Dejó dicho Napoleón Bonaparte que “el hombre de Estado debe tener el corazón en la cabeza”. No ha quedado, esta histórica figura, como un tipo demasiado popular por estos lares, de Pirineos hacia abajo, pero llevaba razón, el pequeño general gabacho, aunque yo situaría en la ‘sala de máquinas’ del funcionamiento político y democrático, junto a corazón y cabeza, eso que llamamos Ley, esa guía de instrucciones que le damos a nuestros políticos para que no gobiernen como Dios les da a entender sino como les dictamos sus jefes, que somos usted, yo y otros muchos.Durante la semana, hemos estado yendo y viniendo con el ‘tema Amaiur’, esa coalición con nombre de comando terrorista, cuyo significado en castellano es ‘Amanece’, curiosa denominación para un grupo de jóvenes y ‘jóvenas’ cuya actividad se basaba precisamente en que un buen día no amaneciera para determinados seres humanos, por el mero hecho de que disentían en determinados, digamos, asuntos generales del Estado.
Mire usted, mi nunca bien ponderado lector, le confieso que no me quita el sueño que el País Vasco siga o no caminando con el cordón umbilical unido a España; hemos tenido, en este trozo del terruño, fructíferas etapas históricas en las que estos amigos de Euskadi se las buscaban en solitario y tampoco pasaba nada. Lo que ya no me da tan igual es que nos tomen por torpedos del culo y, en esto, todo ese entorno de ETA, Amaiur, Bildu y la caterva entera de independentistas que casan su actividad con la amenaza, el detonador, el asesinato, la coacción y el tiro en la nuca, son auténticos maestros.
Analizando tan sólo superficialmente la situación, percibo que esta festiva muchachada que ahora celebra su éxito electoral eliminando banderas al mismo ritmo que borran las dianas que pintaban con tiza sobre las paredes de sus pueblos, parece comportarse como quien se auto-invita a cenar en tu casa, empieza poniendo los pies sobre la mesa, continúa vaciándote la nevera y termina por cagarse en tu lavadora y echarle un pinchito a tu mujer.
Soy sincero cuando proclamo que me hubiera encantado que estos defensores de la patria vasca, que lo mismo utilizan en esa defensa un periódico, un parlamento o una pistola, tuvieran grupo parlamentario en el Congreso de los diputados, porque siempre he pensado que cuanto más plural sea ese órgano mejor y porque una de las diferencias más importantes entre ellos y usted y yo es que nosotros respetamos los derechos de cada uno, aunque ese uno haya demostrado sobradamente que es un tipo tan indeseable como simplón.
El problema es que la ley, aquel libro de instrucciones con el que empezaba estas líneas, parece dejar claro que sus méritos electorales no se lo permiten o no se lo han permitido en los últimos comicios. Y ahí es cuando estos getas, estos tipejos con la cara más dura que el instrumento de un novio, apelan a la caridad de todo aquello y todos aquellos a los que han amenazado e insultado durante años, empezando por el Rey, que muy protocolaria y respetuosamente, se ha debido partir el culo de risa cuando los ha escuchado.
No obstante, que otra cosa que puede haber pasado, viendo el desacuerdo entre las fuerzas mayoritarias y la abstención del PSOE, simplemente difícil de entender, es que la Ley no deje claro si tienen o no derecho a grupo parlamentario. En ese caso, habríamos de pensar que estos respetables representantes públicos la han elaborado con una cucharilla en una mano y una botella de Anís del Mono en la otra.