Una de las formas en las que se puede dividir el mundo es entre los que trabajan y los que opinan sobre el trabajo de los demás. Afortunadamente, vivimos en un país en el que se nos garantiza el derecho a la libertad de expresión. Puede que hayan sido los 40 años de privación de ésa y otras libertades los que la hayan convertido en una pasión que nos hace opinar a todos sobre todo, sin haber llenado antes nuestras despensas con las provisiones necesarias para mantener cada aserto. Los de la prensa (mea culpa) tenemos buena parte de la culpa. Abrigada por el calor de un país que lo fue ‘de charanga y pandereta’ y que ha evolucionado hasta serlo ‘de Belén Esteban, la Princesa del Pueblo’, en nuestros medios abundan hoy el peso de opiniones huérfanas de preparación, ausentes de investigación e inyectadas por la pasión y el impulso, más que por la reflexión y el estudio. Llevado por ese espíritu, habitamos un territorio en el que cualquier hijo de vecino se ve capacitado para opinar de todo. “¿Por qué no, si hay libertad de expresión?”, habrá usted escuchado más de una vez, hasta el punto de que, de mayores, todos queremos ser tertulianos (hay quien sustituye ahora este término por el de ‘colaborador’ ¿?). Todo empezó, posiblemente, por el fútbol y la medicina. Todo español lleva dentro un médico y un seleccionador, pero la cosa no para en barras. Ejemplos hay muchos, día a día. Esta semana hemos vivido de cerca ese afán opinativo con motivo de la Expo Agro, sin ir más lejos. Una Feria que en la edición anterior prácticamente tuvo que cerrar sus puertas sin celebrarse y que, ahora, se ha reactivado con nuevos expositores, más visitantes, mayor protagonismo del agricultor y un programa de actividades mucho más amplio que en ninguna de sus anteriores ediciones, que prácticamente ha colgado el cartel de completo en todas sus citas. El párrafo que acaba usted de leer se basa en la experiencia de un ser humano que ha ‘vivido’ en Expo Agro más de doce horas en cada una de sus jornadas de celebración, de miércoles a viernes. Por el contrario, he escuchado una infinidad de opiniones de gentes que han acudido a la Feria una o ninguna hora al día, que no han estado presentes en ningún evento, que no han vivido la vorágine de visitantes en el invernadero tecnológico y que, sobre todo, la han visitado en la hora de la pasarela, en lugar de en el momento en el que una feria de este corte vive su mayor intensidad, por las tardes, cuando el agricultor abandona su invernadero. Pero opinar es gratis. Y libre. Igual de libre que sostener que Expo Agro debe orientarse a la comercialización, a ser una Feria de producto como las de Madrid y Berlín. Poco importa a los opinadores que ambas muestras multipliquen por 50 el presupuesto de la de Almería haciendo imposible la competencia, que la comercialización de toda Europa ya haya dejado claro que Madrid y Berlín son puntos de encuentro mucho más cercanos que Almería y que las propias exportadoras almerienses tengan decidido que donde están sus clientes es en Fruit Attraction y Fruit Logística y no en Expo Agro. Los opinadores piensan que Almería debe competir con Berlín y con Madrid; debe ser del mismo modo que Almería compite con esas dos ciudades en infraestructuras, comunicaciones, oferta hotelera, hostelera y cultural y en presupuesto. La realidad, cuando se escarba un poco, sentencia que Almería debe ser una Feria de aquellos productos que se le puede vender al campo, de la industria auxiliar y, sobre todo, del agricultor, porque ellos sí están aquí. Ésta ha de ser su Feria porque son nuestro ‘hecho diferencial’. Son dos tipos de conclusiones: la de los opinadores por un lado y la del estudio por otro. Bendita libertad de expresión.
domingo, 10 de abril de 2011
Los opinadores
Una de las formas en las que se puede dividir el mundo es entre los que trabajan y los que opinan sobre el trabajo de los demás. Afortunadamente, vivimos en un país en el que se nos garantiza el derecho a la libertad de expresión. Puede que hayan sido los 40 años de privación de ésa y otras libertades los que la hayan convertido en una pasión que nos hace opinar a todos sobre todo, sin haber llenado antes nuestras despensas con las provisiones necesarias para mantener cada aserto. Los de la prensa (mea culpa) tenemos buena parte de la culpa. Abrigada por el calor de un país que lo fue ‘de charanga y pandereta’ y que ha evolucionado hasta serlo ‘de Belén Esteban, la Princesa del Pueblo’, en nuestros medios abundan hoy el peso de opiniones huérfanas de preparación, ausentes de investigación e inyectadas por la pasión y el impulso, más que por la reflexión y el estudio. Llevado por ese espíritu, habitamos un territorio en el que cualquier hijo de vecino se ve capacitado para opinar de todo. “¿Por qué no, si hay libertad de expresión?”, habrá usted escuchado más de una vez, hasta el punto de que, de mayores, todos queremos ser tertulianos (hay quien sustituye ahora este término por el de ‘colaborador’ ¿?). Todo empezó, posiblemente, por el fútbol y la medicina. Todo español lleva dentro un médico y un seleccionador, pero la cosa no para en barras. Ejemplos hay muchos, día a día. Esta semana hemos vivido de cerca ese afán opinativo con motivo de la Expo Agro, sin ir más lejos. Una Feria que en la edición anterior prácticamente tuvo que cerrar sus puertas sin celebrarse y que, ahora, se ha reactivado con nuevos expositores, más visitantes, mayor protagonismo del agricultor y un programa de actividades mucho más amplio que en ninguna de sus anteriores ediciones, que prácticamente ha colgado el cartel de completo en todas sus citas. El párrafo que acaba usted de leer se basa en la experiencia de un ser humano que ha ‘vivido’ en Expo Agro más de doce horas en cada una de sus jornadas de celebración, de miércoles a viernes. Por el contrario, he escuchado una infinidad de opiniones de gentes que han acudido a la Feria una o ninguna hora al día, que no han estado presentes en ningún evento, que no han vivido la vorágine de visitantes en el invernadero tecnológico y que, sobre todo, la han visitado en la hora de la pasarela, en lugar de en el momento en el que una feria de este corte vive su mayor intensidad, por las tardes, cuando el agricultor abandona su invernadero. Pero opinar es gratis. Y libre. Igual de libre que sostener que Expo Agro debe orientarse a la comercialización, a ser una Feria de producto como las de Madrid y Berlín. Poco importa a los opinadores que ambas muestras multipliquen por 50 el presupuesto de la de Almería haciendo imposible la competencia, que la comercialización de toda Europa ya haya dejado claro que Madrid y Berlín son puntos de encuentro mucho más cercanos que Almería y que las propias exportadoras almerienses tengan decidido que donde están sus clientes es en Fruit Attraction y Fruit Logística y no en Expo Agro. Los opinadores piensan que Almería debe competir con Berlín y con Madrid; debe ser del mismo modo que Almería compite con esas dos ciudades en infraestructuras, comunicaciones, oferta hotelera, hostelera y cultural y en presupuesto. La realidad, cuando se escarba un poco, sentencia que Almería debe ser una Feria de aquellos productos que se le puede vender al campo, de la industria auxiliar y, sobre todo, del agricultor, porque ellos sí están aquí. Ésta ha de ser su Feria porque son nuestro ‘hecho diferencial’. Son dos tipos de conclusiones: la de los opinadores por un lado y la del estudio por otro. Bendita libertad de expresión.
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