El primer recuerdo que guardo de Pepe Salamanca es de algún verano de mi niñez, en el Almanzora. Acababa de regresar del habitual paso estival por Ávila, querida tierra paterna, y tuve el tiempo justo de reengancharme a la Semana de Convivencia que él, con la colaboración de Ángel Alfonso, organizaban en el coqueto Club de Tenis Albox, como colofón formativo del Circuito Súper-Olé, en su primera etapa.Aunque de ello haya pasado ya más de un cuarto de siglo, allí conocí a un Pepe Salamanca ya mayor, pero inyectado de la vitalidad que, desde entonces, cada vez que escucho a alguien, dentro o fuera de mí, decir que está cansado, ejerce como bofetada de orgullo para seguir adelante con la misma energía que el pasado jueves, en el Auditorio Maestro Padilla y con la ayuda de una muleta y del alcalde de Almería, el eterno impulsor deportivo subió al Auditorio Maestro Padilla para recoger el homenaje del deporte de base almeriense, a la par que la noticia de que Almería tendrá una calle con su nombre.
Mi padre sembró en mí la semilla del tenis, que este torpe redactor no supo hacer germinar en condiciones ni con los años ni con el esfuerzo. Antes de conocer a Pepe, había llegado a mi vida su hijo, ortodoxia andante de la docencia tenística en la entonces floreciente Comunidad El Oasis de Retamar. Su forma de entender el traslado de conocimientos, la educación deportiva y el trato humano, supe después al conocer a su padre, que no habían calado en él por arte de magia.
Años más tarde, en el Club de Tenis Almería, el padre del tenis almeriense tuvo dura tarea con un joven más impulsivo que razonable, dentro y fuera de la pista. Y lo afrontó con la paciencia y la sabiduría que me ha demostrado desde que se cruzaron nuestros caminos.
Los años y el destino quisieron que, ya con la raqueta marchita, me volviera a encontrar con Pepe Salamanca en el ejercicio de la profesión que aún me mantiene en pie. Ahora era mi obligación intentar devolver al maestro su paciencia, su apoyo, su conocimiento y su pasión por las cosas, que en algo caló en mí, echando una mano al deporte con el que él había contribuido a educar a cientos o miles de almerienses.
En Albox y en Almería, en Vera y en El Ejido, en Huércal Overa y en la Michelín (hoy CN Almería), en el Indalo y en Mojácar, en Roquetas, en Adra, en Guadix, en Lorca, allí donde mi visión se ha topado con una pista de tenis, siempre he visto a un señor, a un caballero del deporte que mezclaba la pasión de quien se deja la vida en cada proyecto con la razón que siempre indica que sólo un paso tras el otro acaban arribando al destino.
De su fuerza, de su fe, de su confianza en que el trabajo y el esfuerzo lo pueden todo, lo mismo que me enseñaron mis padres desde el principio, me he apropiado algo para mi filosofía de vida. Hoy, cuando los apoyos son ya una necesidad para seguir andando todos los caminos, subiendo todas las montañas y nadando todos los mares, Pepe Salamanca sigue siendo un faro para el deporte de Almería y para un servidor. Sólo espero que esa calle que el Ayuntamiento de Almería le ha comprometido, tenga algún lugar en el que poder sentarnos, a la luz de un par de cafés, para brindar con palabras por sus enseñanzas y mis esfuerzos.
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