viernes, 2 de julio de 2010

De mentiras, ceses y … ¡Cosentino, demonios!

Los hay que más y los hay que menos pero, en general, sabido es que el hombre es un animal de costumbres. Desde la noche de los tiempos, por muy vanguardistas que los haya, que los hay, cuando se cae en una norma, cuesta romperla.
Al margen de que esta tendencia humana haya hecho ya correr ríos de tinta, reconozco que a mí me llama la atención su aplicación en términos periodísticos, en el papel diario, resumida en la costumbre que tenemos los plumillas de escribir las cosas como a nosotros nos gusta, al margen de la regla y del común entendimiento.
Años ha, en aquella gris pero viva Facultad, escuchábamos largas y sesudas peroratas sobre lo que, hoy, tristemente pasados los años, podríamos denominar nuestra ‘responsabilidad social (¿corporativa?).
Hoy, en cambio, somos artífices de la moderna acepción de una mentira histórica. A lo largo de los años, la gente ha defendido la veracidad de sus ideas apoyándose en la solidez de los libros, mientras que hoy esa piedra angular ha sido sustituida, con el mismo resultado, por los medios de comunicación.
Así, hace siglos, nuestros antepasados eran capaces de apostar un dedo de la mano por una tesis, basando su veracidad en el hecho de haberla leído en un libro; mientras que hoy, no pocas veces sostenemos nuestras argumentaciones en el testimonio que hemos recibido de los ‘mass media’. O sea, antes se decía “esto es cierto porque lo he leído en un libro” y hoy lo hemos cambiado por “esto es verdad porque lo he leído en el periódico”, sin caer en la cuenta de que libros y periódicos son escritos por hombres, con sus carencias, sus subjetividades y sus malas intenciones; es decir, que ambos asertos son igualmente falsos.
Fíjese el sesudo lector si eran y son arriesgados estos asertos, el histórico y el actual, que uno podría asegurar que los periodistas tenemos incluso la costumbre de perseverar intencionadamente en nuestros errores, probablemente revolviendo las tripas de nuestros esforzados oradores de la Facultad.
Pongo por ejemplo el término ‘cesar’, cuyo significado podríamos resumir en ‘parar’ y cuya descripción gramatical se redondearía como verbo intransitivo, es decir, inválido para acompañarse por un complemento directo. La Real Academia, en su diccionario, le admite tres acepciones al término, similares en su significado: ‘Suspenderse o acabar’; ‘dejar de desempeñar algún empleo o cargo’; y ‘dejar de hacer lo que se está haciendo’. Obsérvese la intransitividad de las tres.
Sin embargo, ¿quién no ha leído un titular en prensa del tipo ‘El Hércules cesa a ‘Platanito’ y contrata a Robaperas’; o, aplicado al ámbito político, ‘El presidente del Gobierno se plantea cesar a varios de sus ministros’.
Pues bien, me cuesta trabajo pensar que el autor de cualquiera de estos titulares no haya recibido ya mil y una lecciones sobre un caso clásico de error periodístico; quiero decir que estoy seguro de que muchos de los casos en los que se comete este fallo, no es por desconocimiento, sino por costumbre o, como mucho, para cuadrar un titular. De hecho, créanme si les aseguro que algún compañero me ha reconocido saber la norma e ignorarla a caso hecho.
No me resisto a cerrar esta reflexión sobre ‘errores por costumbre’ con otro ejemplo, no exclusivo de mi profesión periodística, con una pregunta: ¿por qué la gran mayoría de los almerienses, que conocen perfectamente el nombre de la empresa y el apellido de sus dueños; y también muchos visitantes que sólo lo han escuchado en los anuncios de Fernando Alonso, se empeñan en nombrar a nuestra compañía más internacional como ‘Consentino’? ¿No es acaso ya una costumbre? ¡Cosentino, demonios!

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