De Curro Jiménez a Sánchez Gordillo
Creo que lo he dicho ya en más de una
ocasión: esta nueva corriente de justicia social me conmueve, me moviliza, abre
en mí las alas de la comprensión y, más aún, del alistamiento. El movimiento de
arrebatar parte a los que más tienen para hacer mínimamente felices a los que
casi no tienen nada me parece justo, digno y necesario; casi obligatorio.
Y hoy por hoy, hay más gente que casi
nunca en ese estado de necesidad. Más gente que casi nunca y con más necesidad
que casi nunca. Muchos lo están pasando mal y los que recibimos unos perjuicios
muy tangenciales, si tenemos algo que lata entre el pecho y la espalda, hemos
de conmovernos y movilizarnos. Y no lo hacemos o lo hacemos muy poco.
Hablar de templanza, de análisis y de
planificación a quien apenas tiene para comer es, más que una imprudencia, un
insulto. Pero aún así, no parece lo más adecuado solucionar los desórdenes
económicos con desorden social.
La casualidad y el calendario han querido
que la desaparición de quien encarnó a uno de los más míticos rebeldes sociales
en la historia de España como Curro Jiménez, Sancho Gracia, haya coincidido con
el asalto de un grupo de sindicalistas del campo andaluz a un conocido
supermercado, encabezados por un representante del pueblo, un parlamentario
andaluz, cuyo sueldo pagamos entre todos los andaluces.
Repito, el gesto me parece loable, acaso
imprescindible. Probablemente había que hacerlo; ése o alguno similar. La
gente, tanta gente, no puede seguir pasándolo mal, mientras miramos para otro
lado y seguimos siendo testigos silenciosos del despilfarro, de la indolencia,
del aprovechamiento, de esa ‘caradura’ tan española que siempre ha salido a
relucir cuando peor lo pasaban nuestros paisanos, para enriquecer a golfos y
sinvergüenzas de diferente pelaje, que han sabido sacar tajada de los peores
momentos de esta descarriada tierra.
Pero insisto, estas cosas las carga el
diablo y también por estos lares somos expertos, tenemos algún que otro máster
cum laude en pérdidas de rienda, en idas de olla y en rábanos por las hojas.
Cursos experto en tirar de la manta y que aguante quien pueda. En más de una
ocasión, también, he recordado el paralelismo que mental y teóricamente se me
dibuja entre la situación actual y la que se vivía por aquí en los años 30 del
pasado siglo.
Tampoco entonces faltaron quienes
pensaron que la solución era la revolución, el desorden, la subversión y el que
salga el sol por Antequera. Y el problema de esas recetas es que, al otro lado,
siempre hay alguien dispuesto a empuñar una bayoneta más grande que la tuya, a
aprovechar también la ocasión para arrimar el ascua a su sardina y para sacar
la máxima tajada.
No parece el ejemplo más aconsejable ni
la imagen más edificante ver a representantes públicos y a compadres en general
asaltando por la fuerza un supermercado, justificados en que otros tipos lo
están pasando mal. Ni es justo, porque es evidente que la culpa de la situación
de aquellos no la tienen los propietarios de este comercio ni mucho menos sus
trabajadores que fueron zarandeados; ni tampoco es eficaz, porque el gesto en
sí poco supondrá. Pero sobre todo es peligroso, porque en situaciones límite
cualquier mecha es buena para que arda el polvorín y a más de uno se le podría
figurar que la solución es empezar a asaltar todo aquello de donde se pueda
sacar algo en claro.
No quiero imaginar que el ejemplo de los
Sánchez Gordillo y compañía cundiese; ni mucho menos la reacción que no
tardarían en adoptar aquellos que tengan algo que proteger contra los asaltos.
Se me ocurren varias fórmulas más solventes para tratar a este enfermo en que
se nos ha convertido España. Y todo ello sin entrar en el análisis de la
demagogia que puede suponer ver a un sueldo público disfrazado de Curro Jiménez
que, por cierto, descanse en paz.

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