domingo, 13 de noviembre de 2011

Para usted un segundo

Para uste un momento; deténgase cinco minutos y reflexione, haga el favor, que sólo quiero hacerle una pregunta: ¿ha pensado usted en función de qué criterios va a depositar su voto en la urna de aquí en seis días? ¿Ha reflexionado si cabe un ratillo después de comer sobre qué aspectos va a tener en cuenta para escoger a quienes van a mover su dinero y van a tomar decisiones por usted durante los próximos 1.461 días? Si no lo ha hecho, amigo, creo que a los dos nos conviene que lo haga.
Ya sé que usted, como la mayoría, ya tienen decidido su voto, que es el mismo que hace cuatro años y el mismo que hace catorce. Pero, si me permite, creo que llegado a este punto y teniendo en cuenta cómo nos va en la feria, acaso sería conveniente revisar el procedimiento con que escogemos a los tipos que, con sus actos, marcan los caminos por los que, con un estrecho margen de maniobra, van a discurrir nuestras vidas.
Hace hoy siete días, casi todos presenciamos el debate en que se enfrentaban los dos señores que reúnen el 100% de las opciones para optar a la presidencia del gobierno español. Y desde entonces, perdone usted si ofendo, no he dejado de escuchar chorradas a la hora de analizar y sintetizar el cara a cara electoral. Los hay que se fijaron en el atuendo, otros en el maquillaje, los más en si uno leía y el otro improvisaba, muchos en el conocimiento de la geografía gaditana exhibido por ambos y prácticamente todos en una piara de menudencias y minucias que, sinceramente, me importan tres pitos teniendo en cuenta que lo que nos jugamos es, simple y llanamente, nuestro futuro.
De los Estados Unidos nos ha llegado, entre tanto, la noticia de que un candidato a la presidencia se quedó en blanco en un debate, olvidándose de una de las tres agencias estatales que pretendía disolver; y que, como consecuencia del lapsus, cágate lorito, se ha dado por concluida su carrera política. Poco importa si el tipo estaba más preparado que sus rivales, si tenía ideas brillantes para sacar a aquel país del hoyo en el que también está sumido (mucho menos profundo que el nuestro, pero hoyo al fin y al cabo) o si su capacidad de gestión dobla con creces a la de sus rivales. Al tipo se le fue la pinza en un debate y ale, ‘a espigar’.
Y de Italia y Grecia nos llegan otras lecciones. Parece que ahora a algunos no les importa que lleguen los tecnócratas al gobierno, acaso porque de lo que se trata es de sustituir a un, digamos ultraderechista, como el ex calvo Berlusconi. En España o Estados Unidos, cuando se maneja esta posibilidad, se habla de términos tan vacíos y manidos como ‘neo-con’ o ‘neoliberalismo’. Sin embargo, cuando el agua llega al cuello de romanos y griegos, ambos imperios no han dudado en echar mano de quienes saben llevar las cosas como han de llevarse, colocando las ideologías, los partidos y otras zarandajas en el utensilio ése donde se cuelga el papel higiénico, dentro del excusado.
Llámeme usted lo que quiera, pero creo que el marketing político se nos ha metido hasta tal punto en las trancas, que nos ha borrado de un plumazo la responsabilidad de elegir a nuestros representantes en función de aquello para lo que en realidad los escogemos, que es su capacidad para gestionar la cosa pública en beneficio de la mayor parte (ojala todos) los ‘res-publicanos’. Y no estaría de más que dejáramos de fijarnos en el color de la corbata, la marca del boli o el corte de pelo utilizado para los debates o, lo que es peor, en quién mató a nuestro abuelo en la guerra, entre otras cosas porque, probablemente, el que lo hizo ahora estará también un par de palmos bajo tierra.

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