miércoles, 24 de marzo de 2010

Tócala otra vez, Paquito

Posiblemente ustedes no lo conocerán, pero él es un tipo que desborda simpatía por los cuatro costados y que merodea por determinadas zonas de esta ciudad, cargamento en mano, sobre todo los días festivos. A Eddie llevo ya algunos años comprándole, cada vez que lo veo, algún que otro CD pirata, bien de música o bien de cine.
Con estas compras, me llevo una doble satisfacción: por un lado, le echo una mano a Eddie, que en realidad no se llama así pero se parece a uno de los Eddies más famosos del cine mundial, y que buena falta le hace, a miles de kilómetros de su país; y por otro, me río un poco de ese conjunto de esforzados trabajadores, defensores de la cultura y ‘robinjudes’ del arte que se hacen llamar SGAE.
Recordará el avezado lector que llevo unas semanas con ganas de escribir sobre ellos y que, por mor de la más rabiosa actualidad, hasta hoy no he sido capaz de radiografiar en esta columna. Pero hoy sí, amigos, hoy toca. Tendría que caer otra vez el muro de Berlín, teñirse de blanco la piel del presidente de los Estados de Unidos de América, operarse de nuevo Belén Esteban o que se me apareciese Cristiano Ronaldo despeinado, para reorientar mi intención inquebrantable de escribir sobre esta panda.
Mi visión de las cosas, en este caso, es tan sencilla como contundente: estamos ante una pandilla de asalta-bares que andan convencidos de haber encontrado la fórmula mágica para vivir del cuento sin dar un palo al agua en lo que les resta de vida. No les culpo: es seguro que a los cabecillas de la banda no los verán ustedes con la espalda partida de tanto trabajar ni haciendo cábalas para organizar sus macro-giras artísticas.
La dinámica de su atraco es simple: nos quieren convencer a todos de que la titularidad de su trabajo no reside en lo que venden sino en lo que se puede derivar de esa venta. Es algo así como si el fabricante del sofá en el que está usted sentado pretendiera cobrarle a usted cada vez que se echa una siesta; o si Roca pensara en pasarle factura cada vez que le cambia usted el agua al canario en la maravillosas taza porcelánica que tiene usted ubicada en su propio cuarto de baño.
La voracidad de estos ‘currosjiménez’ de la escena ha llegado a tal punto de querer cobrarle a un colegio por la representación de una obra de Lorca, sin caer en la cuenta de lo que hubiera opinado al respecto el poeta que universalizó el teatro en España, yendo por los pueblos con La Barraca; o incluso a pasarle la minuta a un centro de disminuidos por haber hecho uso de una creación artística. ¿Habrase visto manifestación más canalla de la cultura?
El caso es que anda uno, después de todo esto, acojonado por si, en un momento de criminal relax, se te va la pinza y, en pleno éxtasis, te sorprende uno de esos siniestros inspectores de la SGAE, mientras tarareas en la ducha el ‘Ave María’ de Bisbal, el de Schubert o el mismísimo Paquito el Chocolatero que, por cierto, al final será abolido de las bodas, por si acaso, para desgracia de marujas y ciruelos.
Yo, por si acaso y para terminar, quisiera darles a ustedes mi permiso para copiar y hacer libre uso, aunque sea por molestar, de todos los textos que figuran tanto en el libro que tengo publicado como en mis trece años de profesión periodística. Y si alguien de la SGAE les pide algo, me lo desvían a mí, que ya lo apañaré yo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Atención al Cliente

Lo que voy a contar, se lo juro por los muertos del vecino, es tan verídico como los chistes de Paco Gandía, aunque parezca más bien un pasaje sacado de una peli de Paco Martínez Soria o acaso de un monólogo de Paco Calavera.
Por vez primera me subía, hace una semana, al AVE. Sé que no soy, por así decirlo, un vanguardista del transporte de alta velocidad, pero ya saben, como por aquí no gastamos mucho de eso, pues tampoco me había hecho falta hasta ahora.
Volvía yo de un viaje bastante provechoso a Sevilla y, como quiera que a mi amigo Antonio le cogía de paso Antequera para recogernos, quedamos allí con él para llegar hasta Almería (qué nivel, Maribel, que ahora resulta que podemos elegir entre avión o AVE para volver de Sevilla).
Como digo, el viaje estaba siendo un éxito: la ida en avión un lujazo; el transporte al punto de destino desde el Aeropuerto en tiempo y forma; la reunión, provechosa y rápida; vamos, que antes de tomar el AVE (“el pájaro”, lo había bautizado el taxista, algo premonitoriamente, camino de Santa Justa), tuve que pellizcarme dos veces, porque tanta perfección, y en materia de transportes, me hacía sospechar que me había quedado ‘sopa’ en el avión (lo cual sería lógico, porque no son horas).
Para colmo de satisfacción, llegamos a la Estación con diez minutos de sobra para sacar billete, disfrutar con la vista del lugar donde los paparatzis acosan a Belén Esteban y compañía (lo siento pero no puedo evitar acordarme de ella cada vez que leo ‘albóndigas’ en el listado de tapas de un bar) y embarcar tranquilamente.
Es cierto que en el AVE la cobertura de móvil es como el acto sexual de un octogenario: o no hay o se corta cada medio minuto; pero las cosas seguían yendo razonablemente bien hasta que llegamos a Antequera, el lugar de destino.
Entonces, mi compañero de fatigas y yo nos levantamos e intentamos hacer lo que parecía más fácil de todo: salir del tren. Pero no amigos, en esto del trato con las grandes empresas, donde menos se lo espera uno, salta la liebre; primero entre sonrisas, luego a carcajadas y finalmente con cierta desesperación, comprobamos primero que las puertas estaban cerradas mientras el tren estaba parado en el andén y, enseguida, nos percatamos de que, además, no se iban a abrir, por mucho que le diésemos al botoncito verde, una y otra vez, tanto él como yo.
Lo mejor de nuestras caras fue cuando el bicho empezó a andar. Y no tardamos mucho en darnos cuenta de que alguien había decidido que nos íbamos para Málaga. Intentamos, entonces, mientras llamábamos a nuestro amigo Antonio para que se cogiera el petate y se volviera a Málaga a recogernos, buscar al revisor, pero a éste se lo había tragado la tierra, como al mecanismo de apertura de la puerta. Y decidimos sentarnos.
En cinco minutos, raudo y siempre a tiempo cuando se le necesita, apareció el tipo, el señor Gavilán García, pidiéndonos explicaciones de por qué no habíamos bajado en nuestro destino, el muy cachondo. Se lo intentamos explicar, pero su única preocupación era que pagáramos la parte del billete que no habíamos abonado y que alguien había decidido ‘vendernos’ sin nuestro consentimiento, al no abrirse la puerta.
Al principio pensé que era una coña suya, pero el tipo, que ya al subirme al tren no me había parecido un dechado de amabilidad en la atención al cliente, confirmó toda sospecha. Ya en la estación, incluso buscó a la Seguridad para denunciar nuestra actitud, es decir, la de no querer pagar por un viaje-secuestro que nosotros no habíamos querido hacer. Al final, le presentamos una reclamación, en la estación, puesto que en el tren se negó a proporcionarnos la hoja de quejas. Y para ser justos, Atención al Cliente nos trató de maravilla, vamos, que nos pidió disculpas por lo de la puertecita del demonio. La duda que me queda es la de cuáles serán los méritos del ‘diligente’ señor Gavilán García para estar en un puesto de atención al público, salvo los de su primer apellido (‘ave’ de la familia de los rapaces).

