Mientras las agencias de calificación nos muestran el camino del infierno, los analistas internacionales se ponen ciegos de tila a ver si aguantan el tirón y los gobiernos buscan soluciones como un niño busca el premio en una piñata, sigo observando casi alarmado comportamientos que parecen olvidar que una de las necesidades más perentorias que tenemos es que se mueva el puñetero dinero.
Leí hace unos días en Facebook (por cierto, hay quien se define Facebook como una especie de enemigo de la privacidad: ¿alguien se ha sentido obligado a hacer público en esa red social algo que no quisiera que se supiera públicamente?) a alguien que se quejaba de la Feria y que ironizaba sobre la crisis y la conveniencia de gastar dinero en actividades lúdico-festivas de esta índole.
Ignorará, el sujeto en cuestión, probablemente, que más de un establecimiento almeriense va a medio arreglar su año económico gracias a la alegría con la que los paisanos y visitantes nos llevaremos la mano al bolsillo en los próximos días.
También he escuchado críticas, a otro nivel, pero con menos base que el libro de ética de Mouriño, acerca de la visita del Papa. Se quejan algunos, laicos curiosamente, de que la llegada del Santo Padre suponga no sé qué gastos en la economía española y que el gobierno se haya empleado toda esa pasta en tal fin, en lugar de, no sé, por ejemplo, seguir regalando 400 pavos al mes a quienes se dedican a ver a Belén Esteban en la tele, desde el sillón de ski de sus casas.
No les voy a aburrir con cifras, bueno, en realidad no me las sé de memoria, pero todo ‘quisque’ sabe, ya a estas alturas, que millones de jóvenes llegados de diferentes países han estados en estos días en Madrid y alrededores, durmiendo en alojamientos de más o menos caché, comprando botellas de agua y de ron, gorras y camisetas y hasta toros y flamencas de ésas que se colocan en lo alto de la televisión, comiendo y bebiendo, saliendo de marcha (sin caer en el pecado, eso sí) y tomando el transporte público.
Son gente que han decidido venir a Madrid, a España, y que no lo han hecho ni por el sol, ni por la playa (ya saben, allí no hay playa) ni por las corridas de toros, la sangría o la paella. Lo han hecho porque el Papa ha decidido celebrar las Jornadas Mundiales de la Juventud en la capital de nuestro país, o de lo que queda de él.
No sé ya cómo decirlo, pero el fondo de la cuestión es que me gustaría que los gobiernos emplearan las neuronas que les quedan en promover eventos, negocios, movidas o temas que hagan que se mueva el puñetero dinero, guardándose en los bolsillos las restricciones absurdas y las cuestiones de conciencia.
Ayer mañana, el Papa Benedicto anunciaba que la próxima JMJ será en Río de Janeiro. Veremos si allí hay tanto meapilas que critica la inversión que el estado brasileño habrá de hacer para celebrar un evento que, con total seguridad, multiplicará por varios enteros esa cantidad inicial.
¡Hola Víctor!
ResponderEliminarHe llegado hasta tu blog a través de unos atinados comentarios que te he leído en facebook. ¡Enhorabuena por ellos y por este post!
Supongo que medio mundo (el más sensato) ya se ha dado cuenta de que las protestas laicas sobre la JMJ no son otra cosa que pura animadversión hacia el Papa, la Iglesia y los creyentes. Y que les trae sin cuidado quién aporta dinero y cuánto.
Enhorabuena por el blog. Te seguiré. Saludos cordiales.