lunes, 15 de agosto de 2011

¿Cuál independencia de la prensa?

El titular no es mío. Lo he robado, ‘mea culpa’, de la revista oficial de la Federación de Asociaciones de la Prensa y el autor intelectual es Santiago Carrillo. Tópicos al margen (como todas las que le hacen, la entrevista empieza enumerando los cigarrillos que consume durante hora y media a sus 96 años), la frase tiene profundidad, o como dirían ‘al alimón’ Federico Trillo y José Bono, ‘manda huevos’.
Cuenta el texto que Carrillo fue periodista y luego político. Es normal que, a cuatro de los cien ‘tacos’, experimente ese impulso irrefrenable de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, que el periodismo y la política de verdad son los que se hacían antes. No es tan normal, aunque sí lógico, que el anciano padre de la democracia dé en la diana con tal atino, cuando recibe ‘a porta gayola’ un tema tan espinoso como éste de lo que le está pasando a la prensa, lo que nos está pasando a los periodistas; un debate que arde por los rincones de las redacciones, los cafés y las estancias virtuales.
Tiende el periodista, me perdonarán (o no) la generalización, a autocalificarse independiente si en su trabajo y en sus informaciones deja traslucir sólo las esclavitudes que dependen exclusivamente de sí mismo, desterrando las de origen empresarial, político, económico o social. En otras palabras, que el periodista independiente es el que tiñe sus informaciones en el balde de sus propias subjetividades, pero permanece virgen ante las presiones de la empresa que es dueña del soporte y de los anunciantes que lo pagan.
El periodista defiende (defendemos) la profesión y el estatus; es normal. Mi duda reside en si la mejor manera de hacerlo es negando que estamos influidos por nuestras subjetividades, que hacen mella en nuestras informaciones; y desmintiendo que nos sometemos a diario y por obligación a los dictámenes de la empresa, su libro de estilo y su cuenta de resultados.
Resulta una obviedad el respeto que cualquier medio de comunicación, como cualquier empresa, presta a sus clientes, en este caso, sus anunciantes, quienes sostienen sus cuentas de resultados y aportan para pagar nóminas y otros gastos. ¿Cree usted que una empresa periodística tratará igual a quien la mantiene publicitariamente y a quien no le aporta un duro? (Por ejemplo, ¿han leído alguna crítica a El Corte Inglés?)
Abundan quienes pregonan que este tipo de esclavitudes publicitarias y políticas de la prensa son un horror, un cataclismo, un sablazo a la ética y a la deontología y, sobre todo, una derivada de los nuevos tiempos; y esos mismos sitúan en el periodista la capacidad y la inspiración para interpretar la realidad, elegir los temas interesantes y elaborar la crítica positiva o negativa que se esconde en cada noticia, al son de sus propios intereses, gustos, subjetividades y tendencias; todo ello, claro está, con una independencia que para qué las prisas.
Sin ánimo de fastidiar, permítame un consejo, amigo: cuando ojee y hojee el diario, cuando escuche la radio y vea la tele, no lo olvide: los medios son empresas y siempre lo han sido (incluso cuando el político Carrillo todavía era periodista); y los periodistas somos sujetos (no objetos) con nuestros propios gustos, tendencias e intereses. Ambas circunstancias influyen en eso que llamamos información. Queda bello y romántico autodenominarse independiente pero, me uno a don Santiago: ¿independiente de qué?

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