han hecho en el ambito de la familia es algo que ofrece pocas dudas. Si ambos hubieran querido ejercer la violencia machista o de género, no se hubieran entretenido en elegir como víctimas precisamente a sus mujeres, sino que hubieran enfocado su ira inhumana sobre cualquier otra mujer; a quienes ellos odiarían sería a todas las mujeres y no sólo a la suya propia.
Creo, sinceramente, que mientras no nos convenzamos de que este tipo de violencia no está basada en el género sino en la posesión familiar y doméstica blandida bajo irracionales manifestaciones de superioridad física, seguiremos lamentándonos y perdiéndonos en estos penosos y estériles debates.

domingo 25 de diciembre de 2011

Los puentes de Mariano o la muerte de las ideologías

“Los viejos sueños eran buenos sueños. No se realizaron, pero me alegro de haberlos tenido”. La frase es de una buena película, no de mis favoritas, pero sí protagonizada por un actor que me suele provocar ‘efecto reclamo’ cuando se trata de cine: Clint Eastwood.
La semana que ayer concluía, comenzaba con la intervención en el Congreso de Mariano Rajoy, para empezar a explicar eso que tanto se le ha pedido desde su partido rival desde años antes de ser siquiera candidato a la residencia del gobierno: lo que piensa hacer con este país.
Aunque mi confianza en los políticos es tan relativa como lo es en cuanto al resto de los seres humanos, llámeme escéptico si quiere, me gustaron esos primeros adelantos. Desde hace meses, vengo dando la matraca en esta columna con la diferencia entre los mundos de Yuppy y la vida cotidiana, entre los deseos y las realidades, entre los sueños y los despertares, entre lo fundamental y lo accesorio.
España ha sido, durante la época de bonanza, ésa que han llamado algunos, muchos, la burbuja inmobiliaria, una espléndida cigarra que cantaba todos los días como si fueran el último, al calorcito de un verano que ella ignoraba caduco, pasando por alto la fábula en la que las hormigas aprovechan esas vacas gordas para guardar y esperar tiempos peores. Hace tiempo que las vacas sufren una involuntaria y férrea cura de adelgazamiento y nosotros, los españoles, hemos pasado de ser una lustrosa cigarra a ir, poco a poco y bajo los efectos de la crisis, tornándonos en un repelente grillo zapatero (me perdonará usted la involuntaria y poco afortunada coincidencia nominativa).
Dijo Rajoy, el otro día, que se acabaron los puentes, no los de Madison, sino ésos que convierten las semanas en ambiciosas obras de ingeniería vacacional, para el irresponsable disfrute de las cigarras y el terror de las despensas, cada día más vacías y huérfanas de hormigas que las revitalicen.
Fue una anécdota, lo de los puentes. Pero acaso una anécdota que simboliza una nueva manera de enfocar las cosas, olvidando las ideologías y echando mano de la gestión, aterrizando ya en una cruda realidad que primero nos empeñamos en negar, luego insistimos en ignorar y más tarde nos obstinamos en cargar culpablemente a los demás, todo muy español, sin siquiera analizar en qué contribuimos nosotros a la misma.
Los sueños han sido bonitos, pero se han acabado. Hemos despertado con la cama llena de sangre y toca buscar la herida, detener la hemorragia y zurcirla. La naturaleza la convertirá en cicatriz, pero no sin que antes nosotros hayamos hecho nuestro trabajo.
Ha llegado la hora de las realidades. Moribundos como estábamos, éstas no podían esperar más. Habremos de ser un todo, arrimando hombro con hombro y dejando descansar el peso en quienes aún conservan más fuerzas, para ayudar a que los que tienen menos puedan seguir el ritmo.
Se acabaron los puentes, las fiestas, las juergas y los cachondeos, repito, todo muy español. El invierno ha llegado aunque nos hayamos empeñado en seguir en bañador. Por eso, ahora toca curar la gripe y llenar la despensa, toca
gestionar con orden y conciencia. No le será fácil el doctor, pues hay partes del enfermo que querrán seguir sin ver la enfermedad. Espero que no le tiemble el pulso ni le flojee la voluntad; si no es así, ya se lo recordaremos. Porque
el invierno se sabe cuando comienza, pero nunca cuándo y cómo acaba.

