domingo, 11 de noviembre de 2012


¿Qué es ser periodista?



Recuerdo que, hace más de quince años, cuando regresé a Almería tras terminar la carrera de Periodismo, con la juventud exultante de los 22 años y las prisas y el impulso propios de esa edad, abanderé la causa del ordenamiento de mi recién estrenada profesión. Quería estructurar lo que llevaba siglos desestructurado y me dejaba llevar por comparaciones con otras profesiones liberales, con insana envidia de aquellas (abogados, ingenieros, médicos, arquitectos, etc) que sabían responder con contundencia y prontitud a la pregunta clave que provocaba el desorden de nuestro querido periodismo; aquello de ¿quién es periodista y quién no?
Pasados todos estos años, sigo sin tener la respuesta ni la solución al problema, pero sí he podido descubrir a muchos magníficos profesionales del periodismo, que llevan ejerciéndolo con responsabilidad y eficacia desde mucho antes de que yo me planteara su ejercicio. Son, lo diga quien lo diga, buenos periodistas en cuyos despachos no luce ningún título.
Ello no significa, en absoluto, que el problema esté resuelto ni que yo haya dejado de abogar por ordenar este corral de la Pacheca que es, hoy día en nuestro país, la profesión periodística. Sigo pensando que, para otorgar derechos (y obligaciones, que los periodistas somos muy de olvidarnos de nuestras obligaciones) a un colectivo, es fundamental dar forma a ese colectivo, delimitar quién lo compone y cuáles son los requisitos para formar parte de él.
La acreditación del conocimiento por medio de la Universidad y de las pruebas que caracterizan a ésta no parece mal remedio, pero no nos llega para solucionar el qué hacer con profesionales que ya lo eran antes de implantar tal solución y a los que ahora no se puede retirar su condición, ni en justicia ni atendiendo a la realidad de sus conocimientos, tan amplios o más que los del mejor de los titulados.
Durante estos años, mi pasión por el ordenamiento ha ido perdiendo fuelle, lo reconozco. En algún momento, en algún foro, he abogado, con poco convencimiento y pasión, por una solución intermedia que limitase el ejercicio de la profesión a quienes hayan acreditado su preparación mediante la obtención de un título universitario, pero creando una vía de acceso a los periodistas en ejercicio y sin título, sin obligarles a cursar cuatro o cinco años de carrera.
Una especie de vía de acceso y un canal de demostración del conocimiento, con un plazo específico y justo de incorporación, transcurrido el cual, todos los aspirantes a periodistas vieran circunscrito su camino a la senda universitaria.
Sin embargo, lo que yo diga o deje de decir poco valor tiene. La profesión, indefinida y abstracta como sigue estando, ha visto proliferar dentro y a su alrededor una serie de instituciones, asociaciones, colegios y demás, que poco han avanzado en este camino y poco han ayudado a responder a la pregunta clave que da título a estas humildes líneas. No sé a qué se han dedicado sus  dirigentes durante este tiempo (tómese esta frase tal cual y ausente de cualquier tipo de ironía, acusación o reivindicación; en realidad no lo sé), pero está claro que ni ellos ni el resto de los profesionales, acaso demasiado ocupados en lo urgente como para prestar atención a lo importante, hemos conseguido la respuesta.
En nuestro descargo cabe decir que la respuesta no es sencilla, puesto que aunque lográramos definir y concretar el acceso de profesionales a la profesión, es decir, aunque consiguiéramos definir qué es ser periodista, antes habríamos tenido que definir qué es periodismo, cosa que tampoco me parece fácil. En los medios de comunicación hay multitud de actividades cuya pertenencia a la profesión no termino de tener clara. Soy consciente de que el contable de un periódico no es periodista, como tampoco lo es el portero, el que arregla los ordenadores o el que limpia. Sin embargo, no acabo estar seguro de si quien presenta un programa de entrevistas en radio es un periodista o un actor; o si lo es quien da paso a los discos dedicados en una emisora musical, quien presenta un programa de reportajes o incluso quien lo hace en un informativo. Todos ellos tienen en común la obligación, entre otras, de cuidar del lenguaje y comportarse con respeto a unas ciertas reglas informativas pero, ¿es necesario que sean periodistas? ¿Basta con que los periodistas redacten las noticias y que luego las presenten gentes altas, fuertes, con buena voz y dicción y bien parecidas?
Al escribir estas líneas, de repente me he dado cuenta de que las preguntas son las mismas que traje yo de vuelta a Almería tras cuatro intensos años en Madrid, las mismas que nos hacíamos en las aulas de la vetusta y gris Facultad de la Complutense, las mismas que gritábamos sentados en el asfalto cuando espetábamos que ‘Carmen Sevilla, no es periodista’ (¡qué culpa tendría la pobre Carmen!). Han pasado los años y sigue siendo complicado definir los derechos de un colectivo, cuando antes no se ha definido al propio colectivo. Sinceramente, los periodistas hemos de reconocer que no hemos hecho mucho por la causa. Quizás en los próximos quince años. 

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