No es grave. Es un resfriado de temporada, de ésos que se curan con un poquito de atención, pensando bien lo que se come y lo que se hace y con buenas costumbres. En el momento en el que estábamos las empresas en pleno subidón con el márketing on line y el extraordinario mundo de posibilidades que éste nos abre y nos hemos dado cuenta de que este universo que tenemos ante nosotros requiere de ciertas normas y, sobre todo, de cantidades astronómicas de imaginación; es decir, lo mismo que el mundo of line.
Queda bonito eso de hablar de ‘social media’, márketing 2.0 e interacción on line, pero todos esos términos y otros similares significan ni más ni menos que el público ha pasado de ser el producto a ser el cliente.
Hasta ahora, en los medios tradicionales, el público (lectores, televidentes o radioescuchas) era el producto. Los medios no han vivido nunca de vender periódicos, ni mucho menos programas de radio o televisión, sino de vender seguidores. Un diario capaz de ‘vender’ 20.000 lectores a sus anunciantes, que son su verdadero público objetivo, es un negocio. Otro que no pase de los 2.000 lo tiene muy cuesta arriba.
Ahora, el lector ya no es un producto que se vende, sino el verdadero protagonista del proceso que, además, ha dejado de ser un sujeto pasivo para pasar a ser un actor del propio proceso de comunicación.
El público on line decide hasta límites insospechados, hasta el punto de que sus clicks monetarizan el gasto de una campaña de publicidad. Pero además, ha descubierto que su opinión cuenta en la red y que las marcas son conscientes de ello.
Y ahí está el vivero de virus, en el riesgo de seguir tratando a nuestro público como un objeto, como un mueble decorativo o como un devorador de líneas y fotogramas. El extraordinario campo de juego del márketing on line puede convertirse en un calvario para las marcas que no hayan aprendido el nuevo papel que el lector juega en todo esto. Y, sobre todo, para quien decida ignorar la importancia del término estrategia. Pero ése es otro tema, del que hablaremos en la próxima.
Seguramente no tendrán nada que ver, pero esta semana se han juntado en mi libreta de temas reservados para este espacio que tan gentilmente usted y mi familia más cercana leen cada lunes, dos personas que se parecen más o menos como un huevo y una castaña.
El primero es Juan Roig, el dueño de Mercadona, un tipo que lleva toda la vida currando a saco para crear un imperio que da trabajo cada día a cientos de miles de seres humanos, en un país en el que el paro se ha convertido en la lacra más humillante y cancerígena para un sistema en el que están afectados ya cinco millones de personas. Según he podido saber, en Mercadona no hay contratos temporales; todos son fijos. Y a pesar de todo ello, el tipo en cuestión, el tal Roig, tiene imagen de ser un empresario explotador, de los que se calzan a los curritos doblados y luego se fuman un puro mojado en brandy de Xerez, mientras apoyan sus Martinelli sobre la mesa de caoba de su despacho, en la planta 45 de Wall Street.
Al tipo se le ha venido encima la perrofláutica española (hay a quien le ofende mucho el término ‘perroflauta’; pero les aseguro que yo lo utilizo con todos los respetos e incluso con admiración a quienes aman a los animales más racionales: los de cuatro patas) porque ha dicho que la solución a nuestros males puede estar en tomar ejemplo de la productividad de los chinos que trabajan en España. Desde ese momento, no se puede usted imaginar la cantidad de soplapolleces que he tenido que escuchar, empezando por quienes han dicho que los chinos trabajan quince horas al día, no tienen contratos, cobran menos de 500 euros y no tienen días libres. A uno, que es un amante de la libertad de expresión sobre todas las cosas, entre otras porque vivo de eso, siempre le ha parecido que todo el peso de la ley debería caer sobre los simplones que se dedican todo el día a lanzar acusaciones generalistas, gratuitas, infundadas y sin pruebas sobre lo primero que les viene a la cabeza.
