En el primer capítulo del libro más leído de la historia, figura una frase que ‘reza’ algo así como “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. A lo largo de los siglos, el valor y las aplicaciones de la sentencia han evolucionado de manera espectacular, desde quien ha tenido que utilizar no sólo su sudor sino también las lágrimas y hasta la sangre para conseguir las sobres del pan de otros, hasta quienes han sabido vivir del sudor de los demás.
Ese transcurrir de los siglos ha sido el que ha configurado lo que hoy, salvando trampas, atajos y excepciones, denominamos la ‘cultura del esfuerzo’, es decir, la ‘meritocracia’ o estructura social en la que quienes más trabajan, más se preparan y más se sacrifican participan de un mayor grado de posibilidades de alcanzar el éxito.
Igualmente, también parece haberse llegado al consenso de que las autoridades públicas, las administraciones, han de jugar el papel de equilibrador de las oportunidades, allanando el camino a quienes parten de posiciones desventajosas para que, precisamente con esfuerzo y sacrificio, puedan igualmente tener acceso a la cumbre.
No es un juego fácil: conjugar la ‘cultura del esfuerzo’ con la igualdad de oportunidades es, posiblemente, el ámbito en el que figuran las claves de una sociedad moderna que funcione en todas sus representaciones y aplicaciones.
Y de ese juego de equilibrio nacen, como en todos, las desviaciones motivadas por intereses, ineficacias y fallos en la concepción general del sistema.
Cuando intervienen los intereses políticos, el sistema suele hacerse más proclive al surgimiento de fallos, debido a la propia naturaleza humana y a la del sistema político, basado en la ‘compra’ de voluntades a través de los más diversos métodos.
El sistema, por tanto, puede pervertirse o bien atacando a los sistemas que garantizan la igualdad de oportunidades; o bien haciéndolo contra la propia ‘cultura del esfuerzo’. De ambos tipos de perversión hemos tenido ejemplos en las últimas décadas, con consecuencias igualmente perniciosas para el funcionamiento social.
Ponen lo pelos especialmente de punta las erosiones que el sistema está sufrimiento, en España, en las últimas décadas, en cuanto a la ‘cultura del esfuerzo’. Primero fue la base, la educación, que ha ido viendo carcomido el concepto de esfuerzo hasta llegar al punto de que para el alumno, en diferentes estadios del proceso educativo (Educación Primaria y Secundaria sobre todo) no supone aliciente alguno el sacrificio, el estudio y el aprendizaje, puesto que el resultado académico a corto plazo es el mismo: pasar de curso. Un proceso del que han participado todos los partidos.
Y ahora, la perversión está llegando al siguiente paso en la evolución del ciudadano: el trabajo, de manera que los subsidios, en lugar de convertirse en un aliciente para poner en marcha un mecanismo de esfuerzo a la búsqueda de un mejor puesto, se han convertido en un sustitutivo de éste, creando ciudadanos que ya no creen en el esfuerzo como un aliciente para mejorar su posición.
Se trata de dos ejemplos de ‘autodestrucción’ del sistema, que camina hacia la ausencia de los valores que lo han creado y sostenido. A menos que alguien encuentre una alternativa a aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, pintan bastos en el plano socio-económico.
Ese transcurrir de los siglos ha sido el que ha configurado lo que hoy, salvando trampas, atajos y excepciones, denominamos la ‘cultura del esfuerzo’, es decir, la ‘meritocracia’ o estructura social en la que quienes más trabajan, más se preparan y más se sacrifican participan de un mayor grado de posibilidades de alcanzar el éxito.
Igualmente, también parece haberse llegado al consenso de que las autoridades públicas, las administraciones, han de jugar el papel de equilibrador de las oportunidades, allanando el camino a quienes parten de posiciones desventajosas para que, precisamente con esfuerzo y sacrificio, puedan igualmente tener acceso a la cumbre.
No es un juego fácil: conjugar la ‘cultura del esfuerzo’ con la igualdad de oportunidades es, posiblemente, el ámbito en el que figuran las claves de una sociedad moderna que funcione en todas sus representaciones y aplicaciones.
Y de ese juego de equilibrio nacen, como en todos, las desviaciones motivadas por intereses, ineficacias y fallos en la concepción general del sistema.
Cuando intervienen los intereses políticos, el sistema suele hacerse más proclive al surgimiento de fallos, debido a la propia naturaleza humana y a la del sistema político, basado en la ‘compra’ de voluntades a través de los más diversos métodos.
El sistema, por tanto, puede pervertirse o bien atacando a los sistemas que garantizan la igualdad de oportunidades; o bien haciéndolo contra la propia ‘cultura del esfuerzo’. De ambos tipos de perversión hemos tenido ejemplos en las últimas décadas, con consecuencias igualmente perniciosas para el funcionamiento social.
Ponen lo pelos especialmente de punta las erosiones que el sistema está sufrimiento, en España, en las últimas décadas, en cuanto a la ‘cultura del esfuerzo’. Primero fue la base, la educación, que ha ido viendo carcomido el concepto de esfuerzo hasta llegar al punto de que para el alumno, en diferentes estadios del proceso educativo (Educación Primaria y Secundaria sobre todo) no supone aliciente alguno el sacrificio, el estudio y el aprendizaje, puesto que el resultado académico a corto plazo es el mismo: pasar de curso. Un proceso del que han participado todos los partidos.
Y ahora, la perversión está llegando al siguiente paso en la evolución del ciudadano: el trabajo, de manera que los subsidios, en lugar de convertirse en un aliciente para poner en marcha un mecanismo de esfuerzo a la búsqueda de un mejor puesto, se han convertido en un sustitutivo de éste, creando ciudadanos que ya no creen en el esfuerzo como un aliciente para mejorar su posición.
Se trata de dos ejemplos de ‘autodestrucción’ del sistema, que camina hacia la ausencia de los valores que lo han creado y sostenido. A menos que alguien encuentre una alternativa a aquello de “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, pintan bastos en el plano socio-económico.
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