Han perdido los sindicatos, esa vetusta maquinaria que, con el dinero de todos, lastra la productividad y el desarrollo con la excusa de defender unos derechos que protegen ya de por sí los poderes legislativo, ejecutivo y judicial dentro de un estado de derecho, una oportunidad magnífica para reclamar algo tan justo y laboral como su propia esencia.
Con la crisis, han cambiado muchas cosas y, alguna de ellas, con una inyección de ‘morro en vena’ que para qué las prisas. ‘Getas’ y gentuza que no pagaba sus deudas porque no le salía de lo más hondo de su intimidad ha habido siempre. Pero ahora, con esto de la crisis, parece como si los ‘cara-mármol tuvieran ya una patente de corso como la del insigne Pérez Reverte, una excusa perpetua para no hacer frente a sus justificaciones, una vía de escape para campar a sus anchas por el lupanar en que se han convertido las relaciones societarias y laborales en este país, de un tiempo a esta parte.
Son largas y preocupantes las colas del paro; como lo son, también, las listas de empresas que han cerrado últimamente. Pero no menos lo son las relaciones de empleados a los que sus empresas les deben más meses de los que la vergüenza debería permitir y las de empresas que también tienen clientes que ‘si te he visto, no me acuerdo’, tanto del ámbito público como del privado.
¿Y que hace quien ha de ordenar un poco todo esto? Como diría un amigo y compañero, lo ignoro, pero no lo sé. Tampoco sé quién es realmente quien ha de tomar cartas en el asunto, pero mucho me temo que la esperanza será vana, ya que la propia conciencia social no sólo no lo demanda sino que, en según qué casos, se opone.
Viéneme a la memoria el reciente y popular caso del futbolista Drenthe, un tipo que anda cedido por el Real Madrid en el Levante de Primera División. El chico pasó, este verano, de trabajar para una empresa consolidada y sin problemas a otra de ésas que andan siempre en la cuerda floja. Su riesgo tenía, el tío. Sin embargo, transcurrido el primer tercio de la temporada, el hombre no las ha visto de ningún color, vamos, que el club está más tieso que una regla y a su sueldo lo anda buscando Íker Jiménez.
No es novedad. Tampoco ha de considerarse muy especial, el tal Drenthe. Como él hay millones de seres humanos en este país. Eso sí, el jugador, de Holanda para más señas, decidió plantarse y no ir al curro hasta que no le abonasen algo. Vamos, como un detalle de buena voluntad empresarial.
El caso es que, como quiera que el chaval, lo que se dice apuros no pasa para llegar a fin de mes, puesto que anda por ahí paseando en un carro de los de vídeo de Play Boy y haciendo gala de otros excesos consumistas varios, porque yo lo valgo, ha brotado una corriente de opinión que ha crucificado al trabajador, aduciendo que ya tiene demasiado dinero y que ha de solidarizarse con quienes ganan menos aunque, como él, no cobren.
Claro que sí. Es más o menos como que, si tu sueldo es alto, la empresa está en su derecho de no pagarte, al menos hasta que hayan cobrado los millones de seres humanos que tienen un sueldo inferior al tuyo. Y lo dicho, los sindicatos, a verlas venir.
Con la crisis, han cambiado muchas cosas y, alguna de ellas, con una inyección de ‘morro en vena’ que para qué las prisas. ‘Getas’ y gentuza que no pagaba sus deudas porque no le salía de lo más hondo de su intimidad ha habido siempre. Pero ahora, con esto de la crisis, parece como si los ‘cara-mármol tuvieran ya una patente de corso como la del insigne Pérez Reverte, una excusa perpetua para no hacer frente a sus justificaciones, una vía de escape para campar a sus anchas por el lupanar en que se han convertido las relaciones societarias y laborales en este país, de un tiempo a esta parte.
Son largas y preocupantes las colas del paro; como lo son, también, las listas de empresas que han cerrado últimamente. Pero no menos lo son las relaciones de empleados a los que sus empresas les deben más meses de los que la vergüenza debería permitir y las de empresas que también tienen clientes que ‘si te he visto, no me acuerdo’, tanto del ámbito público como del privado.
¿Y que hace quien ha de ordenar un poco todo esto? Como diría un amigo y compañero, lo ignoro, pero no lo sé. Tampoco sé quién es realmente quien ha de tomar cartas en el asunto, pero mucho me temo que la esperanza será vana, ya que la propia conciencia social no sólo no lo demanda sino que, en según qué casos, se opone.
Viéneme a la memoria el reciente y popular caso del futbolista Drenthe, un tipo que anda cedido por el Real Madrid en el Levante de Primera División. El chico pasó, este verano, de trabajar para una empresa consolidada y sin problemas a otra de ésas que andan siempre en la cuerda floja. Su riesgo tenía, el tío. Sin embargo, transcurrido el primer tercio de la temporada, el hombre no las ha visto de ningún color, vamos, que el club está más tieso que una regla y a su sueldo lo anda buscando Íker Jiménez.
No es novedad. Tampoco ha de considerarse muy especial, el tal Drenthe. Como él hay millones de seres humanos en este país. Eso sí, el jugador, de Holanda para más señas, decidió plantarse y no ir al curro hasta que no le abonasen algo. Vamos, como un detalle de buena voluntad empresarial.
El caso es que, como quiera que el chaval, lo que se dice apuros no pasa para llegar a fin de mes, puesto que anda por ahí paseando en un carro de los de vídeo de Play Boy y haciendo gala de otros excesos consumistas varios, porque yo lo valgo, ha brotado una corriente de opinión que ha crucificado al trabajador, aduciendo que ya tiene demasiado dinero y que ha de solidarizarse con quienes ganan menos aunque, como él, no cobren.
Claro que sí. Es más o menos como que, si tu sueldo es alto, la empresa está en su derecho de no pagarte, al menos hasta que hayan cobrado los millones de seres humanos que tienen un sueldo inferior al tuyo. Y lo dicho, los sindicatos, a verlas venir.
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