Si alguien tiene pruebas de ese tipo de maltrato laboral, le agradecería que fuera al juzgado. Y mientras, no estaría mal aprender de una gente que hace tiempo se dieron cuenta de que para que una economía salga adelante, es necesario trabajar con mucha más productividad de lo que hacemos, por regla general, en España (con sus lógicas y honrosas excepciones, algunas de ellas muy cercanas y absolutamente meritorias; vayamos a leches).
El otro protagonista de mi semana ha sido ‘el rubio del Paseo’. Tampoco nadie ha de tomar esta descripción como algo peyorativo: se trata de un chico rubio y con barba cuyo nombre ignoro (si no fuera así, lo nombraría) que el otro día me asaltó en el Paseo para intentar venderme un periódico ‘contra la reforma laboral’. Lo primero que hice fue decirle que estoy absolutamente a favor de esa reforma, porque soy autónomo desde hace quince años y en ese tiempo nadie se ha acordado de nosotros hasta ahora. En ese tiempo, he visto cómo se daba por justa la injusticia de que si un trabajador incumple su contrato y se marcha de una empresa antes de que éste haya concluido, lo puede hacer sin traba alguna; mientras que si es el empleador el que lo incumple a través de un despido, ha de indemnizar. En ese tiempo, he visto cómo los autónomos no teníamos derecho a paro, a vacaciones pagadas, a ponernos malos de vez en cuando o a librar algún domingo que otro.
Cuando intenté explicar todo esto al ‘rubio del Paseo’, su respuesta final fue que se acababa la conversación porque no le interesaba lo que le decía. Creo que ahí está la clave: empieza a haber demasiada gente (una aplastante minoría, por suerte) que cuando se entabla debate de argumentos, recuerdan que se les olvidó recoger los pantalones de la tintorería.
Mire usted, querido amigo: la reforma laboral no soluciona los desequilibrios de una legislación que sigue obligando al empleador a demostrar que es inocente, mientras cree en la inocencia del empleado por encima de todo; pero creo que la atempera un poco. Y como los autónomos y pequeños empresarios también somos muchos, no estaría mal que los convocantes de la huelga pensaran un poco en nosotros, que tenemos nuestros derechos y nuestro corazoncito. Por todo eso, el día 29 yo trabajo. Y espero que al igual que yo respetaré a quienes no lo hagan, también yo sea respetado en mi decisión. Por el bien de todos.
Somos especialistas en este país que llamamos España. Nos gusta aquello de escupir hacia arriba y luego que salga el sol por Antequera. Somos felices sacándonosla y orinando al aire libre en contra de la dirección del viento. ¡Qué le vamos a hacer!
Le confieso que no encuentro las razones de esta ausencia casi absoluta de espíritu práctico en este país, que ya dibujó a la perfección el anticipado a su tiempo Miguel de Cervantes y que, con él, quedó definido como país de Quijotes.
Esta semana, una de nuestras ciudades más mundialmente conocidas, Barcelona, volvía a acoger una vez más el Congreso Mundial de Telefonía Móvil (Mobile World Congress), un evento que ha reventado los hoteles, ese sector que se desangra por la continua pérdida de pernoctaciones turísticas, que ha dinamizado el consumo como nunca antes se había vivido en el corto plazo de una semana, que ha traído a la Ciudad Condal a miles de visitantes que han cogido taxis, han consumido botellines de agua y de cerveza, han comido y cenado en sus restaurantes, han pernoctado en hoteles, hostales, pensiones y hasta en algunas casas particulares al estar completas todas las plazas hoteleras, que han comprado souvenirs y artículos de coña (como se diría en la mítica ‘Top Secret’), que han alquilado vehículos y que disfrutado de la noche en toda su amplia extensión.
