Aquellos que, confundidos por el titular de este artículo, quieran encontrar en él espíritu navideño, paz, amor y fraternidad, purpurina y estrellas fugaces que guían a reyes magos y tipos gordonchos vestidos de rojo y manchados por el tizón de la chimenea, ya han leído todo lo que tenían que leer.
No amigos, no es que yo no comparta ese espíritu; lo tengo y muy acentuado: como la vida misma, me encanta la Navidad, porque entre estar dándonos hostias todos los días y hacerlo todos los días menos dos semanas al año, prefiero lo segundo, qué quieren que les diga.
Pero hoy no toca. Con esto de ‘Navidad todo el año’, no me refiero al virus que El Corte Inglés nos inyecta en vena a principios de diciembre: me estoy refiriendo a mi dieta. Uno, todavía utópico e infeliz, aún sueña con conseguir, cuando sea mayor, una ‘no barriga’ como la de Cristiano Ronaldo, que provoque la histeria colectiva cuando, para celebrar algún éxito puntual, me levante la camiseta y deje volar al viento una tableta de negro y duro chocolate, digna del menú de cualquier infante del siglo XXI.
Una aspiración, la mía, que, lo reconozco, me lleva a situaciones públicas y privadas que no me hacen sentir precisamente orgulloso. Todavía me levanto a las siete de la mañana para ir al gimnasio o dar unas carreritas y, se lo juro por Esnupi, cuando me miro al espejo de la sala de fitness, me veo un parecido casi indistinguible con El Duque; un parecido, créanselo, que se esfuma como los proyectos de un candidato al llegar al cargo, cuando entro en el vestuario y, raudo y veloz, me quito la ropa para mirarme atentamente al espejo; allí, donde antes había prominentes músculos y líneas rectas, ahora hay, sigue habiendo,… en fin, déjenlo.
Pero como uno es cabezón por naturaleza, no me dejo achantar por el maldito espejo y también llevo años trasladando (quizás digamos intentando trasladar) ese afán a la mesa. Por ejemplo, aunque no ha sido uno nunca muy amante de desayunar fuera de casa, últimamente he incorporado a la dieta matinal una de esas magníficas barritas energéticas bajas en todo, que mi madre me ha llevado a la oficina y que seguro componen el 90% de la dieta de CR-9, mi musa corpórea.
Y aunque uno no es, precisamente, un dechado de paciencia, le he dado a esta nueva táctica un plazo de un mes para ver resultados. Y pasado ese tiempo, he cogido el cinturón que tengo para medir eso que ahora llaman la grasa corporal (la panza, de toda la vida) y, ¡oh sorpresa!, estamos en las mismas. ¡Maldita sea, alguien ha debido trucar el cinturón!
El caso es que, ahora que llega la Navidad, me he dado cuenta de que ahí está precisamente el fallo, porque mientras la mayoría del común de los mortales hacen un paréntesis en sus dietas para arrojarse con pasión a las comidas de empresa y las reuniones gastronómicas de amigos, para después sumirse en la rutinaria y gris dieta del resto del año, compaginada con horas de gimnasio, en mi dieta es Navidad, pero durante todo el año y, día tras día, 365 al año, me convierto en una bestia parda incapaz de distinguir tamaños y colores cuando me siento delante del plato de cocido.
Eso sí, también me he convencido de que quien evita la tentación evita el pecado: ¿se imaginan a uno quitándose la camiseta para celebrar, mostrando el ‘goofre’, no sé, cualquier éxito en mi trabajo? Vamos, vamos.
No amigos, no es que yo no comparta ese espíritu; lo tengo y muy acentuado: como la vida misma, me encanta la Navidad, porque entre estar dándonos hostias todos los días y hacerlo todos los días menos dos semanas al año, prefiero lo segundo, qué quieren que les diga.
Pero hoy no toca. Con esto de ‘Navidad todo el año’, no me refiero al virus que El Corte Inglés nos inyecta en vena a principios de diciembre: me estoy refiriendo a mi dieta. Uno, todavía utópico e infeliz, aún sueña con conseguir, cuando sea mayor, una ‘no barriga’ como la de Cristiano Ronaldo, que provoque la histeria colectiva cuando, para celebrar algún éxito puntual, me levante la camiseta y deje volar al viento una tableta de negro y duro chocolate, digna del menú de cualquier infante del siglo XXI.
Una aspiración, la mía, que, lo reconozco, me lleva a situaciones públicas y privadas que no me hacen sentir precisamente orgulloso. Todavía me levanto a las siete de la mañana para ir al gimnasio o dar unas carreritas y, se lo juro por Esnupi, cuando me miro al espejo de la sala de fitness, me veo un parecido casi indistinguible con El Duque; un parecido, créanselo, que se esfuma como los proyectos de un candidato al llegar al cargo, cuando entro en el vestuario y, raudo y veloz, me quito la ropa para mirarme atentamente al espejo; allí, donde antes había prominentes músculos y líneas rectas, ahora hay, sigue habiendo,… en fin, déjenlo.
Pero como uno es cabezón por naturaleza, no me dejo achantar por el maldito espejo y también llevo años trasladando (quizás digamos intentando trasladar) ese afán a la mesa. Por ejemplo, aunque no ha sido uno nunca muy amante de desayunar fuera de casa, últimamente he incorporado a la dieta matinal una de esas magníficas barritas energéticas bajas en todo, que mi madre me ha llevado a la oficina y que seguro componen el 90% de la dieta de CR-9, mi musa corpórea.
Y aunque uno no es, precisamente, un dechado de paciencia, le he dado a esta nueva táctica un plazo de un mes para ver resultados. Y pasado ese tiempo, he cogido el cinturón que tengo para medir eso que ahora llaman la grasa corporal (la panza, de toda la vida) y, ¡oh sorpresa!, estamos en las mismas. ¡Maldita sea, alguien ha debido trucar el cinturón!
El caso es que, ahora que llega la Navidad, me he dado cuenta de que ahí está precisamente el fallo, porque mientras la mayoría del común de los mortales hacen un paréntesis en sus dietas para arrojarse con pasión a las comidas de empresa y las reuniones gastronómicas de amigos, para después sumirse en la rutinaria y gris dieta del resto del año, compaginada con horas de gimnasio, en mi dieta es Navidad, pero durante todo el año y, día tras día, 365 al año, me convierto en una bestia parda incapaz de distinguir tamaños y colores cuando me siento delante del plato de cocido.
Eso sí, también me he convencido de que quien evita la tentación evita el pecado: ¿se imaginan a uno quitándose la camiseta para celebrar, mostrando el ‘goofre’, no sé, cualquier éxito en mi trabajo? Vamos, vamos.
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