A mí sí me representan
Está
de moda eso de que “no nos representan”.
Está de moda y, además, parece ser una consigna que lo justifique todo: las
manifestaciones y los disturbios, las demandas seriamente presentadas y la
quema de contenedores, las concentraciones silenciosas y el lanzamiento de
vallas, esa extraña confusión entre dos modalidades del atletismo (hasta ahora,
las vallas se saltaban y la jabalina era la que se lanzaba).
Está
de moda, la proclama, a pesar de ser una mentira, una ignominia y una
estupidez. Entre la clase política hay mucho geta, mucho desahogado, mucho
incapaz y mucho enchufado con serias dificultades para hacer la ‘o’ con un
canuto. Y eso es precisamente lo que hay que denunciar y contra lo que hay que
luchar.
Sin
embargo, tomar el rábano por las hojas, el todo por la parte, es propio de
simples, de estúpidos o, lo que es peor, de manipuladores con aviesas intenciones
y con la idea de que todos los demás nacimos ayer o anteayer. El otro día
escuché unas interesantes declaraciones de un tipo con el que suelo estar
bastante de acuerdo. Decía José Bono, en resumidas cuentas, que los fallos y
los comportamientos reprobables de parte de los políticos no puede hacernos
caer en el error de cuestionar nuestro sistema, que sin ser perfecto, es el
mejor que hemos tenido nunca.
Y
no es que me conforme. Si encontráramos otro mejor, me lanzaría a tumba abierta
a por él. Pero el problema es que un rápido vistazo a nuestra historia nos
ofrece múltiples ocasiones en las que, buscando ese sistema ideal, hemos
terminado dándonos hostias por las calles, bayoneta en mano, o bajo la bota de
un caudillo ‘salvador’.
Decía
un personaje de la excelente novela ‘Dime quién soy’, de Julia Navarro, un periodista
británico llamado Albert James, en mitad de una visita a la Unión Soviética de
los años 40, que "no soy comunista ni tampoco fascista. Me gusta
demasiado la libertad como para que dirijan mi vida. Creo en los individuos por
encima de cualquier otra cosa". Los fascistas y los comunistas que
accedieron al poder en aquella época coincidieron en una cosa: lo de menos era
el individuo y lo de más el sistema.
En este país, junto a un porcentaje
importante de políticos cuyo objetivo era llegar a un lugar que les permitiera
vivir de lo público sin demasiadas molestias, también hay mucha gentuza que quiere
pasar por este valle de lágrimas sin haber puesto una piedra encima de otra,
mientras otros les aseguran la supervivencia. Y a éstos, al parecer, les viene muy bien que haya gresca, que todo
se cuestione. Porque la estabilidad acaba poniendo al descubierto sus
vergüenzas.
En los años 30 del pasado siglo, en
este país nuestro muchos hablaban de revolución, y unos y otros terminaron en
un baño de sangre. Hoy día, tenemos un sistema flexible y abierto que nos
permite trabajar por mejorarlo, que nos facilita instrumentos como el Defensor
del Pueblo o las mociones ciudadanas al Congreso, entre otras herramientas que
nos permiten trabajar por un país mejor, pero con ese inconveniente: que hay
que trabajar.
La otra alternativa es la fácil, la
de meter ruido, lanzar vallas y quemar contenedores, gritando aquella simpleza
de ‘No nos representan’, aunque sea una burda mentira, puesto que es precisamente
el sistema el responsable de que todos ellos, los que ocupan cargos, unos
mereciéndolo más y otros menos, nos representan porque la mayoría los hemos
votado. Si no están cumpliendo, tenemos
mecanismos para reprobarlos; si han dejado de gustarnos, podemos trabajar
contra ellos por la vía legal; y si queremos participar, el sistema nos lo
permite, de cara a las próximas elecciones. Mientras tanto, éstos son los que
nos representan. Y respetándolos, respetamos la voluntad de esa mayoría que los
votó, respetamos el sistema y nos respetamos a nosotros mismos.

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