Cualquier ciudad del mundo, cualquier país del mundo mataría por ser el escenario de eventos con este calado económico, que ha dejado en Barcelona la nada despreciable cantidad de 300 millones de euros de beneficios, no sólo en los hoteles de cinco estrellas, sino también en restaurantes, tiendas y todo tipo de servicios; no sólo de manera directa por parte de los turistas, sino también indirecta, puesto que todos aquellos que ven incrementados los beneficios de sus negocios en esos días, se ven con dinerillo en el bolsillo para gastar un poco más en esta época en la que las vacas parecen casi transparentes.
Cualquier país, menos uno de los que han visto venir la crisis con una pinta más fiera. En este país de Quijotes; en España, lo que hacemos, lo que hemos hecho para celebrarlo ha sido trufar la ciudad de manifestaciones, de protestas y de disturbios y algaradas incluso frente al Complejo de Montjuic, donde se celebraba el evento, con quema de contenedores, destrozo de escaparates, agresiones a fuerzas de seguridad, palos a diestro y siniestro y todo hecho una porquería, que es lo moderno y lo que mola y alucina, vecina.
Qué más da que algunos de los asistentes al Congreso hayan manifestado que todos estos vergonzosos espectáculos les han producido una sensación de inseguridad, qué nos importa lo que puede ocurrir si los organizadores de la cita deciden llevárselo el año que viene a Brasilia, a Londres, a Nueva Delhi o a Nueva York.
Seguramente, esa manada de ‘intelectuales’ que ha protagonizado los incidentes se prestarán gustosos, en caso de que esto suceda, a encontrar los ingresos que sustituirán esos 300 kilos del ala que se marcharán tan rápido como se fue el primer atisbo de lucidez en sus cabezas.
Porque supongo que, de lo contrario, los miles, los millones de personas damnificadas por esas pérdidas económicas irán a sus casas a quemarles el puto contenedor que tienen ante la fachada. Porque esa es otra: pocas veces estos amantes de la libertad se manifiestan frente a sus hogares. Ellos son más de ‘ir a cagar a casa de otra gente’, como diría el genial Serrat.
… y muchas hostias para la policía”. Los que empezamos a ‘peinar’ algunos añitos hemos visto escrita esa frase alguna vez en los muros de nuestras ciudades. A ella me han recordado algunas de las imágenes que he podido ver en estos días sobre eso que se ha venido y se sigue desarrollando en Valencia y que algunos llaman protestas.
Vaya por delante que, de todo lo que he visto, oído y leído, lo que más burro me pone, lo que me solivianta al tiempo que me apena sobremanera es comprobar cómo, una vez más, España se divide matemática y ordenadamente entre los que defienden a unos y los que justifican a otros, entre los partidarios de la policía y los afines a los manifestantes; y peor aún, comprobar que todos los que están en uno y otro bando son los que yo hubiera ubicado en esos mismos lugares media hora antes de que comenzara el episodio. Es, una vez más, la prueba fehaciente de un país podrido, de una sociedad acrítica y sin capacidad de reflexión, sin potestad para decidir individual y libremente sobre nada, adoctrinada por las ideologías y pastoreada a su antojo por líderes de opinión y medios de comunicación.
Me duele ello más que los palos que hayan podido recibir unos y otros. Mi espalda está incólume, pero mi conciencia sangra cada vez que presencio este espectáculo de falta de conciencia individual, adornada con constantes llamadas a la libertad y a un Estado de derecho del que disfrutamos, pero que no aprovechamos en el ámbito de lo individual.
En estos días, he visto periódicos y televisiones manipulando imágenes y datos, redes sociales trufadas de fotografías que incluso no se correspondían a este conflicto y en las que se tergiversaban y se falseaban los datos reales de los protagonistas. A estas alturas no me sorprende; y no me sorprende tampoco el hecho de que, en mitad de eso que llaman la sociedad de la información, tras días de conflicto, uno no tenga ni puta idea de lo que ha pasado allí en realidad, ni de la identidad de los protagonistas ni de la veracidad de los datos que se han vertido. Siento que todo es mentira, porque cada cual me lo ha intentado contar a su manera.
