¿Qué es ser periodista?
Recuerdo que, hace más de quince
años, cuando regresé a Almería tras terminar la carrera de Periodismo, con la
juventud exultante de los 22 años y las prisas y el impulso propios de esa
edad, abanderé la causa del ordenamiento de mi recién estrenada profesión.
Quería estructurar lo que llevaba siglos desestructurado y me dejaba llevar por
comparaciones con otras profesiones liberales, con insana envidia de aquellas (abogados, ingenieros, médicos, arquitectos, etc) que sabían responder con contundencia y prontitud a la pregunta clave que
provocaba el desorden de nuestro querido periodismo; aquello de ¿quién es
periodista y quién no?
Pasados todos estos años, sigo
sin tener la respuesta ni la solución al problema, pero sí he podido descubrir
a muchos magníficos profesionales del periodismo, que llevan ejerciéndolo con
responsabilidad y eficacia desde mucho antes de que yo me planteara su
ejercicio. Son, lo diga quien lo diga, buenos periodistas en cuyos despachos no
luce ningún título.
Ello no significa, en absoluto,
que el problema esté resuelto ni que yo haya dejado de abogar por ordenar este
corral de la Pacheca que es, hoy día en nuestro país, la profesión periodística.
Sigo pensando que, para otorgar derechos (y obligaciones, que los periodistas
somos muy de olvidarnos de nuestras obligaciones) a un colectivo, es
fundamental dar forma a ese colectivo, delimitar quién lo compone y cuáles son
los requisitos para formar parte de él.
La acreditación del conocimiento
por medio de la Universidad y de las pruebas que caracterizan a ésta no parece
mal remedio, pero no nos llega para solucionar el qué hacer con profesionales
que ya lo eran antes de implantar tal solución y a los que ahora no se puede
retirar su condición, ni en justicia ni atendiendo a la realidad de sus
conocimientos, tan amplios o más que los del mejor de los titulados.
Durante estos años, mi pasión por
el ordenamiento ha ido perdiendo fuelle, lo reconozco. En algún momento, en
algún foro, he abogado, con poco convencimiento y pasión, por una solución
intermedia que limitase el ejercicio de la profesión a quienes hayan acreditado
su preparación mediante la obtención de un título universitario, pero creando
una vía de acceso a los periodistas en ejercicio y sin título, sin obligarles a
cursar cuatro o cinco años de carrera.
Una especie de vía de acceso y un
canal de demostración del conocimiento, con un plazo específico y justo de
incorporación, transcurrido el cual, todos los aspirantes a periodistas vieran
circunscrito su camino a la senda universitaria.
Sin embargo, lo que yo diga o
deje de decir poco valor tiene. La profesión, indefinida y abstracta como sigue
estando, ha visto proliferar dentro y a su alrededor una serie de
instituciones, asociaciones, colegios y demás, que poco han avanzado en este
camino y poco han ayudado a responder a la pregunta clave que da título a estas
humildes líneas. No sé a qué se han dedicado sus dirigentes durante este tiempo (tómese esta
frase tal cual y ausente de cualquier tipo de ironía, acusación o reivindicación;
en realidad no lo sé), pero está claro que ni ellos ni el resto de los
profesionales, acaso demasiado ocupados en lo urgente como para prestar
atención a lo importante, hemos conseguido la respuesta.
En nuestro descargo cabe decir
que la respuesta no es sencilla, puesto que aunque lográramos definir y
concretar el acceso de profesionales a la profesión, es decir, aunque
consiguiéramos definir qué es ser periodista, antes habríamos tenido que definir
qué es periodismo, cosa que tampoco me parece fácil. En los medios de
comunicación hay multitud de actividades cuya pertenencia a la profesión no
termino de tener clara. Soy consciente de que el contable de un periódico no es
periodista, como tampoco lo es el portero, el que arregla los ordenadores o el
que limpia. Sin embargo, no acabo estar seguro de si quien presenta un programa
de entrevistas en radio es un periodista o un actor; o si lo es quien da paso a
los discos dedicados en una emisora musical, quien presenta un programa de
reportajes o incluso quien lo hace en un informativo. Todos ellos tienen en
común la obligación, entre otras, de cuidar del lenguaje y comportarse con
respeto a unas ciertas reglas informativas pero, ¿es necesario que sean
periodistas? ¿Basta con que los periodistas redacten las noticias y que luego
las presenten gentes altas, fuertes, con buena voz y dicción y bien parecidas?
Al escribir estas líneas, de
repente me he dado cuenta de que las preguntas son las mismas que traje yo de
vuelta a Almería tras cuatro intensos años en Madrid, las mismas que nos
hacíamos en las aulas de la vetusta y gris Facultad de la Complutense, las
mismas que gritábamos sentados en el asfalto cuando espetábamos que ‘Carmen
Sevilla, no es periodista’ (¡qué culpa tendría la pobre Carmen!). Han pasado
los años y sigue siendo complicado definir los derechos de un colectivo, cuando
antes no se ha definido al propio colectivo. Sinceramente, los periodistas
hemos de reconocer que no hemos hecho mucho por la causa. Quizás en los
próximos quince años.

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