jueves, 8 de abril de 2010

Los toros de Sabina

Lo chungo de este país (no sé si del género humano, en general) es que, como la libertad de expresión no es algo que esté en la ley sino en la mente, en ocasiones es imposible ejercitarla sin ser sometido a consejo de guerra. Desde que comencé esta cita bimensual con ustedes, llevo dándole vueltas al potaje para encontrar cómo enfocar este particular, sin tener que verme ante el pelotón de fusilamiento al amanecer; esfuerzo inútil, ya que soy consciente de que el que empuña la pluma, suele acabar apuntado por el fusil.
Pero en esto, como en todas las cosas, el camino está siempre trazado por los mejores, o simplemente por otros que llegaron antes que tú; y por ello, ha tenido que ser mi maestro Sabina el que me apunte la senda con su linterna de prosa poética.
Leí el otro día, al sabio, declarar algo así como que “soy aficionado a los toros, me gustan e iré a la plaza mientras existan; pero racionalmente me parecen un espectáculo indefendible”.
Como quiera que en esto de la prensa tengo ya algunas cicatrices en la espalda, al entrecomillado le doy la credibilidad que le otorgo a cualesquiera otras palabras que no haya escuchado yo directamente. Pero, en esta ocasión, sean exactas o no las declaraciones del poeta de lo urbano, incluso dudando sobre si alguien se las haya podido o no inventar, el caso es que sirven para retratar casi a la perfección mi posición en un debate que perdura en el tiempo gracias, únicamente, a esa casta especial que, para lo bueno y para lo malo, tenemos españoles y que nos convierten en estirpe especial.
Al margen de que el debate viene contaminado por la política, que es un arte que coincide con la prensa del corazón en que ambos se empeñan en colarse en todas las fiestas, con o sin invitación; no puede haber nadie en este mundo que, con la mano puesta sobre el libro de la razón, defienda que a un ser vivo se le encierre dentro de una pared circular para torturarlo hasta la muerte. Lo discutible es si a tal manifestación es lícito llamarle arte, puesto que entiendo yo que en la definición de arte hay mucho de sentimiento y, por tanto, de subjetividad de cada cual.
Pero sea arte o no, lo obvio es que la consideración como tal no puede suponer justificación para ninguna actividad que, al margen de su carácter artístico, debe cumplir unos cánones comúnmente aceptados de civismo y humanidad, que son los que rigen el ordenamiento de nuestra sociedad y que no pueden ser saltados a la torera (perdón por el chiste fácil) según para lo que cada uno desee. De lo contrario, el contenido artístico, que ni niego ni acepto en la tauromaquia, podría ser justificante para cualquier tropelía que considerásemos oportuna.
Otros, en cambio, como mi dilecto amigo José Fernández, lo justifican en nombre de la tradición que, por ejemplo, avalaría igualmente que siguiéramos saliendo a cazar al amanecer o que arrastráramos a nuestras múltiples mujeres por los pelos, como fue costumbre durante siglos (por desgracia, algunos salvajes la prolongan hoy).
Por tanto, asiéndome al cantor del amor y el desamor asfáltico, mi Sabina del alma, permítanme que me una al coro de los que, política al margen, pidamos que dejen de torturarse animales en las plazas de toros. Ah, eso sí: no se extrañen si, en tanto en cuanto ello ocurre, me ven algún día en una plaza. Espero que ese día nadie decida arrojarme a mí al ruedo, para cumplir con no sé qué tradición o arte.

1 comentario:

  1. Buena reflexión.

    Se le puede llamar arte, pero de igual manera que a la inquisición se le llamaba justicia.

    Los tiempos cambian y con ello todo lo que nos rodea, sean espectáculos, religion o incluso el arte, así como la forma de definir cada cosa. Desde luego creo que habría que redefinir el toreo porque en estos tiempos, cada vez tiene menos de arte y más de tortura.

    ¡Un saludo!

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