Sólo tengo claras dos cosas. La primera es que estoy con el figura que el otro día puso en una pancarta que “el enemigo paga tu sueldo”; es decir, que entre las obligaciones de la policía está evitar en todo lo posible los altercados y evitar también el uso de la violencia contra los ciudadanos. Una carga policial es siempre un fracaso intolerable de la policía y del sistema, algo a eludir. Y la segunda es que es vergonzoso que chavales menores de edad corten el tráfico en una manifestación en lugar de estas en el cole o estudiando en casa, que es lo que deberían hacer si es que tienen la más mínima intención de convertirse en personas de provecho; y aún más vergonzoso aún escuchar que para esa manifestación tenían el permiso de sus padres y profesores.
Pero insisto, lo más lamentable, lo más indignante, lo único que me violenta de verdad, es ver el uso perverso y la manipulación intolerable que de todo ello se ha hecho por uno y otro bando, unos ‘disfrazando’ de alumnos inocentes a tipos hechos y derechos alguno con canas en la cabeza; y otros colocando fotografías donde los policías se veían agredidos, pero en otro lugar y otro tiempo que no es la actualidad en Valencia. Eso es lo que algunos llaman libertad de expresión y periodismo; para mí, no más que las vísceras y el estercolero de una sociedad inmadura y que aún no ha aprendido a pensar por sí misma, que piensa con andaderas.
Nada me disgustaría más que alguien pudiera empezar la semana con una indigestión de tostadas, café con leche o zumo de naranja; pero me veo obligado a escribir estas líneas, suyo afectísimo, después de la retahíla de imbecilidades cósmicas, tópicos, mentiras, verdades a medias o a tercios, demagogias baratas y baratísimas y lugares comunes del siglo XIX teletransportados a éste, al XXI, que he escuchado esta semana siempre en defensa de lo que a cada uno le dicta ese régimen represor que son las ideologías y todo ello a propósito de la reforma laboral.
He escuchado a tipos, a los que supongo no se les habrá caído la cara de vergüenza, decir que la reforma laboral supone el fin de los derechos de los trabajadores, que termina con el estado del bienestar, que está hecha al dictado de los empresarios y que, además, no va a suponer la creación de empleo. Y la verdad, amigos, es que no sé por dónde empezar. Es más, les juro por el collar de pulgas de Snoopy que estoy tentado de arrojar la toalla y que opine su tía. Pero respiro y sigo.
Sabrán estos señores, algunos de ellos sindicalistas, esas termitas que se han metido en la médula ósea de nuestro sistema productivo paralizándolo para poder sobrevivir como carcomas que se alimentan de los problemas ajenos, que hoy por hoy vivimos en un país en el que un trabajador es, ante un tribunal, un testimonio cierto si el empresario no demuestra lo contrario; que puede inventarse, un buen día, que su empleador le ha agredido y como éste no tenga alguna prueba para demostrar lo contrario, será condenado por cualquier juez que se precie.
Hablamos de derechos del trabajador como si ésos fueran los únicos legítimos, ignorando acaso que en este país, si un empresario invierte tiempo y dinero en la formación de un trabajador, además de paciencia en que éste se adapte al ritmo de trabajo de la empresa, y cuando ya está todo listo el trabajador decide marcharse, el empresario se queda con una mano delante y otra detrás y, posiblemente, con proyectos en marcha y la necesidad de buscar urgentemente un sustituto. En cambio, si es el empresario el que decide despedir al trabajador, aun si fuera con causa justificada como por ejemplo la falta de rendimiento del trabajador o la ausencia de carga de trabajo suficiente para mantenerlo, el empleador tiene que rascarse el bolsillo.
A los buenos sindicalistas, esos abnegados trabajadores que luchan porque en su empresa o administración los liberen para no tener que dar palo al agua mientras dure tal condición, ¿les parece justa esa diferencia de trato? ¿Creen que tratan la ley y el sistema por igual a empresario y trabajador? ¿Quién es el perjudicado, el perseguido, el bajo sospecha en este país?
