Estamos jodidos. Jodidos y puestos al sol, me perdonará usted la inicial crudeza. El Apocalipsis no ha de andar muy lejos, a juzgar por lo que nos cuentan, que ya no difiere en mucho de lo que vivimos en propias carnes. Y para buscar una salida, que no estoy seguro de que exista ya a estas alturas, sin duda necesitamos a los mejores.Anda el patio revuelto porque se han conocido las riquezas y las pobrezas (económicas) de los cargos políticos. Hay a quien el que tengan unas cuantas fincas y algunos coches caros les parece mucho. Yo, como soy un bicho bastante raro, pienso justo lo contrario, que cobran poco los tipos que se supone que han de sacarnos de los problemas y poner en práctica estrategias para evitarlos en un futuro.
No sé si habrá dado usted cuenta, pero los políticos son unos mileuristas en comparación con quienes rigen los destinos, por ejemplo, de las grandes empresas. Así, no es de extrañar que los cracks de la economía, de la gestión, de la administración, huyan despavoridos de la cosa pública, buscando refugio millonario en lo privado, echándole muchos ceros a las cantidades que cobraban cuando eran nuestros representantes.
Y al menos una parte de lo que ha llegado para sustituirlos, al frente de nuestro dinero, de nuestra gestión y de nuestras administraciones son, en algún caso, tipos y tipas cuyos conocimientos convertirían en premio Nobel a un repetidor de la ESO, cuyos currículos cabrían en un sello a una cara y a doble espacio.
Como contribuyente, como cliente de este Estado que se ha convertido en mi principal acreedor, quiero al frente de él a tipos brillantes, con respuestas, con capacidad, con coraje y con ideas y no, como en algún caso, a una panda de desarrapados que disfrazan bajo un traje y un coche oficial la cruda realidad de quien no han estado nunca cerca ni del empate. Es lógico: son los que se supone que trabajarán para todos, para usted, para mí y para nuestra prima la de Burgos. Para eso, quiero a los mejores. Y que lo cobren.
Es verdad que sobran cargos, como sobran administraciones y toda esa cohorte que los suele rodear. Pues bien, adelgacemos la entidad pública, restemos el número de puestos e incluso el número de instituciones. Borremos de un plumazo las subdelegaciones de las delegaciones de las consejerías de las carteras de los ministerios y dejemos únicamente lo justo para que ande la máquina.
Pero pongamos, al frente de lo que quede, a los mejores. Ubiquemos en el sillón un pastel económico tan apetitoso que acudan a su olor aquellos que han demostrado capacidad para sacarnos del agujero. Permitamos que los partidos políticos pongan al frente de sus listas a quienes atesoren capacidad y preparación y no a los reyes del clientelismo, a los coronados del ‘paniagüismo’ y a los súper-stars del ‘medramen’.
Con lo que pagamos, tenemos derecho a que trabajen para nosotros profesionales con bagaje y amplitud de miras y, por supuesto, para conseguir eso, hay que pagarlo, hay que ponerles delante al menos el mismo botín (con minúscula) que el que les recompensaría en la vida privada. Yo quiero, yo estoy dispuesto a invertir en ello, para salir de donde nos han metido los otros. Hagámoslo, porque si no, naufragaremos encabezados por los ‘panchovillas’ de la gestión pública. Eso sí, todo muy baratito, todo ahorrando en sueldos una pasta que te rilas.