Somos especialistas en este país que llamamos España. Nos gusta aquello de escupir hacia arriba y luego que salga el sol por Antequera. Somos felices sacándonosla y orinando al aire libre en contra de la dirección del viento. ¡Qué le vamos a hacer!Le confieso que no encuentro las razones de esta ausencia casi absoluta de espíritu práctico en este país, que ya dibujó a la perfección el anticipado a su tiempo Miguel de Cervantes y que, con él, quedó definido como país de Quijotes.
Esta semana, una de nuestras ciudades más mundialmente conocidas, Barcelona, volvía a acoger una vez más el Congreso Mundial de Telefonía Móvil (Mobile World Congress), un evento que ha reventado los hoteles, ese sector que se desangra por la continua pérdida de pernoctaciones turísticas, que ha dinamizado el consumo como nunca antes se había vivido en el corto plazo de una semana, que ha traído a la Ciudad Condal a miles de visitantes que han cogido taxis, han consumido botellines de agua y de cerveza, han comido y cenado en sus restaurantes, han pernoctado en hoteles, hostales, pensiones y hasta en algunas casas particulares al estar completas todas las plazas hoteleras, que han comprado souvenirs y artículos de coña (como se diría en la mítica ‘Top Secret’), que han alquilado vehículos y que disfrutado de la noche en toda su amplia extensión.
Cualquier ciudad del mundo, cualquier país del mundo mataría por ser el escenario de eventos con este calado económico, que ha dejado en Barcelona la nada despreciable cantidad de 300 millones de euros de beneficios, no sólo en los hoteles de cinco estrellas, sino también en restaurantes, tiendas y todo tipo de servicios; no sólo de manera directa por parte de los turistas, sino también indirecta, puesto que todos aquellos que ven incrementados los beneficios de sus negocios en esos días, se ven con dinerillo en el bolsillo para gastar un poco más en esta época en la que las vacas parecen casi transparentes.
Cualquier país, menos uno de los que han visto venir la crisis con una pinta más fiera. En este país de Quijotes; en España, lo que hacemos, lo que hemos hecho para celebrarlo ha sido trufar la ciudad de manifestaciones, de protestas y de disturbios y algaradas incluso frente al Complejo de Montjuic, donde se celebraba el evento, con quema de contenedores, destrozo de escaparates, agresiones a fuerzas de seguridad, palos a diestro y siniestro y todo hecho una porquería, que es lo moderno y lo que mola y alucina, vecina.
Qué más da que algunos de los asistentes al Congreso hayan manifestado que todos estos vergonzosos espectáculos les han producido una sensación de inseguridad, qué nos importa lo que puede ocurrir si los organizadores de la cita deciden llevárselo el año que viene a Brasilia, a Londres, a Nueva Delhi o a Nueva York.
Seguramente, esa manada de ‘intelectuales’ que ha protagonizado los incidentes se prestarán gustosos, en caso de que esto suceda, a encontrar los ingresos que sustituirán esos 300 kilos del ala que se marcharán tan rápido como se fue el primer atisbo de lucidez en sus cabezas.
Porque supongo que, de lo contrario, los miles, los millones de personas damnificadas por esas pérdidas económicas irán a sus casas a quemarles el puto contenedor que tienen ante la fachada. Porque esa es otra: pocas veces estos amantes de la libertad se manifiestan frente a sus hogares. Ellos son más de ‘ir a cagar a casa de otra gente’, como diría el genial Serrat.
Totalmente de acuerdo....
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