Acaso llevemos ya muchos años, décadas, de comportamientos políticamente correctos, de póngame a los pies de su señora, y empieza a estar uno, empezamos a estar los empresarios, un poco hartos. Porque resulta que el que se juega el dinero en esta feria, el que queda en la ruina si una empresa va mal, es el empresario.
Y efectivamente, si los señores sindicalistas y su rebaño pudieran dejar de hacer el crucigrama o salir del Facebook un segundo, comprenderían que sí, que el reducir los costes por despido es una medida que creará empleo, porque el despido es un coste empresarial más en una contratación, que el empresario ha de calcular desde el principio. Y si a los empresarios, a esos emprendedores a los que tanta coba se les da por otro lado, se les reducen los costes de contratación, lógicamente lo que se hace es darles alas para que contraten más; ahora ya sin miedo a arruinarse si un día se ven en la obligación de despedir a un trabajador.
Puede que sea aquello de que los árboles no nos dejan ver el bosque, pero me da la impresión de que para darnos cuenta del germen de nuestros males necesitamos alejarnos un poco del batiburrillo en el que España lleva metida décadas, acaso siglos.
En Berlín, ciudad que funciona al margen de la velocidad de crucero Europea, en parte porque allí cada uno se dedica a buscar los recursos necesarios para ser feliz e intentar hacer felices a los de alrededor, al margen de los cotilleos y las comparaciones con el vecino, me decía el otro día un alemán, afincado en España, que una de las diferencias entre su país y el nuestro es que ellos, aún teniendo una historia todavía más vergonzosa y negra que la nuestra, ellos pueden decir Alemania con todas las letras y sin ponerse colorados.
En España, tan llena de aficionados a mezclar las churras con las merinas, nos seguimos debatiendo entre derechos, deberes e historias hechas a medida del consumidor, mientras nos pasan por la derecha y por la izquierda todos aquellos a los que antes mirábamos por encima del hombro.
Como decía, he estado en Berlín cinco días. Sí, en Fruit Logística, la mayor feria de comercio agroalimentario de Europa (acaso del mundo), donde muestran sus frutas y verduras los alemanes, holandeses, estadounidenses, brasileños, egipcios, colombianos, australianos, bielorrusos, marroquíes, argentinos, turcos y también los catalanes, andaluces, murcianos y extremeños.
Para quien no me conozca, al menos en profundidad, y para evitar imaginativas suposiciones que luego haya de desmontar, les diré que soy un firme convencido de que en España coexisten desde hace siglos varias naciones, conformando el mismo estado; y que es obligación cultural, moral y política de los gobernantes mantener las señas de identidad de todas ellas.
Dicho esto, o sea, dejando atrás las churras y yendo ahora a las merinas, el tira y afloja entre esos dos conceptos tan obsoletos que son la izquierda y la derecha nos ha llevado a vivir en un país, un estado (con varias naciones dentro, se quiera o no) en el que hay lumbreras que se han creído que la marca España es suya porque tienen una orientación política concreta y otros no menos lúcidos que se avergüenzan de ella porque piensan que es una propiedad de sus rivales.
Aunque no lo parezca, les estoy hablando de negocios. Y en los negocios, resulta que tenemos una marca conocida prácticamente en el mundo y, como país, una cantidad de recursos que nos deberían conducir a ser, sin duda y por nuestras condiciones, la gran huerta de Europa para siempre.
Sin embargo, acudimos al punto de encuentro de este negocio con nuestro potencial diluido en pequeños reinos de Taifas, en los que los pequeños monarcas se muestran muy ufanos de sus conquistas, inconscientes de lo que le pasó a los reinos de Taifas en la reconquista del siglo XV. Nos vamos a Berlín sin que se pueda leer en ningún stand la palabra España, sustituida por marcas de un potencial tan espectacular como Murcia, Andalucía o Extremadura. Y con nuestros pequeños reinos distribuidos en la inmensidad de los grandes pabellones de nuestros más solventes competidores.