domingo 18 de diciembre de 2011

Amanece, que no es poco

Dejó dicho Napoleón Bonaparte que “el hombre de Estado debe tener el corazón en la cabeza”. No ha quedado, esta histórica figura, como un tipo demasiado popular por estos lares, de Pirineos hacia abajo, pero llevaba razón, el pequeño general gabacho, aunque yo situaría en la ‘sala de máquinas’ del funcionamiento político y democrático, junto a corazón y cabeza, eso que llamamos Ley, esa guía de instrucciones que le damos a nuestros políticos para que no gobiernen como Dios les da a entender sino como les dictamos sus jefes, que somos usted, yo y otros muchos.
Durante la semana, hemos estado yendo y viniendo con el ‘tema Amaiur’, esa coalición con nombre de comando terrorista, cuyo significado en castellano es ‘Amanece’, curiosa denominación para un grupo de jóvenes y ‘jóvenas’ cuya actividad se basaba precisamente en que un buen día no amaneciera para determinados seres humanos, por el mero hecho de que disentían en determinados, digamos, asuntos generales del Estado.
Mire usted, mi nunca bien ponderado lector, le confieso que no me quita el sueño que el País Vasco siga o no caminando con el cordón umbilical unido a España; hemos tenido, en este trozo del terruño, fructíferas etapas históricas en las que estos amigos de Euskadi se las buscaban en solitario y tampoco pasaba nada. Lo que ya no me da tan igual es que nos tomen por torpedos del culo y, en esto, todo ese entorno de ETA, Amaiur, Bildu y la caterva entera de independentistas que casan su actividad con la amenaza, el detonador, el asesinato, la coacción y el tiro en la nuca, son auténticos maestros.
Analizando tan sólo superficialmente la situación, percibo que esta festiva muchachada que ahora celebra su éxito electoral eliminando banderas al mismo ritmo que borran las dianas que pintaban con tiza sobre las paredes de sus pueblos, parece comportarse como quien se auto-invita a cenar en tu casa, empieza poniendo los pies sobre la mesa, continúa vaciándote la nevera y termina por cagarse en tu lavadora y echarle un pinchito a tu mujer.
Soy sincero cuando proclamo que me hubiera encantado que estos defensores de la patria vasca, que lo mismo utilizan en esa defensa un periódico, un parlamento o una pistola, tuvieran grupo parlamentario en el Congreso de los diputados, porque siempre he pensado que cuanto más plural sea ese órgano mejor y porque una de las diferencias más importantes entre ellos y usted y yo es que nosotros respetamos los derechos de cada uno, aunque ese uno haya demostrado sobradamente que es un tipo tan indeseable como simplón.
El problema es que la ley, aquel libro de instrucciones con el que empezaba estas líneas, parece dejar claro que sus méritos electorales no se lo permiten o no se lo han permitido en los últimos comicios. Y ahí es cuando estos getas, estos tipejos con la cara más dura que el instrumento de un novio, apelan a la caridad de todo aquello y todos aquellos a los que han amenazado e insultado durante años, empezando por el Rey, que muy protocolaria y respetuosamente, se ha debido partir el culo de risa cuando los ha escuchado.
No obstante, que otra cosa que puede haber pasado, viendo el desacuerdo entre las fuerzas mayoritarias y la abstención del PSOE, simplemente difícil de entender, es que la Ley no deje claro si tienen o no derecho a grupo parlamentario. En ese caso, habríamos de pensar que estos respetables representantes públicos la han elaborado con una cucharilla en una mano y una botella de Anís del Mono en la otra.