lunes, 25 de julio de 2011

Conan y las tortugas bobas

No es el último título de ninguna saga pero, no sé por qué, son dos conceptos que, ligados a la realidad almeriense más actual, se me han arremolinado en la cabeza a la hora de desafiar al folio en blanco.
Por estos lares, somos proclives a auto-atribuirnos cualidades que nos diferencian, a los almerienses, del resto del mundo; que nos hacen especiales, únicos, irrepetibles, personales e intransferibles. Probablemente no sean más que ínfulas o, como mucho, falta de kilómetros. Es muy posible que los de por aquí seamos iguales o muy parecidos a los de por allá, con más calor, más sol y muchos años de aislamiento geográfico-político-estratégico a nuestras curtidas y morenas espaldas.
Sin embargo, la realidad a veces parece contarnos justo lo contrario y empeñarse en reflejarnos como unos tipos singulares, para bien o para mal, y capaces de comportamientos dignos de portada, repito, para bien o para mal.
En apenas un ínterin de mes y medio, precisamente los papeles nos han arrojado a la cara sendas noticias que lo son más por curioso que por noticioso.
Por un lado, nos enteramos de que el gobierno, en su afán por conectarnos con el resto del mundo como lo están el 90% de las provincias españolas, se ha dado cuenta, ahora, de que va a hacer pasar kilómetros de cemento y hierro por encima de las casitas de no sé cuántas tortugas bobas, especie que, a juzgar por su poder de influencia sobre el ser humano, no parece hacer demasiado honor a su nombre. Y para evitarlo, no ha tenido otra ocurrencia, el gobierno digo, que rascar un poco en el terruño de propietarios privados que utilizaban lo que hay sobre las suelas de sus zapatos para trabajar y dar trabajo, para producir y crear riqueza y valor; algo de lo que, últimamente, no andamos demasiado sobrados. La operación es simple: cambio accesos de alta velocidad por áreas de producción, para que las tortugas bobas no se vean demasiado afectadas por el progreso. Vayamos a leches.
Por curiosidades neuronales, la noticia se me ha agolpado en lo gris con otra no menos resonante: los almerienses (algunos, supongo que no todos) se manifiestan en contra de la destrucción de la Cueva de Conan. Confieso que, así a bote pronto, no tenía ni la menor idea de la existencia de tal lugar, hasta que las palas lo han echado abajo.
Según mis cálculos, debe hacer más de tres décadas que el musculado actor ‘americano’, hoy convertido en poco menos que icono del séptimo arte por la contestación popular almeriense, se dedicó a dar algunos palos en los alrededores de nuestra urbe. Desde entonces, les juro por sus muertos más frescos (los de Conan) que no he escuchado a ni un solo almeriense hablar de tal Cueva, ni a nadie relatar que la ha visitado, honrado, admirado o hecho protagonista de ninguna crónica u obra artística.
No seré yo quien niegue el valor de cualquier decorado testigo de nuestro pasado cinematográfico, algo a lo que creo que es urgente sacarle valor y honrarlo por el valor que ya le sacaron otros antes; pero la realidad es que en tres décadas no me he encontrado a ni un solo paisano que haya dado cuenta alguna del lugar que albergó al hoy político americano, una Cueva al Norte de nuestros barrios más norteños; ni, por supuesto, a ningún político atisbar siquiera la posibilidad de señalar tal visita y lugar con algún tipo de distinción, tipo Bien de Interés Cultural (BIC) o Espacio Protegido para Músculos Interplanetarios (EPMI).

No hay comentarios:

Publicar un comentario