sábado, 3 de diciembre de 2011

¿Qué pasa en la DGT?

Pásmese, mi nunca buen ponderado lector, porque hoy, al fin, podríamos estar a punto de que el viejo dicho español de que “nos van a cobrar hasta por respirar” se convierta en realidad, tras la no menos brillante idea de uno de los prebostes de la Dirección General de Tráfico. Algo debe pasar allí, porque no es normal que periódicamente, cada vez en intervalos más cortos, salgan de la DGT reflexiones dignas del mismísimo ‘Peíto’. No sé si será el café que toman, el impacto de esas campañas publicitarias tan impactantes y tan macabras o acaso que los eligen tras un proceso de selección dirigido por Míster Bean.
El caso es que, aunque me he resistido, he intentado no llegar a esa conclusión, al final me he convencido de que en la DGT pasa algo raro, que se traduce en que el número de tontos por metros cuadrados es, allí, muy pero que muy superior a la media; peligrosamente superior a la media.
Recordará usted aquella ocurrencia de bajar el límite de velocidad en las autovías a 110, a pesar de que los datos de la propia DGT indicaban que la mayoría de los accidentes se producen fuera de estas vías. Aquello fue meritorio, aunque se superaron unos meses después cuando, tras los millones gastados en cambiar los cartelitos, decidieron que ya estaba bien y que volvíamos a los 120, en un auténtico carrusel de imbecilidad colectiva que parecía haberse apoderado de un país idiotizado hasta el límite.
En fin, esto son cosas que pasan. En todos sitios cuecen habas y hay que aguantarse. Pero, pasado el tiempo, no he tenido más remedio que convencerme de que esto es algo extraordinario, un caso con el que fliparía en colores el tipo ése del programa Cuarto Milenio, el que habla así como bajito y como si estuviese todo el rato contando cosas muy interesantes.
Lo último, que seguramente a estas alturas ya será lo penúltimo, ha sido proponer que se cobre por circular en las autovías. La idea, peregrina como ella sola, se le ha ocurrido al segundo de a bordo, que como todo se pega menos la hermosura, debe haberse impregnado ya del espíritu de su número uno, un tipo al que deberían dejar hacer cualquier cosa menos pensar.
Este otro joven, ahora que la silla empieza a quemarle bajo sus posaderas y que se le ha iniciado la cuenta atrás para dejar de vivir de la sopa boba, ha decidido que falta tiempo para pasar a la posteridad y que, antes de que su existencia político-administrativa sea pasto de una buena lápida de mármol de Macael, ha de dejar una imperial chorrada con la que ser recordado.
Al margen de que esto, lo de la DGT, sea motivo de un buen Expediente X, por la frecuencia con la que disparatan sus dirigentes, quizás el problema radique en una exageración, una sobre-dimensión de ese mal que ataca a los tipos que, de la noche a la mañana, se ven con un coche oficial, un chófer y un ‘aifon’ que paga alguien misterioso que no son ellos, lo cual al parecer les termina de convencer de que tienen carta blanca para ‘estupidiar’ a discreción.
Una reacción que, seguramente, les impide tener en cuenta que aquellos a los que atacan sin piedad con los pensamientos ilustrados que defecan de vez en cuando, los ciudadanos que pagamos sus sueldos, coches y ‘aifones’, somos en realidad sus jefes, aquellos en favor de cuyos intereses deberían trabajar.
¿Se imagina usted que tuviera una empresa y que sus trabajadores, en lugar de esforzarse por mejorar el negocio se dedicaran a vomitar ‘soplagaiteces’ encaminadas sólo a fastidiarle a usted y a su empresa? Pues eso es a lo único que parecen aspirar todos estos ‘paniaguados’ a los que tanto les cuesta ponerse en la piel del otro, del currito que no llega a fin de mes.