De vez en cuando, cuento este chiste, mi preferido, que me parece un magnífico ejemplo para recodarnos cómo somos muchos de los que caminamos sobre dos piernas. El caso es que se encuentran dos tipos, dos viejos amigos que no se veían desde hace tiempo, y uno le pregunta al otro sobre un tercero: “Oye, ¿qué es de Pepe, que hace mucho que no lo veo?”. “Ah, pues muy bien; le va estupendo. De hecho se ha comprado un seiscientos”. “Oye, qué bien; me parece fantástico. Pepe es un gran tipo, una buena persona y ha sufrido mucho. Se lo merece como el que más”.
El encuentro se repite año tras año y, en cada nueva cita, el amigo le cuenta al otro que el tal Pepe ha cambiado de coche: primero un Twingo, luego un Opel, luego un Mercedes… y, conforme Pepe va subiendo de nivel, ejemplificado por las mejoras en la marca de su automóvil, el amigo va siendo menos efusivo en sus muestras de satisfacción.
Hasta que, al cuarto año, se vuelven a encontrar y se repite la sempiterna pregunta acerca de la evolución del Pepe en cuestión. Entonces, el amigo contesta de nuevo que a Pepe le sonríe la vida, que no sólo ha cambiado de casa, de trabajo y hasta de mujer, sino que además, ahora tiene un Porsche y un Ferrari. Entonces, la cólera se inyecta en los ojos del otro amigo, que no puede reprimir la reacción: “¿Un Ferrari? ¿Un Porsche? ¿Casa y mujer nuevos? Algo estará haciendo el ‘hijoputa’ ése?”.
Mirando hacia adentro y hacia fuera, cada día estoy más convencido de que somos así; de que nuestra felicidad no depende sólo de que las cosas nos vayan bien, sino, quizás sobre todo, de que nos vaya mejor que a los demás.
Un buen coche está bien, pero siempre y cuando el vecino no nos aparque en la puerta otro de gama superior. Una buena casa es estupenda, pero sólo si tenemos gente a quien enseñársela, detalle a detalle. Es como ése otro chiste, el del náufrago que se encuentra en la isla desierta con Claudia Schiffer y al que el acto sexual con aquel monumento no le satisface, por el hecho de que no podrá contárselo jamás a nadie.
Todo esto explica que, cuando alguien alcanza un éxito, público o privado, no faltan nunca, a su alrededor, quienes le busquen pegas al asunto. Ocurre con los empresarios, los deportistas, los artistas y escritores, con los políticos y con nuestro vecino del quinto.
Uno de los más sonados ejemplos, últimamente, ha sido el del Premio Nobel concedido a Barack Houssein Obama, ya saben. Minutos, acaso segundos, bastaron para que los medios de comunicación y, sobre todo, Internet, se llenara de opiniones, críticas y quejas. Que si todavía no ha hecho nada, que si es precipitado, que si hay otros que lo merecen más, que si tiene que demostrarlo aún.Pero si de algo ha servido este ejemplo, ha sido para que podamos respirar tranquilos: llevamos toda la vida escuchando que la envidia es el ‘deporte nacional’. Pues ahora resulta que no, que estamos nada menos que ante el ‘deporte rey’, a nivel mundial. Menos mal.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Deporte nacional
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