miércoles, 12 de agosto de 2009

Miedo al diferente

Algo dijo de esto, escogiendo y uniendo mejor las palabras, Bertolt Brecht, el genial poeta y dramaturgo alemán, hace ya más de medio siglo; pero las cosas siguen igual, siendo optimistas. Los seres humanos continuamos recelando, odiando, rechazando, sospechando y, en definitiva, temiendo al diferente.
Preferimos lo idéntico, lo conocido, lo manejable y lo seguro. Lo distinto, lo extraño y asombroso, lo misterioso y exótico, nos es tolerable cuando se trata de aventura y ocio, pero no en lo serio y trascendente. Para eso siempre es mejor lo nuestro, lo igual, lo conocido y lo propio, mucho más seguro.
Es entonces cuando desatamos nuestras más bajas pasiones, nuestros sentimientos más sucios, nuestras reacciones menos humanas. Odiamos y rechazamos porque tememos; y vemos el peligro en el que no es igual, en un comportamiento que, junto con el desamor y la represión, está en el germen de todos los males del hombre y de la humanidad, a lo largo de los siglos.
Una trayectoria en la que odiamos y hemos odiado al negro y al blanco, al homosexual y al heterosexual, al moro y al cristiano, al hombre y a la mujer y, dentro de todo y sobre todo, al inteligente, porque sólo en el diferente que piensa y se manifiesta encontramos el miedo. El otro, el sometido, ése nos vale.
Hablaba Brecht de los comunistas, los judíos y los católicos, algunos de los perseguidos a los que el protagonista de su poema no ayudó cuando vinieron por ellos; después, los mismos regresaron para prenderlo a él y, entonces, ya no quedaba nadie para defenderlo.
Más de medio siglo después, el mundo sigue pidiéndole el DNI a los diferentes y lo peor es que, como en el poema, no sólo los presos ignoran el porqué, sino que los captores tampoco lo saben.
Un mundo, ese mundo, que suspira desde hace siglos por un estado en el que el valor de cada cual se mida por lo que aporta y no por sus características físicas, sus ideas, sus creencias o sus tendencias; ignoran el delito que persiguen.
Un mundo en el que el negro y el blanco; el rojo y el azul; el hombre y la mujer; el cristiano, el judío y el musulmán, sean capaces de buscar en el otro el valor que a él le falta para crecer e incrementar su riqueza, en lugar de imponer sus pequeñas miserias sobre las de los demás.
Un mundo diferente, que no llegará hasta que las personas comprendamos que en cada uno hay un ser diferente, especial e irrepetible, propio y libre; y que la alienación y el adocenamiento que pulen las aristas del grupo y convierten al rebaño en uniforme, provocan con igual eficacia el manejo de los colectivos por parte del poder y la pérdida de valor del ser humano. Un mundo nuevo, libre y respetuoso con el individuo, que estará más cerca cuando cada uno de nosotros aprendamos que ni siquiera es necesario aprender a respetar al diferente, cuando se sabe valorarlo; y comprendamos que ese pequeño gran gesto es el que abrirá el camino hacia unas relaciones marcadas por el valor de la persona y no por las diferencias entre ellas.

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