miércoles, 2 de diciembre de 2009

Prostitución e hipocresía

Anuska es una mujer de algo más de 20 años que lleva tres en España. Vino de su país, qué más da cuál, porque allí la vida se había convertido en una tortura; y porque le hablaron de un tierra que manaba leche y miel, que luego no resultó como decía el cuento.
Esta semana, Anuska era una mujer más feliz, porque una amiga le había enseñado un recorte de periódico en el que se insinuaba que la prostitución, la actividad a la que se dedica para sobrevivir, iba a dejar de estar penada por la ley.
De ella, de la prostitución, se ha dicho siempre que es el oficio más antiguo del mundo, lo cual es discutible, aunque sí es cierto que, desde hace muchos siglos, es una profesión que ha estado siempre rodeada de toneladas de hipocresía.
Quien más quien menos, conoce el caso de algún alto dignatario político, social, económico, religioso o intelectual que desdeña la prostitución en público y se entrega a sus encantos en privado.
Pero no son los únicos hipócritas, aun que sí los mayores. Existe otra rama de hipocresía alrededor de la profesión amatoria, que consiste en defender su persecución, como una defensa de las propias profesionales, aunque claro, como es habitual en estos casos, sin preguntar su opinión a las protagonistas de la historia.
El argumento teórico enlaza, sin disimulo de la exhibición de demagogia, que los poderes públicos han de prohibir y perseguir a la prostitución, para evitar injusticias y abusos como la trata de blancas, la esclavitud sexual y el proxenetismo. Un argumento que nos podría servir para prohibir las carreteras y los coches para evitar los accidentes de tráfico o cerrar los bancos para evitar los atracos.
La postura filosófica no es nueva. Al contrario, desde que el mundo es mundo y el poder dice representar los intereses del pueblo, es costumbre arbitrar soluciones a problemas sin preguntar jamás la opinión de los afectados. Pero si realmente lo buscado fuera el interés de las mujeres que se ven obligadas, o no, a esta actividad, las administraciones elaborarían leyes para legalizar y controlar una realidad que ha existido, existe y existirá, para evitar los abusos que sufren estas trabajadoras, para garantizar la libertad de elección de las propias comerciantes del cuerpo y para que el Estado se beneficie de los estratosféricos números que mueve este negocio, siempre al margen de Hacienda que, dicen, somos casi todos.
Mientras los poderes no metan a fondo el bisturí legislativo en un asunto tan antiguo como para ser reconocido como la profesión más antigua del mundo, seguiremos contemplando escenas lamentables en las cunetas de carreteras y en márgenes de las calles; y lo que es peor, seguiremos imaginando, cuando nuestra conciencia nos lo permita, lo que se esconde debajo de esa alfombra social.
Y todo ello sin entrar en el debate sobre quién es el Estado para impedir que cualquier ser humano pueda comerciar con lo único que le es propio de verdad, con lo único que llega a este mundo y lo único que le acompaña hasta el final. Mientras tanto, Anuska seguirá viendo cómo quienes la defienden a nivel público sin hacer nada, son los responsables de no pueda ejercer libremente su profesión, sea ésta la que sea.

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