Ya estoy aquí, efectivamente. Llegué el lunes de la pasada semana y, la verdad, es que esto es todavía mejor de lo que me había imaginado. Es cierto que tiene sus cosas malas, y que todavía me queda mucho por descubrir, pero de momento, el mundo exterior me gusta. Es divertido.
Nada más nacer, pude ver la cara de tontos de mi padre y de mi tía Carmen, que miraban embobados cómo me sacaban de allí el doctor Agüera y Rafa, el matrón, dos pedazo de profesionales como la copa de un pino. Al fondo, mi madre parecía no estar al tanto de todo lo que estaban haciendo ahí abajo y no me quitaba los ojos de encima. Sonreía. Era feliz.
Desde entonces, todo ha sido positivo. Bueno, todo menos el sábado, que me llevaron de nuevo a la Clínica Mediterráneo, donde nací y tan bien se portaron conmigo y mi familia. Yo pensaba que regresaba para ver lo bonito que había sido mi primer lugar en el mundo, pero cuando estaba distraída, llegó una señora y me pegó un pinchazo en el talón que me hizo ver las estrellas por primera vez. Bueno, lloré un rato, pero ya se ha pasado.
Todo el mundo está loco conmigo. Dicen que soy guapísima, pero a mí me parece, más bien, que me quieren; porque qué queréis que os diga, creo que soy como todos los bebés: un poco calva, un poco mofletuda y muy dormilona.
Mi madre es una heroína. El día que me dio la vida, dejó a todo el mundo con la boca abierta. ¡Qué manera de empujar! ¡Qué manera de aguantar el dolor! Mi padre, que creo que es un poco chorra, aunque me quiere mucho, se quedó ‘pasmao’ viéndola en el paritorio. De hecho, estaba tan embobado que hasta se le olvidó llevar la cámara y tuvo que ir corriendo luego al coche.
Él también está ‘flipado’ conmigo. Bueno, más que eso, yo diría tonto. Con lo gallito que se pone para otras cosas, no para de achucharme, besarme y decirme al oído lo mucho que me quiere y lo que va a luchar por mí. Ya va para 36 años, pero me parece un poco pronto para que esté chocheando, el tío.
Y encima, el primer día no se le ocurrió otra cosa que mandarle mi foto a todo el mundo, sin mi permiso, eso sí; y claro, no ha parado de recibir felicitaciones y eso lo ha puesto todavía un poco más idiota.
Es un enfermo del trabajo, como le suele decir mi madre. El otro día hasta se llevó el ordenador portátil a la habitación de la clínica, con todas las visitas allí. Todavía no lo sabe, pero yo me voy a encargar de que nos preste mucha más de atención a mi madre y a mí. Que ya está bien.
Y luego están mis abuelos, los cuatro, que están alucinados conmigo. Dos de ellos ya tenían cuatro nietos antes que yo, pero parece como si yo fuera la primera, porque no para de caérseles la baba. Y los otros dos son primerizos. Y eso se nota, ¿eh? Porque tampoco se les borra esa cara que también tiene su hijo las 24 horas del día.
Entre todos no paran de toquetearme, besarme, decirme cosas que acaban en ‘ica’ y poner caras afiladas y morros pronunciados mientras me hablan. Pero, ¿qué queréis que os diga? Yo estoy encantada, porque nada más llegar aquí, me he dado cuenta de que esto es maravilloso y, sobre todo, de que lo es precisamente por eso, por la cantidad de seres que andan a dos patas y que, en el fondo y cuando se despojan de sus miserias, acaban derrochando buenos sentimientos para con los demás. Oye, que lo dicho, que encantada de conoceros y a vuestra disposición para lo que haga falta.
Nada más nacer, pude ver la cara de tontos de mi padre y de mi tía Carmen, que miraban embobados cómo me sacaban de allí el doctor Agüera y Rafa, el matrón, dos pedazo de profesionales como la copa de un pino. Al fondo, mi madre parecía no estar al tanto de todo lo que estaban haciendo ahí abajo y no me quitaba los ojos de encima. Sonreía. Era feliz.
Desde entonces, todo ha sido positivo. Bueno, todo menos el sábado, que me llevaron de nuevo a la Clínica Mediterráneo, donde nací y tan bien se portaron conmigo y mi familia. Yo pensaba que regresaba para ver lo bonito que había sido mi primer lugar en el mundo, pero cuando estaba distraída, llegó una señora y me pegó un pinchazo en el talón que me hizo ver las estrellas por primera vez. Bueno, lloré un rato, pero ya se ha pasado.
Todo el mundo está loco conmigo. Dicen que soy guapísima, pero a mí me parece, más bien, que me quieren; porque qué queréis que os diga, creo que soy como todos los bebés: un poco calva, un poco mofletuda y muy dormilona.
Mi madre es una heroína. El día que me dio la vida, dejó a todo el mundo con la boca abierta. ¡Qué manera de empujar! ¡Qué manera de aguantar el dolor! Mi padre, que creo que es un poco chorra, aunque me quiere mucho, se quedó ‘pasmao’ viéndola en el paritorio. De hecho, estaba tan embobado que hasta se le olvidó llevar la cámara y tuvo que ir corriendo luego al coche.
Él también está ‘flipado’ conmigo. Bueno, más que eso, yo diría tonto. Con lo gallito que se pone para otras cosas, no para de achucharme, besarme y decirme al oído lo mucho que me quiere y lo que va a luchar por mí. Ya va para 36 años, pero me parece un poco pronto para que esté chocheando, el tío.
Y encima, el primer día no se le ocurrió otra cosa que mandarle mi foto a todo el mundo, sin mi permiso, eso sí; y claro, no ha parado de recibir felicitaciones y eso lo ha puesto todavía un poco más idiota.
Es un enfermo del trabajo, como le suele decir mi madre. El otro día hasta se llevó el ordenador portátil a la habitación de la clínica, con todas las visitas allí. Todavía no lo sabe, pero yo me voy a encargar de que nos preste mucha más de atención a mi madre y a mí. Que ya está bien.
Y luego están mis abuelos, los cuatro, que están alucinados conmigo. Dos de ellos ya tenían cuatro nietos antes que yo, pero parece como si yo fuera la primera, porque no para de caérseles la baba. Y los otros dos son primerizos. Y eso se nota, ¿eh? Porque tampoco se les borra esa cara que también tiene su hijo las 24 horas del día.
Entre todos no paran de toquetearme, besarme, decirme cosas que acaban en ‘ica’ y poner caras afiladas y morros pronunciados mientras me hablan. Pero, ¿qué queréis que os diga? Yo estoy encantada, porque nada más llegar aquí, me he dado cuenta de que esto es maravilloso y, sobre todo, de que lo es precisamente por eso, por la cantidad de seres que andan a dos patas y que, en el fondo y cuando se despojan de sus miserias, acaban derrochando buenos sentimientos para con los demás. Oye, que lo dicho, que encantada de conoceros y a vuestra disposición para lo que haga falta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario