sábado, 6 de octubre de 2012


A mí sí me representan



Está de moda eso de que “no  nos representan”. Está de moda y, además, parece ser una consigna que lo justifique todo: las manifestaciones y los disturbios, las demandas seriamente presentadas y la quema de contenedores, las concentraciones silenciosas y el lanzamiento de vallas, esa extraña confusión entre dos modalidades del atletismo (hasta ahora, las vallas se saltaban y la jabalina era la que se lanzaba).
Está de moda, la proclama, a pesar de ser una mentira, una ignominia y una estupidez. Entre la clase política hay mucho geta, mucho desahogado, mucho incapaz y mucho enchufado con serias dificultades para hacer la ‘o’ con un canuto. Y eso es precisamente lo que hay que denunciar y contra lo que hay que luchar.
Sin embargo, tomar el rábano por las hojas, el todo por la parte, es propio de simples, de estúpidos o, lo que es peor, de manipuladores con aviesas intenciones y con la idea de que todos los demás nacimos ayer o anteayer. El otro día escuché unas interesantes declaraciones de un tipo con el que suelo estar bastante de acuerdo. Decía José Bono, en resumidas cuentas, que los fallos y los comportamientos reprobables de parte de los políticos no puede hacernos caer en el error de cuestionar nuestro sistema, que sin ser perfecto, es el mejor que hemos tenido nunca.
Y no es que me conforme. Si encontráramos otro mejor, me lanzaría a tumba abierta a por él. Pero el problema es que un rápido vistazo a nuestra historia nos ofrece múltiples ocasiones en las que, buscando ese sistema ideal, hemos terminado dándonos hostias por las calles, bayoneta en mano, o bajo la bota de un caudillo ‘salvador’.
Decía un personaje de la excelente novela ‘Dime quién soy’, de Julia Navarro, un periodista británico llamado Albert James, en mitad de una visita a la Unión Soviética de los años 40, que "no soy comunista ni tampoco fascista. Me gusta demasiado la libertad como para que dirijan mi vida. Creo en los individuos por encima de cualquier otra cosa". Los fascistas y los comunistas que accedieron al poder en aquella época coincidieron en una cosa: lo de menos era el individuo y lo de más el sistema.
En este país, junto a un porcentaje importante de políticos cuyo objetivo era llegar a un lugar que les permitiera vivir de lo público sin demasiadas molestias, también hay mucha gentuza que quiere pasar por este valle de lágrimas sin haber puesto una piedra encima de otra, mientras otros les aseguran la supervivencia. Y a éstos, al parecer,  les viene muy bien que haya gresca, que todo se cuestione. Porque la estabilidad acaba poniendo al descubierto sus vergüenzas.
En los años 30 del pasado siglo, en este país nuestro muchos hablaban de revolución, y unos y otros terminaron en un baño de sangre. Hoy día, tenemos un sistema flexible y abierto que nos permite trabajar por mejorarlo, que nos facilita instrumentos como el Defensor del Pueblo o las mociones ciudadanas al Congreso, entre otras herramientas que nos permiten trabajar por un país mejor, pero con ese inconveniente: que hay que trabajar.
La otra alternativa es la fácil, la de meter ruido, lanzar vallas y quemar contenedores, gritando aquella simpleza de ‘No nos representan’, aunque sea una burda mentira, puesto que es precisamente el sistema el responsable de que todos ellos, los que ocupan cargos, unos mereciéndolo más y otros menos, nos representan porque la mayoría los hemos votado. Si  no están cumpliendo, tenemos mecanismos para reprobarlos; si han dejado de gustarnos, podemos trabajar contra ellos por la vía legal; y si queremos participar, el sistema nos lo permite, de cara a las próximas elecciones. Mientras tanto, éstos son los que nos representan. Y respetándolos, respetamos la voluntad de esa mayoría que los votó, respetamos el sistema y nos respetamos a nosotros mismos. 

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