Es una paradoja que seres humanos que se dedican profesionalmente a comunicar, hagan gala de una sordera congénita e impenitente en el desarrollo de sus funciones. Hasta cuatro veces tuve que pedir por favor a los teleoperadores de MoviStar, el pasado Miércoles Santo, que no me llamen más para contarme y cantarme las excelencias de sus extraordinarios productos.Desde hace más de una década, no trabajo con esta compañía telefónica ni tengo ninguna relación con ella. Es por esto que me resulta un poco incomprensible, además de muy ofensivo, que de vez en cuando me llamen para especificarme lo maravillosos que somos ellos y yo y la pena que les supone que no podamos trabajar juntos.
Hace ya algún tiempo que decidí no volver a adquirir ningún producto ni servicio a quienes los intentan vender vía telefónica, dado que a ninguno de ellos les he dado mi número ni el permiso para utilizarlo comercialmente.
Así las cosas, si mañana llaman para ofrecerme la Sagrada Familia a quince céntimos de euro, le colgaré el teléfono al operador de turno; y si dentro de una semana lo que quieren venderme es la Torre Eiffel a tres pesetas, le pediré al tipo en cuestión que haga el favor de no llamarme más por el maldito aparato. Y si a final de temporada, lo que me ofrecen es la cabeza (deportiva) de Mouriño por euro y medio, con todo el dolor de mi alma habré de rogarles que borren mi número de sus bases de datos.
Sin embargo, estos señores de MoviStar son inasequibles en el error e insaciables en su invasión de la intimidad. Hasta cuatro veces, repito, me llamaron el Miércoles Santo, indudablemente desde diferentes puntos del globo y con distintos acentos, acaso en una vana estrategia de buscar con cuál pudiera uno sentirse más identificado.
Al primero le pregunté con qué permiso llamaban a mi teléfono para venderme publicidad, pero su respuesta fue el silencio. Al segundo, le pedí por favor que borraran todos mis datos de sus bases y que no se repitiera la intromisión. Al tercero, le juré que jamás volvería a trabajar con MoviStar ni con ninguna empresa que tratase de convencerme a través del teléfono. Al cuarto, sintiéndolo mucho, lo mandé a tomar por el saco, mientras él, sin dejar de hablar, me contaba las excelencias de no sé qué magnífico producto telefónico que iba a cambiar mi vida, a hacer mucho más felices a los míos, más cultos a mis hijos y más ricos a sus descendientes.
El tipo era un auténtico sordo telefónico, que no sólo no las atendía, sino que parecía ni tan siquiera escuchar mis quejas y demandas y seguía recitando como un loro el rollo patatero que sus jefes, seguramente bien apoltronados en una tumbona del Caribe, le habían dejado escrito en una fatídica chuleta.
Dado que son ustedes sordos, con la acaso vana ilusión de que no sean también ciegos, les mando este mensaje: déjenlo. Jamás volveré a trabajar con MoviStar. Y si decidiesen ustedes cambiar el nombre de su empresa, si pasado mañana pasan a denominarse MoviChufla, ChorraStar o Telefonía Pepe, tengan esto muy en cuenta: si albergan alguna esperanza de conquistarme como cliente, no lo hagan nunca, pero nunca nunca, a través del teléfono. Que yo también tengo mi base de datos sobre las empresas a las que nunca contrataré.


