domingo, 9 de octubre de 2011

Envidia

En un país, en un mundo en el que cualquiera que destaca por sus virtudes, por currárselo a saco y por brillar en unos u otros ámbitos de la vida enseguida es visto como un bicho raro, un individuo peligroso y alguien al que criticar y buscar las cosquillas para ver de dónde diablos sale tanto talento, capacidad, entrega o desinterés, yo me declaro un envidioso. Un envidioso nato y peligroso.
Suelo contar con relativa asiduidad aquel chiste de dos amigos que se encuentran cada año, uno de los cuales pregunta siempre al otro por un tercero, un tal Pepe; al que cada año le van mejor las cosas, hasta el punto de que va cambiando de vehículo, pasando progresivamente de un Seiscientos a un coche de media gama, después a otro de gama alta y finalmente a uno de ésos que sólo se pueden permitir aquellos que no saben cuánto cuesta un café. Ante este progresivo aumento del nivel de vida del tal Pepe, el amigo preguntón, que al principio se alegraba de corazón de sus pequeños avances y sus mínimas mejoras en materia de automoción, acaba preguntando a su amigo: ¿qué estará haciendo de malo el hijoputa de Pepe?
Lo cuento porque me refleja con precisión de cirujano la sociedad en la que vivo y porque me trae a la memoria el nombre y la geta de más de una docena de filósofos de barra de bar, que de todo entienden y a los que siempre les parece que ellos lo harían mucho mejor. Y más barato, si cabe.
Yo no me escondo. Prefiero no desprestigiar a nadie ni resaltar sus defectos aminorando sus virtudes. Lo digo claro: soy un envidioso. Un puto y compulsivo envidioso. Envidio a los genios, a los inteligentes, a los que son capaces de cambiar el mundo, a los que tienen huevos de pensar que ellos provocarán grandes mejoras y a los que se entregan cada día sin obtener nada a cambio. Le envidio a usted, amigo lector, porque tiene una paciencia de santo para estar leyendo las gilipolleces que escribo yo cada lunes. Si es que ya le digo, ¡esto de la envidia es una enfermedad!
Esta semana he enviado a Stive Jobbs y, en su respetuoso recuerdo, a Bill Gates, porque me hubiera gustado, cuando tenía 20 años menos, meterme en un garaje e inventar un sistema que pusiera en comunicación a millones de personas en todo el mundo, separadas por miles de kilómetros y sin censura alguna; o poner en marcha una compañía que utilizara el bocado que Adán y Eva le pegaron a la puñetera manzana, para llevar esa comunicación interplanetaria a sus máximas consecuencias, metiéndola además en nuestros bolsillos a través del móvil.
También he enviado, por otro lado y debido a esas casualidades de la vida, a los compositores de música clásica, porque me parece que hay que tener un ‘cráneo privilegiado’, como dejó dicho Valle Inclán en uno de sus esperpentos, para componerle una canción a 50 músicos diferentes, cada uno con su carácter, con su humor y con su instrumento, y que todo ello suene a lo mismo.
Y por qué no, por otra historia de ésas de cada día, he envidiado y mucho a todos aquellos que, en mitad de su modesta y anónima cotidianeidad, son capaces de pensar en algo que cambiará el mundo a mejor; y no sólo eso, sino que van y lo ponen en marcha, haciendo que esta pelota gire de una manera un poco más justa. ¡Si es que soy un enfermo!