Los había aterrizados por un problema familiar, nos podemos imaginar cuál; otros, porque su tiempo libre no tenía mejor destinatario; algunos porque se les cruzó en el camino alguna historia con fondo; y la mayoría, yo diría todos, porque su vida no llenaba su capacidad de dar.Como todo, la cena de Proyecto Hombre en Almería, el sábado, me enseñó mucho. Primero con el vídeo en el que muchos de sus voluntarios explicaban por qué un buen día rellenaron el formulario de inscripción y, desde entonces, siguen ligados a un proyecto que cada día se transforma en cientos, miles de realidades; más tarde, casi al final, con el testimonio de una amiga.
“Proyecto Hombre te ayuda a tomar tierra”. Me quedaré con la frase, con tu permiso, y la meteré en el reservado para los momentos de máxima capacidad reflexiva. Se quedó ahí, pero tampoco le hizo falta mucho más para abrir un largo período de cavilación.
Los voluntarios de Proyecto Hombre llegan a la asociación dispuestos a ayudar, a poner de su parte para enderezar árboles torcidos, para dulcificar tormentosos trayectos, para empujar barcos encallados, para reconstruir ruinas de antiguos y gloriosos pasados.
Sin embargo, nada de ello escuché durante las más de tres horas que compartí con ellos y con otros muchos amigos que nos acompañaron. La frase lo resume todo: “te ayuda a tomar tierra”. Y de eso sí que capté muchos testimonios que, a los pocos minutos, habían cambiado mi percepción inicial. Ahora me preguntaba: ¿quién ayuda a quién?
En los ojos de mi amiga, en las dulces y profundas palabras de la presidenta de la asociación, en las sonrisas de los presentes y en las conversaciones que caían sobre el atascado y plomizo aire del nocturno julio almeriense, percibí más bien testimonios de quienes han encontrado allí el verdadero sentido de sus vidas, un pasaporte hacia la realidad ajena a los castillos en el aire, a las ilusiones materiales, a las apariencias fatuas y al vacío existencial.
Fue una buena velada, agradable aunque a ratos teñida en el interior por el recuerdo de algún caso personal más o menos cercano, por el asombro de la naturalidad con que los impulsores de este Proyecto asumen el cambio de papeles entre ayudador y ayudado y por la admiración de quienes son lo suficientemente valientes para dar un trocito de su tiempo, como inversión para recibir, a cambio, la satisfacción de sentirse imprescindibles.
He escuchado muchas veces aquello de que nadie es imprescindible. Desde el sábado, sé que no es cierto. Gracias y enhorabuena. Por todo.
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