viernes, 5 de marzo de 2010

Begoña Vicente y los seguros

Estaba yo decidido, desde hace días, a escribirles algo acerca de esa nueva ‘Hacienda’ que nos ha salido en el trasero y que se hace llamar SGAE: Socios del Gañote, la Ambigüedad y el Estraperlo, que amenaza superar la voracidad de la otra, ya saben, aquella del ‘Somos Todos’.
Sin embargo, no puedo por menos que terciar en un asunto del que tuve conocimiento el otro día a través del artículo de una amiga y que me volvió a recordar que en este mundo todavía hay mucho miserable y que, entre todos, tenemos que eliminarlos de la faz de la tierra.
Begoña Vicente Ariza es una periodista, una madre de familia y una pedazo de mujer con un carácter de mucho cuidado, acostumbrada a luchar por todo porque nadie le ha regalado nada y que ha conseguido mucho sólo a base de tesón, fortaleza y pelea.
Hace algunos meses, precisamente merced a ese espíritu luchador, tuve conocimiento de que Begoña había tenido un cáncer, del que afortunadamente ha salido y que le va a servir para ser aún más peleona y más luchadora todavía, si es posible. Y lo tuve porque había prestado su imagen para una exposición fotográfica de la Asociación de Mujeres Mastectomizadas; guapísimas todas, por cierto.
Y el otro día, me enteré, ya digo, por un artículo suyo, de que la compañía de seguros con la que trabajaba, DKV, no sólo había pasado olímpicamente de ella cuando más la necesitaba, sino que, desde entonces, no ha parado de hacerle putadas (hay palabras más finas, pero no expresan exactamente lo que ésta), probablemente creyendo que podía aprovecharse de la indefensión que debe sentir alguien cuando está mirando frente a frente a la más terrible de las enfermedades.
Qué mala suerte la de estos tíos, porque mira por dónde han ido a dar con una señora que no se arruga ante nada, que en cada problema ve una oportunidad para saltar por encima y que, filosófica y metafóricamente, los tiene más o menos del tamaño de los del caballo de Espartero.
Y claro, por lo que me huelo, Begoña, que además de inteligente y tenaz, tiene un amplio dominio de los medios de comunicación, ha dado lo que puede ser su primer ‘bocao’, con un artículo de opinión que muchos de los millones de amigos que tiene hemos leído y que nos ha sublevado, sensibilizado, cabreado, avispado, erizado y, en definitivo, nos ha puesto las orejillas tiesas, no sólo para defender a una amiga, sino en general, al género humano ante quienes se creen que, sólo por ser más grandes y tener más dinero, pueden pisotear a quien pasa por delante.
Pues no, amigos, no. Entre otras cosas, porque la información fluye hoy de un modo cada vez más incontrolable y, por ejemplo, mi amiga Begoña y quienes la queremos tenemos a nuestra disposición un arma que ya ha tumbado a varias grandes compañías, como es Internet y las redes sociales.
Y una última cosa: siempre he pensado que para dedicarse a una actividad concreta hay que reunir unas mínimas condiciones de cuerpo, mente y espíritu; y que al igual que yo no puedo ser ‘pívot’ de la NBA por razones obvias, quienes carecen de sentimientos no pueden trabajar en una compañía de seguros médicos y mucho menos tirar del viejo truco de ser súper-amigos para cobrar y padecer Alzheimer a la hora de cumplir.
Pues lo dicho, Begoña, mucho ánimo y un beso fuerte, que estamos muchos contigo. Por cierto, de los otros ‘artistas’, de los de la SGAE, de esos les escribiré otro día, con más tiempo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Experimento sociológico

