Vamos a ver si logro explicarme sin ofender a nadie, que no está fácil el tema. Y si me equivoco, ya me van corrigiendo ustedes, si son tan amables.
Pues resulta que estamos ante la mayor crisis financiera, económica, de consumo, de mercados, de confianza, del Lucero del Alba y del Sun Sun Corda; que millones de personas llevan meses, años sin poder trabajar en este país; que cada día se van a la calle otros muchos más; que cada semana se cierran cientos o miles de empresas; que todo nos hace temer que más pronto que tarde un rayo va a caer sobre todos nosotros y nos va a mandar a tomar por el saco, que el cielo se va a caer encima de nuestras cabezas y como temía el gordinflón de Obelix, que estamos metidos en un agujero en el fondo de otro agujero, y en mitad de todo eso, sale un tipo y ve la bombilla encima de su calva, se le ilumina el intelecto, se le enamora el alma, se le enamora, y decide que lo que verdaderamente necesitamos, lo que realmente estamos esperando todos como agua de agosto no es ni más ni menos que el recortar la velocidad máxima en las carreteras secundarias de 100 a 90 kilómetros hora.
Aquí, después de largos ratos de reflexión durante esta semana, de estudiar el problema de pie y boca abajo y de consultar a varios de los más prestigiosos expertos en la psique humana y en la de los mandriles del Congo, concluyo que sólo hay dos opciones: o este tío empina el codo mucho más temprano de lo que es recomendable o yo he terminado de volverme gilipollas del todo. Que será esto último, seguramente.
Recordarán ustedes que este país acaba de salir, como quien dice, de un sensacional espectáculo de carteles de 120 para arriba, carteles de 110 para abajo, y venga fiesta, y arriba y abajo. Y que después de la polémica reducción, hemos vuelto al lugar original, por supuesto, después de un abrumador éxito sin precedentes de la medida en cuestión.
Pues bien, el Einstein del tráfico rodado ha vuelto a la carga. El Zorro de las carreteras, el justiciero del asfalto acaba de tener otro alumbramiento. Sí, ya sé que el hecho de que haya crisis económica no es motivo para que no se adopten otras medidas referidas a otros problemas. Pero, de verdad, ¿necesitamos cambiar la velocidad máxima de las carreteras secundarias? ¿Es una necesidad estructural básica en éste o en cualquier otro momento? ¿Saldrá el sol por Antequera o por Medina del Campo si no se adopta esta decisión con carácter de urgencia?
No quisiera uno ser mal pensado, pero no sé por qué se me ha venido a la cabeza la absurda y malintencionada idea de que quizás tenga algo que ver con esto el hecho de que a la legislatura le queda medio ‘pelao’ y que puede empezar a haber gente que necesite argumentos para pasar a la posteridad.
Ahora, bien, si así fuera, si de lo que se trata es de buscar una buena lápida política y de gestión, al tiempo que culminar la mejora del tráfico y la disminución de las muertes en carretera, ¿qué tal mejorar la formación en las autoescuelas, endurecer los exámenes de conducir, someter a los conductores a controles periódicos de vista y de habilidades, cuidar del estado de las carreteras y eliminar a los que hacen de la temeridad un estilo de conducción? Digo, por dar alguna idea. Mientras tanto, ¡vamos a ver si dejamos de tocarnos los kilómetros!
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