domingo, 18 de marzo de 2012

Lumbreras y lumbreros

No es la primera vez que escribo acerca de esto y seguramente no será la última; qué quiere usted que le diga, no soy tan optimista como pensaba, ni lo suficiente como para creer que de repente nos va a iluminar un santón que baje del cielo y nos va a quitar las imbecilidades congénitas con que Dios nos adornó.
Luego vendrá mi amigo Luis a decirme que me repito en los temas, pero Luisico, hijo de mi vida, es que conforme el tiempo pasa, son más grandes los esfuerzos que tengo que hacer al levantarme para no darle la razón a Carlos Herrera, cuando dice que en España no cabe un tonto más; y a otro amigo mío que asegura que hay más tontos que botellines.
El otro día, sin ir más lejos, escuché a una paisana decir por la radio que “los españoles y españolas no somos consumidores y consumidoras sino ciudadanos y ciudadanas”. Mi primera reacción fue cambiar de dial, porque no está uno para darle de comer a quienes se pasan el día haciendo el gilipichis en lugar de ponerse el mono de trabajo y aportar un poco para salir del agujero, con la que está cayendo.
Pero mire usted por dónde, mi querido y admirado lector, que ese día andaba yo con la ‘philosophia’ subida (del griego y del latín ‘amor por la sabiduría’) y me dio por pensar si realmente hay alguien en este mundo con los santos ‘güevos’ de hablar así lejos de un micrófono, cuando no le están escuchando sus compañeros y compañeras ansiosos y ansiosas por aplaudir sus meteduras lingüísticas de pata y sus orines y deposiciones sobre las tapas del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
Me imagino a la paya en cuestión dándole el desayuno a su prole y diciéndoles aquello de “hijos míos e hijas mías, haced el favor de comeros la pechuga de pavo o de pava entera, no sea que os quedéis pequeños y pequeñas y no os convirtáis en hombres y mujeres de provecho”.
Supongo que la ‘tipa’ (ay Dios) llegará luego al curro (que no curra, que es otra cosa) y le dirá a su jefe que “los memorandos acerca de la actividad profesional de los españoles y españolas están encima de su mesa, señor Pedórrez, después de que los compañeros y compañeras del equipo hayan estado haciendo un ímprobo trabajo, privándose del placer y del derecho de compartir las horas reglamentarias con sus hijos e hijas y con sus maridos y mujeres, vecinos y vecinas, primos y primas y con la madre y el padre que los parió a cada uno y una respectivamente”.
Lo que me cuesta un poco más es imaginar a esta amiga es en el momento del acto más íntimo con su pareja, porque habría que echarle un par de cojones para, en el punto del máximo clímax del placer, exclamar aquello de “ay Paco, hazme un hijo o una hija, por tu padre y por tu madre”. La verdad es que no extrañaría que al tal Paco, ‘en escuchándolo’, se le quedara la cosa como un guiñapo; o como una guiñapa.

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