Me dirá usted que qué demonios hago yo viendo esas cosas por la tele y que, por tanto, la culpa es mía, porque si algo tiene el aparato en cuestión, es que le das a un botón y se queda en negro, que muchas veces es como mejor está. El caso es que estaba yo tirado en mi sillón y no pude por menos que encontrarme con uno de los rostros históricos de la mal llamada pequeña pantalla, cuyos méritos televisivos bien nos darían para otro artículo, pero cuyo peso en este tinglado es más que notable.
La señora en cuestión, Mercedes Milá, nos obsequió a los incautos y atrevidos televidentes del momento, con varias de sus habituales sartas de estupideces vacías de contenido, en tan alto tono como tan baja profundidad, pero de todas ellas, la única que, pasados los días, aún sigo recordando, tenía que ver, precisamente, con la historia de la televisión.
Doña Mercedes, que exhibía su rostro en uno de esos instructivos programas que finalmente se han dado a conocer con toda justicia como ‘basura’ (ahora yo no juzgo, me limito a utilizar el calificativo por el que son conocidos), en los que un buen grito a tiempo bien vale más que cualquier razonamiento, y tuvo a bien sentenciar que “Gran Hermano ha cambiado la forma de hacer televisión en España”.
Acaso la frase se ha quedado grabada a fuego en mi cabeza porque fue de lo poco en lo que comparto su opinión, aunque quizás, si matizáramos, se acabarían nuestras coincidencias, puesto que yo añadiría: “a peor”.
No es un debate baladí, éste de Gran Hermano, aunque tampoco vamos a decir que es de capital importancia para la evolución de nuestro planeta. Pero lo cierto es que aún recuerdo cuando, en su primera edición (¡qué tiempos aquellos¡), se polemizaba sobre la categoría de ‘experimento sociológico’ del programa en cuestión: a saber, diez o doce individuos, la mayoría de una educación un pasito por encima de de los puercoespines, metidos entre cuatro paredes durante meses, a la búsqueda de sus más primarias e íntimas sensaciones.
Aún a pesar de tener claro que el peor sitio para realizar el experimento es la televisión, pasados los años sigo considerando que el tema tiene su interés y que bien se le puede otorgar el calificativo de experiencia en materia sociológica, pero no ya por los resultados que el estudio puede arrojar en cuanto al comportamiento de los doce ‘lamesartenes’ que hay dentro de la casa, sino por su influencia de los millones de borregos que se quedan (o nos quedamos) pegados a la tele viendo cómo se matan vivos, no ya discutiendo sobre la crisis financiera mundial o el exterminio de la flora en el Amazonas, sino sobre quién se zumba a quién esta noche o si les llega el presupuesto para tabaco rubio o negro.
A la señora Milá, tan sólo un matiz, que creo que no acaba de tener claro: en mi humilde opinión de televidente y profesional de los medios, no cualquier cambio, no cualquier experimento diferente, moderno, atrevido, rompedor o innovador, significa positivo. Aunque bien es cierto que si metiéramos a todos los comehigos y a todas las pilinguis que han pasado por ‘la Casa de Guadalix’ (como dicen ellos muy poéticamente), les pusiéramos en el meñique un piercing con la piedra del molino de mi pueblo y luego los echáramos al fondo del mar, también tendríamos ahí un moderno experimento, no ya sociológico, pero sí biológico. Y si al grupo le añadimos a usted y a los instigadores del invento, ya para qué queremos más.

domingo, 31 de enero de 2010

¿Estoy vivo o muerto?

¿Estoy vivo o muerto? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Y, sobre todo, ¿dónde estoy? Ahora recuerdo. ¡Oh, Dios mío! Esto ha sido una bomba, un atentado; o quizás un terremoto. Estaba en casa y de repente todo empezó a moverse y a dar vueltas. ¡Sin duda estoy muerto! Y entonces, ¿esto qué es? No puedo moverme; de hecho, no siento mis piernas ni mis brazos. ¡Qué sensación más desagradable! Soy una especie de vegetal.
Pero, quizas… ¿y si estuviera vivo? ¿Y si esto no fuera más que un lugar en el infierno que se esconde bajo el amasijo de escombros de un edificio derruido? Es una posibilidad. La verdad, no sé que prefiero.
De una manera u otra, tengo que tener la tranquilidad, guardar la calma. Si estoy muerto, el tiempo será el que me aclare dónde estoy y qué es lo que me espera; y si estoy vivo, ¡Dios mio! Si estoy vivo, creo que muy pronto voy a dejar de estarlo.
Alguna vez he escuchado que, en estos casos, la vida depende del oxígeno que quede en este espacio en el que me encuentro.
¡Socorrooooooooooooo! ¡Estoy aquííííííííííí!
Tranquilo. Tengo que guardar la calma. Mi vida, si es que aún la conservo, depende de ello. No puedo desesperarme. Esto es lo más importante para mí, en este momento. He de respirar hondo, relajarme, seguro que llegarán a por mí.
Pero, ¿por qué a nosotros? ¿Qué hemos hecho sino trabajar y cumplir con nuestros deberes, cada día, incluso sabiendo que nunca saldríamos de la miseria en la que estábamos?
¿Por qué este mundo, esta vida, incluso la propia naturaleza, se ensaña siempre con nosotros, con los que menos tenemos, con quienes pasamos por este mundo arrastrándonos y con la única meta de sobrevivir al día siguiente, sin conocer la ilusión ni la felicidad?
Quizás hoy sea mi día de suerte. Quizás esté muerto en realidad y se haya acabado para siempre el sufrimiento, el hambre, el paro y el arrastrarme ante los poderosos por un poco de compasión.
No, no no!! Me estoy alterando, mi pulso corre y eso no puede ser bueno. Si sigo vivo, tengo que mantener la calma, ¡por Dios! Pero ésa sigue siendo mi duda, mi gran pregunta: ¿¡sigo vivo o dónde demonios estoy!? Hace unas horas sí lo estaba, aunque, ¿lo estaban también todos esos que viven una vida irreal, basada en que otros muchos, la mayoría, sufrimos y nos arrastramos desde que nacemos hasta que nos vamos? ¡Ellos sí que no están vivos! ¡Viven en el limbo, ajenos a lo que es el mundo real!
¡De nuevo me altero y no puede ser! Calma, respira, no pienses.
¡Un momento! ¡Ahí hay una luz! ¡Y esto se mueve! ¡Oh, Dios, sí estoy vivo! Ahhhhh, mis piernas, cómo me duelen ahora las piernas! Creo que no lo voy a resistir. Pero he de ser fuerte. ¿Dónde estarán mis padres? ¿Cuándo acabará todo esto? ¡Creo que me van a sacar! ¡Oh, Díos, esa luz! ¡Me ciegaaaaaaaaaaa!
Jefersson murió hace hoy una semana, después de tres días sepultado bajo los escombros del terremoto en Puerto Príncipe (Haití) y otros tres en superficie, en los brazos de su madre, esperando los equipos médicos que habían de proceder a su entubación.

