miércoles, 13 de enero de 2010

Grafiteros y grafiteros

En esta lengua castellana nuestra, en la que cada día está más de moda inventarse palabras inútiles y que designan realidades para las cuales ya existen otros términos, sobre todo por parte de políticos y periodistas, alguien habría de hacer el esfuerzo de fabricar una que diferenciase dos conceptos radicalmente diferentes, contradictorios diría yo, y que hoy por hoy denominamos con el mismo término.
Hablo de los grafiteros, término idéntico a la hora de describir, por un lado, al tipo creativo e ingenioso, capaz de coger una pared sucia, abandonada, destartalada, inservible y sin dueño y convertirla en una obra de arte, en un elemento para el gusto de los sentidos por parte del ciudadano; y por otro, al tipejo insensible y capullo, que no tiene empacho de plantarse delante de una obra recién terminada, en la que el común de los mortales hemos invertido parte del presupuesto público (o privado), reluciente y rezumante de las ilusiones de quienes la acaban de terminar, y plagarla de manchas, firmas, denuncias sin pies ni cabeza (o con, incluso) y estupideces de variada índole.
Indudablemente, a mi modo de ver las cosas, el uno y el otro no pueden ser designados con el mismo término, puesto que de esta manera se cometen dos injusticias: por un lado, al artista creativo y rompedor se le pone a la altura de un cabestro indecente; y por otra, al pellejero y melón se le sube al altar del arte.
Obviamente, como verá usted, la actividad del imbécil que se dedica a poner su firma sobre las paredes recién encaladas de la ciudad, sobre la estatuas que alguien trabajó en su día y que entre todos hemos pagado para disfrute colectivo y la exaltación del alma, sobre las aceras y las calzadas, sobre los muros y vallas, sobre la calva de mi vecino del quinto y sobre el altar mayor de su propia estupidez, es algo que me violenta y me agrede sobremanera.
Y obviamente, también, soy de los que opinan que, además de hacer esta diferenciación semántico-lingüística, la sociedad, que no es otra cosa que usted y yo, junto a otros hermanos más, debería orquestar otra manera de diferenciar al uno del otro, más propia del campo de los hechos que del de las palabras.
Por ejemplo, pienso yo que no sería descabellado que al primero de nuestros protagonistas, al genio de los sprays, se le reconociese su arte contratándolo para adornar los cientos de espacios muertos que existen en una ciudad, haciéndola más habitable, rehabilitando así zonas deprimidas donde el paso del tiempo se ha incrustado en los muros, sin cirugía estética que lo remedie; y fomentando un tipo de arte fresco, joven, creativo y que puede servir de camino de enseñanza para otros incipientes artistas que puedan afianzarse en ese terreno.
Y mientras tanto, al tipo de las firmitas, ése que se cree que hace arte, el muy inútil; ése gran tarugo que piensa que está rompiendo moldes, haciendo una especie de cutre-canción protesta, que manifiesta su disconformidad con el mundo jodiendo el disfrute de sus coetáneos, porque no tiene talento ni manera de hacerlo construyendo en lugar de destruir; a ése bien podríamos colgarlo de los ‘güevos’ en la ‘mismica’ Puerta Purchena, para que todos los que pasáramos por allí le fuéramos estampando nuestra propia firma en su cara, pero no con un spray, sino con el lápiz que utilizaba Pedro Picapiedra.
¡Ah, y por cierto! Mientras escribía, se me ha ocurrido una diferenciación lingüística: grafiteros versus grafitontos. No es muy profundo, pero puede valer.

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