viernes, 16 de septiembre de 2011

Algarrobicos y algarrobos

Creo que ya está bien. Se acabó el juego y hace un buen rato que comenzó lo serio. Hemos estado un tiempo, más que suficiente, practicando los juegos florales, los fuegos artificiales y los limbos y las ninfas. Pero ya pasó. Ahora toca trabajar, currárselo en serio y olvidarse de las bromas.
El problema es que, de tanto flotar a un par de palmos del suelo, de tanto admirar el arte abstracto del medio natural y denominarlo ‘Las flores del mal bajo el tamiz de la regularidad’, muchos nos lo hemos creído y las vamos a pasar putas para volver a tocar tierra.
Ha sido bonito mientras ha durado, de verdad. Pero ya no podemos más. Cuando atábamos los perros con longaniza y sometíamos a las vacas a la dieta Dunkan, nos lo podíamos permitir, pero ahora hemos empezado ya a ver cómo hay hostias a la salida de los supermercados a las diez de la noche, cuando tiran a la basura los productos caducados.
Quizás vamos pelín tarde ya para engancharnos a la moda ésa de querer comer caliente todos los días, darle a nuestros hijos una educación correcta, a nuestros mayores una sanidad adecuada y a todos una sociedad en la que, al menos, podamos mirarnos a la cara. Tarde, pero aún hay esperanza.
Claro que, para eso, ya te digo Rodrigo, hemos de volver a pisar la tierra firme y dejar que el globo vuele a la estratosfera. Estaba bien eso de no poder construir porque afeaba el paisaje, atentaba contra el ecosistema y tocaba los huevos a todo lo sostenible, lo medioambiental y lo que es más verde que los mocos de un extraterrestre, como dirían los ‘Mojinos Escozíos’.
Como azuza el hambre, quizás hemos de levantarnos de la mesa y empezar a pensar que o ponemos esto en marcha, o nuestro planeta lo van a disfrutar las lagartijas, los alacranes y las pitas, eso sí, con una sostenibilidad y un respeto medioambiental que para qué las prisas. Tal vez haya llegado la hora de resolver algunos entuertos, como ése de tener en pie, sobre una de nuestras mejores playas, un mazacote de cemento, hormigón y hierros, en aras de un ecologismo profesional de sueldo y despacho, que si no es por estas guerrillas no sé en qué nos las íbamos a buscar.
Dicen, los arquitectos de lo verde, que hay que derribar el hotel de El Algarrobico. Y al margen de que seguramente lo pensarán echar abajo gratis, con ejércitos de voluntarios verdes que no van a cobrar un duro por darle al pico y a la pala, estarán pensando en que cuando desaparezca el edificio, las salamanquesas van a volver por allí pensando que todo ha sido producto de una noche de juerga y la posterior resaca, como si el hotel lo hubieran quitado de en medio con el photoshop ése que le rebajó los michelines a Sarkozy.
Y con él, desaparecerán también los turistas que vendría a gastar y los cientos de puestos de trabajo, entre fijos y estacionales, que hubiera dado el amasijo en que lleva convertido el paraje desde que a algún lumbrera se le ocurrió que era ‘una aberración’. Por supuesto, lo que no es una aberración es la de gente que se ha quedado sin poder currar durante todos esos años y la maravillosa visión que ofrece ahora nuestra costa gracias a su entrega ‘desinteresada’.
Se me está ocurriendo una cosa: ¿y si completáramos ahí una de esas ‘aberraciones’ que se veneran en otros sitios, como el Monasterio de Suso que está en plena montaña, el Palacio de Sintra en mitad del bosque o el Taj Mahal o la Gran Muralla China, que también construyeron los hombres en mitad de la naturaleza y no provocan la ira de los profesionales del medioambiente? Acaso, así, el photoshop cambiaría algo de paro por turistas e ingresos.

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