Seguramente no tendrán nada que ver, pero esta semana se han juntado en mi libreta de temas reservados para este espacio que tan gentilmente usted y mi familia más cercana leen cada lunes, dos personas que se parecen más o menos como un huevo y una castaña.El primero es Juan Roig, el dueño de Mercadona, un tipo que lleva toda la vida currando a saco para crear un imperio que da trabajo cada día a cientos de miles de seres humanos, en un país en el que el paro se ha convertido en la lacra más humillante y cancerígena para un sistema en el que están afectados ya cinco millones de personas. Según he podido saber, en Mercadona no hay contratos temporales; todos son fijos. Y a pesar de todo ello, el tipo en cuestión, el tal Roig, tiene imagen de ser un empresario explotador, de los que se calzan a los curritos doblados y luego se fuman un puro mojado en brandy de Xerez, mientras apoyan sus Martinelli sobre la mesa de caoba de su despacho, en la planta 45 de Wall Street.
Al tipo se le ha venido encima la perrofláutica española (hay a quien le ofende mucho el término ‘perroflauta’; pero les aseguro que yo lo utilizo con todos los respetos e incluso con admiración a quienes aman a los animales más racionales: los de cuatro patas) porque ha dicho que la solución a nuestros males puede estar en tomar ejemplo de la productividad de los chinos que trabajan en España. Desde ese momento, no se puede usted imaginar la cantidad de soplapolleces que he tenido que escuchar, empezando por quienes han dicho que los chinos trabajan quince horas al día, no tienen contratos, cobran menos de 500 euros y no tienen días libres. A uno, que es un amante de la libertad de expresión sobre todas las cosas, entre otras porque vivo de eso, siempre le ha parecido que todo el peso de la ley debería caer sobre los simplones que se dedican todo el día a lanzar acusaciones generalistas, gratuitas, infundadas y sin pruebas sobre lo primero que les viene a la cabeza.
Si alguien tiene pruebas de ese tipo de maltrato laboral, le agradecería que fuera al juzgado. Y mientras, no estaría mal aprender de una gente que hace tiempo se dieron cuenta de que para que una economía salga adelante, es necesario trabajar con mucha más productividad de lo que hacemos, por regla general, en España (con sus lógicas y honrosas excepciones, algunas de ellas muy cercanas y absolutamente meritorias; vayamos a leches).
El otro protagonista de mi semana ha sido ‘el rubio del Paseo’. Tampoco nadie ha de tomar esta descripción como algo peyorativo: se trata de un chico rubio y con barba cuyo nombre ignoro (si no fuera así, lo nombraría) que el otro día me asaltó en el Paseo para intentar venderme un periódico ‘contra la reforma laboral’. Lo primero que hice fue decirle que estoy absolutamente a favor de esa reforma, porque soy autónomo desde hace quince años y en ese tiempo nadie se ha acordado de nosotros hasta ahora. En ese tiempo, he visto cómo se daba por justa la injusticia de que si un trabajador incumple su contrato y se marcha de una empresa antes de que éste haya concluido, lo puede hacer sin traba alguna; mientras que si es el empleador el que lo incumple a través de un despido, ha de indemnizar. En ese tiempo, he visto cómo los autónomos no teníamos derecho a paro, a vacaciones pagadas, a ponernos malos de vez en cuando o a librar algún domingo que otro.
Cuando intenté explicar todo esto al ‘rubio del Paseo’, su respuesta final fue que se acababa la conversación porque no le interesaba lo que le decía. Creo que ahí está la clave: empieza a haber demasiada gente (una aplastante minoría, por suerte) que cuando se entabla debate de argumentos, recuerdan que se les olvidó recoger los pantalones de la tintorería.
Mire usted, querido amigo: la reforma laboral no soluciona los desequilibrios de una legislación que sigue obligando al empleador a demostrar que es inocente, mientras cree en la inocencia del empleado por encima de todo; pero creo que la atempera un poco. Y como los autónomos y pequeños empresarios también somos muchos, no estaría mal que los convocantes de la huelga pensaran un poco en nosotros, que tenemos nuestros derechos y nuestro corazoncito. Por todo eso, el día 29 yo trabajo. Y espero que al igual que yo respetaré a quienes no lo hagan, también yo sea respetado en mi decisión. Por el bien de todos.
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