Digo yo, si no es mucho pedir, cuando hablemos de negocios, ¿no les importaría a los señores políticos dejarse la política en casa?
Y luego llega un alemán y me dice: ¿es que tenéis algún problema porque se sepa que sois españoles? Y la verdad, no sé qué contestarle.
“¿Ahora quién restituye la imagen de este señor?” La frase la ha pronunciado mucha gente en estas semanas; y la escribí yo, en este mismo espacio, no hace demasiado tiempo, a propósito del linchamiento mediático al padre de los niños desaparecidos en Córdoba; un señor, por cierto, del que seguimos sin tener pruebas de que haya cometido algún delito.
Ahora, estas palabas vuelven a primer plano de la actualidad a causa de la sentencia de Francisco Camps. Juez y jurado consideran que no está probado que el individuo en cuestión recibiera unos trajes y, ni mucho menos, que en todo caso ello fuera como pago a unos servicios prestados desde su puesto institucional, fuera de sus atribuciones legales.
El caso es que, en ese tránsito hacia la decisión del jurado, Camps dejó de ser presidente de la Generalitat valenciana, abandonó a un lado su actividad política y cambió su vida de una manera radical. El motivo, según han dicho los tribunales, no fue que hubiera cometido errores de gestión, ni tan siquiera que hubiera metido el ‘cazo’ donde no debía. El motivo fue, única y exclusivamente, si hacemos caso a la justicia, una vez más, el ensañamiento de los medios, o de una parte de ellos, para conseguir un fin político.
Tenemos la puñetera manía, en este santo país que conocemos como España, de permitir que todo hijo de vecino se líe la manta a la cabeza y despotrique, acuse sin pruebas, ataque, insulte o descalifique a quien primero se le ocurra. Y todo eso, al parecer, sale gratis. Sale especialmente gratis cuando se trata de nosotros, los periodistas, que no sé por qué nos hemos convencido de que tenemos carta blanca para contar lo primero que se nos ocurre sin dar tres cuartos al pregonero.
En otros países, las causas judiciales están protegidas de los medios de comunicación y los periodistas no pueden informar de ellas hasta que no se ha terminado el juicio. La medida, que algún ‘premio nobel’ considerará censura, no hace sino velar por la inocencia de quien aún no se ha demostrado culpable, lo cual es uno de los pilares de un sistema democrático de derecho y de derechos; pero también por la veracidad informativa.
He escuchado a más de un descerebrado, esta semana, decir que la sentencia no prueba la inocencia de Camps, sino sólo que no es culpable; y que debería ser Camps quien demostrase su inocencia. El estúpido en cuestión debe ignorar que nuestra Constitución, que todavía sobrevive a tanto desalmado y tanto energúmeno, protege la inocencia de los ciudadanos (españoles o no) hasta que no se demuestra lo contrario.
Y mientras, los medios y, seguro, alguno o muchos compañeros, dirán que estoy atacando la libertad de expresión y el derecho de la información. Sin embargo, amigos, quiero recordar únicamente que el sujeto del derecho de la información no es el periodista, como muchos creen, sino el ciudadano. Y que la información que no es veraz, que no está contrastada o que se adelanta sin las pruebas suficientes, no es información sino intoxicación.
No tengo ninguna simpatía por el señor Camps, al que ni tengo el gusto de conocer ni he seguido de cerca en su gestión política. Pero una vez más, la sentencia del jurado se me ha clavado en mi alma de periodista como un aguijón envenenado, que muestra de nuevo la falta de rigor que gasta muchas veces mi profesión, a la que amo y por la que me entrego día a día. Me uno a todas las peticiones de respeto a nuestros derechos, pero creo que deberíamos empezar cumpliendo nuestras obligaciones.