lunes, 18 de abril de 2011

Virreyes del funcionariado

El otro día tuve el gran ‘placer’ de asistir a un foro privado en el que se hablaba de urbanismo, con representantes de diversos entes públicos y privados. Entre los invitados, llamó mi atención la representante de no sé qué delegación de la Junta; y lo hizo por su particular visión de lo que debe ser una ciudad, un país, el mundo. Su expresión más repetida era ‘aberración’. La señora debe vivir en una crisis permanente, en la que sólo ve aberraciones por todos lados, como aquel tipo que vía sólo sexo en todos los dibujos que le mostraba su psicólogo. Huelga decir que la señora en cuestión es funcionara, de profesión diría yo. A sus ojos, la instalación de mesas por parte de un establecimiento hostelero en los soportales de la Plaza Vieja es una aberración, tan sólo tolerable por la condición dinamizadora de tal iniciativa para con el recinto en cuestión; y que un quiosco como el de la Plaza Circular saque unas mesas a la acera para que los ciudadanos se tomen su café con porras no es más que otra aberración, ésta ya intolerable para su sedosa sensibilidad estética. Una visión respetable, de no ser porque, gracias a este tipo de ideas, disfrutamos de un país en el que las listas de desempleados nos amenazan con alcanzar los cinco millones en un pis-pas, los pequeños y medianos empresarios ya no saben a dónde acudir para refinanciar sus generosas deudas y el periódico económico se ha convertido en una crónica de sucesos o en una gran sección de esquelas mortuorias que cada día nos informa por el alma de qué empresas podemos echar unas oraciones. La señora en cuestión, que como todas las de su estirpe, hablaba ‘ex cátedra’ y buscando la provocación en alguno de los timoratos compañeros de mesa, pertenece a esa caterva de virreyes (y virreinas, vayamos a que haga caer sobre mí el peso de la imprescindible ley de igualdad chorra) del funcionariado que, desde sus torres de marfil, dominan el horizonte y dictan las normas bajo las que hemos de irnos todos a tomar por el saco, más pronto que tarde. La tipa, he aquí lo peor, se mostraba convencida de que el que Paco (o Pepe o como se llame) saque diez o doce mesas a la Plaza Circular, más que darle vida a un rincón de la ciudad, hacer que se mueva el dinero, dinamizar y decorar el centro e incentivar el consumo, es un ataque frontal contra la ortodoxia de no sé qué urbanismo de pitiminí que le enseñaron en su día en la Facultad, de la que seguramente saltaría la muchacha directamente a la casta funcionarial, olvidándose del necesario paso por la vida real, sobre la que no tiene ni puta idea. Debe ser prima hermana de nuestro amigo el juez Rivera, que esta semana nos ‘sorprendía’ con una sentencia en la que dice que el establecimiento Mandala debe cerrar sus puertas, porque la ley que impulsó algún correligionario de la tipa que me ha proporcionado la merced de poder escribir estas líneas, no contempla la actividad que está realizando. Y no se crea usted que allí lo que se hace es traficar con estupefacientes, prostituir a niños o tirar cabras por el campanario. Allí lo que hacían era servir comida y bebida y poner música, una actividad que, según el magistrado, no cabe en la ley. Me viene a la cabeza aquello del sábado para el hombre y no el hombre para el sábado; pero claro, para pensar en ello, antes hay que haberse dado una vuelta por la vida real, en lugar de haber estado toda la puñetera existencia con la nariz pegada en los libros que han escrito otros iluminados que tiran casas de extranjeros y obligan a que pasen años con una macro-obra parada en pleno Parque Natural. Lo mejor va a ser que todas las empresas se vayan ‘a espigar’ y, al final, en este país sólo queden funcionarios como el señor juez y la paya ésta de las aberraciones. Verás qué nivel, Maribel.

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