miércoles, 13 de enero de 2010

Grafiteros y grafiteros

En esta lengua castellana nuestra, en la que cada día está más de moda inventarse palabras inútiles y que designan realidades para las cuales ya existen otros términos, sobre todo por parte de políticos y periodistas, alguien habría de hacer el esfuerzo de fabricar una que diferenciase dos conceptos radicalmente diferentes, contradictorios diría yo, y que hoy por hoy denominamos con el mismo término.
Hablo de los grafiteros, término idéntico a la hora de describir, por un lado, al tipo creativo e ingenioso, capaz de coger una pared sucia, abandonada, destartalada, inservible y sin dueño y convertirla en una obra de arte, en un elemento para el gusto de los sentidos por parte del ciudadano; y por otro, al tipejo insensible y capullo, que no tiene empacho de plantarse delante de una obra recién terminada, en la que el común de los mortales hemos invertido parte del presupuesto público (o privado), reluciente y rezumante de las ilusiones de quienes la acaban de terminar, y plagarla de manchas, firmas, denuncias sin pies ni cabeza (o con, incluso) y estupideces de variada índole.
Indudablemente, a mi modo de ver las cosas, el uno y el otro no pueden ser designados con el mismo término, puesto que de esta manera se cometen dos injusticias: por un lado, al artista creativo y rompedor se le pone a la altura de un cabestro indecente; y por otra, al pellejero y melón se le sube al altar del arte.
Obviamente, como verá usted, la actividad del imbécil que se dedica a poner su firma sobre las paredes recién encaladas de la ciudad, sobre la estatuas que alguien trabajó en su día y que entre todos hemos pagado para disfrute colectivo y la exaltación del alma, sobre las aceras y las calzadas, sobre los muros y vallas, sobre la calva de mi vecino del quinto y sobre el altar mayor de su propia estupidez, es algo que me violenta y me agrede sobremanera.
Y obviamente, también, soy de los que opinan que, además de hacer esta diferenciación semántico-lingüística, la sociedad, que no es otra cosa que usted y yo, junto a otros hermanos más, debería orquestar otra manera de diferenciar al uno del otro, más propia del campo de los hechos que del de las palabras.
Por ejemplo, pienso yo que no sería descabellado que al primero de nuestros protagonistas, al genio de los sprays, se le reconociese su arte contratándolo para adornar los cientos de espacios muertos que existen en una ciudad, haciéndola más habitable, rehabilitando así zonas deprimidas donde el paso del tiempo se ha incrustado en los muros, sin cirugía estética que lo remedie; y fomentando un tipo de arte fresco, joven, creativo y que puede servir de camino de enseñanza para otros incipientes artistas que puedan afianzarse en ese terreno.
Y mientras tanto, al tipo de las firmitas, ése que se cree que hace arte, el muy inútil; ése gran tarugo que piensa que está rompiendo moldes, haciendo una especie de cutre-canción protesta, que manifiesta su disconformidad con el mundo jodiendo el disfrute de sus coetáneos, porque no tiene talento ni manera de hacerlo construyendo en lugar de destruir; a ése bien podríamos colgarlo de los ‘güevos’ en la ‘mismica’ Puerta Purchena, para que todos los que pasáramos por allí le fuéramos estampando nuestra propia firma en su cara, pero no con un spray, sino con el lápiz que utilizaba Pedro Picapiedra.
¡Ah, y por cierto! Mientras escribía, se me ha ocurrido una diferenciación lingüística: grafiteros versus grafitontos. No es muy profundo, pero puede valer.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Injusticias legales de andar por casa

