Lo voy a confesar: durante la semana, de vez en cuando echo una pensada para decidir sobre qué voy a escribir en esta cita semanal que, lo admito también, cada día me gusta más. Me caen ustedes bien, qué le vamos a hacer. Y les juro por sus muertos (que no por los míos) que casi todas las semanas encuentro un tema agradable, entrañable y que me reconcilia con mis congéneres hasta límites insospechados.Sin embargo, también es rara la semana que no llega algún iluminado y me lo echa a perder, sirviéndome en bandeja de plata otro asunto, de mayor peso, que me deja trufado de reproche, descreimiento, indignación y mala leche.
Para no variar, algo así me ha sucedido esta semana. Fíjense lo que les digo: en próximos días, va a abandonar su cargo de ministra una señora que tenía un campo precioso para haberse dejado la piel trabajando por España, porque su ámbito de actuación tiene más falta de trabajo que Mouriño de un libro de estilo.
Les estoy hablando de la ministra de Agricultura, que en estos días ha despertado la fiera que llevo dentro, dejando para su despedida una frase que bien hubiera podido firmar ‘la tonta del bote’, imborrable protagonista de una entrañable película de postguerra, que refleja con milimétrica precisión las paridas que nos regalan, en ocasiones, nuestros insignes políticos.
A la señora, no se le ha ocurrido otra cosa que decir que le habría gustado ser la ministra que hubiera derribado El Algarrobico. No voy a volver ahora sobre el debate de si derribo sí o no, puesto que mi postura al respecto ya la conocen los que me siguen y los que no ya pueden ir a buscarla a http://vjhernandezbru.blogspot.com/, que allí lo tienen todo.
Lo que me ha revuelto las tripas es que la señora Aguilar, Rosa ella, no haya encontrado estupidez mejor con que despedirse de un cargo que nunca debió ocupar, sobre todo porque ha demostrado sobradamente que no tiene ni la más repajolera idea de qué es lo que se cuece en el sector.
No se vayan ustedes a creer que la señora Aguilar, Rosa ella, sueña cada día con construir un mundo mejor, con que desaparezca la injusticia y la guerra, con que se reduzca la miseria y la mortandad infantil o siquiera con que la crisis deje de azotarnos con sus largas y puntiagudas zarpas.
Ni mucho menos ha tenido un leve pensamiento hacia logros a los que ella misma hubiera podido contribuir desde su amplio y mediático ministerio, como mejorar el rendimiento económico que los agricultores le sacan, o mejor dicho no le sacan a sus productos, terciar en la competencia que países terceros nos hacen en la Unión Europea o evitar que cualquier mindundi germana se invente un infundio que nos haga perder millones de euros a todos.
No señor, no. La señora Aguilar, Rosa ella, se da el piro del Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino con la vana ilusión de no haber podido echar abajo El Algarrobico. A ella le trae al pairo el poder construir, trabajar para conseguir un mundo mejor, aportar valor a estos pobres súbditos que la hemos elevado a un cargo que ha deshonrado mientras ha permanecido en él.No se crean que le preocupa el estado en el que deja la agricultura y la pesca españolas. Ella sólo tiene ojos para El Algarrobico y se va escocida porque no ha conseguido inscribir en su nombre en él con letras de oro. ¿Se puede extrañar alguien de cómo nos van la Feria con especímenes así?
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