En esa lucha entre el joven rebelde que poco a poco va abandonando mi cuerpo y mi alma y la razón que tiene en parte la culpa de ese abandono, me he movido desde el primer día que los protestantes aparecieron en su primera plaza, que creo que fue la de la Puerta del Sol, si la senilidad prematura no me ha robado también la memoria.
Sin embargo, en mi batalla interior, las razones de los indignados han ido perdiendo fuerza hasta acabar doblando definitivamente la rodilla este sábado, a las puertas del Auditorio Maestro Padilla, en una ‘concentración móvil’ que abandonaba la Plaza de la Leche para apostarse en el lugar donde la ciudad de Almería iba a constituir su Ayuntamiento, democráticamente elegido.
Y, curiosamente, la razón fundamental que ha hecho perder en mí la batalla a los defensores de la ‘democracia ¿real?’ han sido sus propios eslóganes, sus propios cánticos mientras, dentro, se escenificaba la celebración de la democracia misma.
Escuché alguna que otra imaginativa estupidez, como lo de ‘no hay pan para tanto chorizo’; algún alarde de amor propio, como aquello de que ‘sin nosotros, no sois nada’; pero la prueba definitiva de que la mecha llegaba a su fin fue aquello de “¡No nos representan!”, algo tan obvio como si se hubieran dedicado a desgañitarse espetando “¡Hoy ha salido el sol por Levante!” o “¡Aquí hay rubios y morenos!”.
Más allá de que la concentración de protesta a las puertas del Auditorio, en representación de los que quieren un cambio de sistema, no iba más allá del medio centenar de personas humanas, generosidad en mano, creo que ha llegado la hora de explicarles a estos señores que precisamente la esencia de la democracia real reside en que quienes nos gobiernan no nos representan a todos, por supuesto no a ellos, sino tan ‘sólo’ a la mayoría. Claro que ellos hubieran querido otro sistema y otros representantes, pero parece más justo que las decisiones se tomen en función de lo que opinan los que más, y no de lo que piensan los que menos.
A lo largo de la historia, hemos conocido sistemas en los que el gobierno y la dirección de las cosas ha estado en manos de quienes han tenido más fuerza para imponerla, de quienes llevaban tal o cual apellido o de quienes tenían más capacidad para manejar el poder y atraer apoyos e intereses, independientemente de si eran o no mayoría. En este país, sin ir más lejos, casi no acabamos de salir de una dictadura en la que un tipo permaneció cuatro décadas en el poder por el simple hecho de que había ganado una guerra, sin mayor representatividad que la de los fusiles.
Ahora, en cambio, disfrutamos del que Winston Churchill definió como el menos malo de los sistemas. No dudo de que habrá otros mejores, pero en tanto en cuanto no nos presenten uno, rogaría a quienes ocupan el espacio público común que se retiren y que ayuden, desde dentro, construyendo y no destruyendo, a mejorar este sistema. Y, ya de paso, que utilicen su ingenio en esa labor, en lugar de en frases más o menos ocurrentes para el Twitter.
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