Que una de las características fundamentales del ser humano es que tiene dos varas de medir, una para sí mismo y otra para el resto de los mortales, no es nada que sorprenda a nadie; todo el mundo es consciente ya, a estas alturas de la película.
Sin embargo, la sociedad moderna ha trasladado esa misma filosofía al colectivo y le ha dado la vuelta, es decir, que ahora es el colectivo el que tiene dos varas de medir: una para sí mismo y otra para el caso particular de cada hijo de vecino.
Y en estas, han proliferado unas modernas y avanzadas formas de injusticia individual, basadas en el bien común, en la colectividad, en el progreso social. Hablo de injusticias legales, injusticias de andar por casa, que nos ocurren sin más remedio, a pesar de que es obvio que lo son, que vulneran cualquier lógica y que, es más, generan una extraordinaria inseguridad individual, en ocasiones (no siempre), a expensas del bien general.
En estos días entrañables y navideños de bueyes, renos y otros individuos con cuernos, vivimos una de esas estruendosas injusticias legales, con el caso de la aeronáutica Air Comet, una empresa que ha llevado a cientos de miles de seres humanos de un lado a otro del Atlántico, hasta que su máximo responsable, a la sazón presidente de los empresarios españoles y sin que ello tenga nada que ver ni aporte elemento alguno al caso, por las razones que sean, ha decidido dejar de hacerlo.
El problema es que su decisión, lejos de anunciada y prevenida, ha llegado de la noche a la mañana, aunque ahora el tipo haya tenido el desparpajo de afirmar públicamente que la quiebra de la compañía era un secreto a voces y casi que los culpables del caos han sido sus propios clientes por haber apostado por volar con una compañía con tan malos augurios.
Es un buen ejemplo de ese tipo de injusticias legales, consistente en que una empresa es capaz de dejar en la estacada, en plena Navidad, a miles de seres humanos que iban a ver a sus familias por vez primera en meses, algunos en años, y luego fumarse un puro. ¿Caerá todo el peso de la ley sobre los responsables de esta compañía? ¿Dará alguno de ellos con sus huesos en la cárcel? ¿Pagarán hasta el último céntimo de las indemnizaciones a los miles de damnificados? Bueno, vale.
Hablo, como verá el avispado lector, de situaciones que están contempladas dentro de la legalidad, pero son a todas luces flagrantemente injustas. Y si no, ¿qué decir del overbooking, por no salirnos del ámbito aéreo? El tema, al que le deben haber puesto un nombrecito anglosajón porque en castellano posiblemente se hubiera denominado ‘putada aeronáutica’, consiste ni más ni menos que un sujeto, a pesar de haber reservado, pagado y recogido su billete de avión, ha de saber que no tiene ninguna garantía de volar, no sólo en el sillón, sino ni siquiera en el vuelo, la hora o el día que ha pactado. ¿Por qué? Simplemente porque las compañías están legalmente autorizadas a vender más billetes de los asientos que tiene el avión. ¿Legal? Sí, señor, sí. ¿Justo? Pruebe usted, a ver qué le parece.
Y como guinda (aunque hay más), las expropiaciones, aquí sí claramente en el nombre del bienestar común. El asunto, ahora, es que usted compra un piso, una casa o, en definitiva, una vivienda que habrá de estar pagando posiblemente más de la mitad de lo que le resta de vida (si es usted un tipo sano; porque si no, seguro que todo lo que le queda y parte de la de sus vástagos) y un buen día, un sesudo funcionario o un elegante político decide que la parcela que ocupa su vivienda viene que ni pintada para que pase un tren o un tranvía, o para hacer un parque, un hospital o una sucursal de Disneyland. ¿Adivina usted por dónde se ha de meter usted los muebles del salón, la mecedora de la abuela o la vitrocerámica de última generación? Sí, sí: justo por el mismo sitio que el billete de avión de los miles de homo sapiens que pasan, estos días, una Feliz Navidad en Barajas.