domingo, 11 de diciembre de 2011

Recortes y cortos

Supongo, mi querido y paciente lector, que será usted de los muchísimos que hemos echado mano de las tijeras para adecuar nuestro ritmo al de nuestra cartera. Atrás quedaron los tiempos en los que las etiquetas de la ropa se miraban sólo para comprobar la talla, en los que los folletos de ofertas del supermercado se le echaban al buzón del vecino por tal de no subirlos a casa y en los que se salía con la billetera en lugar de con el monedero.
Pues bien, no sé si se habrá usted dado cuenta de que todo ello no son más que una reproducción a escala de los tan cacareados ‘recortes’. Efectivamente, amigo, usted ya ha introducido los recortes en su vida, casi sin darse cuenta. En la forma de comparar precios hasta para comprar una barra de pan, en el dinero que le da a los niños de paga, en la manera de escoger dónde se toma el café o en el menú del día. Y no digo nada si hablamos de una adquisición de ésas que hacen temblar la planificación económica familiar, como un plasma, un ordenador o incluso una casa o un coche, si es que es usted de los intrépidos que se han atrevido a comprar uno en el último año. Si es así, espero que el vendedor le haya hecho el monumento que usted merece.
En cambio, en política económica, en la gestión de un país, que es como la gestión de una casa pero en grande y sin que te puedas fiar de quien la comparte contigo, parece que adecuar los gastos a los ingresos sea como una especie de pecado mortal que se castiga incluso antes de cometerse.
Pues bien, señores, vamos apretándonos los calapiés, vamos preparándonos el cuerpo porque vienen recortes; y menos mal. Menos mal, digo, porque es lo que toca y, cuanto antes nos hagamos a la idea, menos sufriremos. Pasó la época del jamón de Jabugo, al que habremos de pintarle un cuadro para recordar su aspecto, y llega la tan temida mortadela. Como dijo en su día mi amigo Pepe Mel, hablando de fútbol, qué duro es hacer ese cambio, pero no queda otra. O eso, o morir de hambre.
Porque amigos, el Estado ingresa menos, tiene menos dinero y no puede gastar lo mismo que cuando tenía más. Tendremos que acostumbrarnos a menos servicios, aunque nadie debería tocar los básicos como la educación y sobre todo la sanidad, a la par que nos apretamos los cinturones para aportarle cada cual el máximo que pueda. Y a la par, habremos de gastar parte de los recursos en recuperar infraestructuras económicas de futuro a medio y corto plazo, de ésas que sirvan para rehacer tejidos productivos damnificados y generar puestos de trabajo.
El otro día leí en Facebook, de la mano de mi amigo Manolo López, un documento que refleja perfectamente la estupidez colectiva en la que hemos vivido en los últimos años. Los amigos ecologistas de profesión, aquellos que viven de generar y resolver problemas que sólo están en sus nóminas, alertan de que un complejo de golf proyectado en Níjar traerá consigo no sé cuántos problemas ecológicos. El desinformado responsable de tal panfleto no se ha molestado en leer ni el POTAUA ni el decreto de Campos de Golf de Interés Turístico. De haberlo hecho, sabría que este último contempla sólo proyectos sostenibles y que usen el agua reciclada de viviendas cercanas.
Eso sí, haciendo gala del ‘mendruguismo’ patrio que aún nos es coetáneo, el documento se olvida de los cientos de puestos de trabajo que crean este tipo de complejos, cumpliendo a rajatabla el lema de ‘vivan las lagartijas, aunque sea a costa de los humanos’. Por tanto, se constata, seguiremos un rato más en la inopia. ¿Cuántos parados nos hacen falta para empezar a pensar?