domingo, 2 de octubre de 2011

Sabor a luna

A estas alturas, hasta el pasado viernes, debía yo de ser uno de los pocos almerienses con la cabeza sobre los hombros que todavía no había disfrutado del directo de ‘El Lunático’; con permiso de la buena música que cada día se hace más en nuestra tierra, el mejor de nuestros grupos hoy por hoy.
Ya los había conocido yo cuando aquel maremoto que provocaron los hermanos Cruz, Juan y ‘El Niño’, el ‘Caracoles’, Javi Maresca, Ezequiel y compañía, en el ascenso del Almería, que ellos dibujaron en un pentagrama con lo de ‘Ya estamos aquí’.
Avisaban con aquello, pero yo, obstinado mulo, no les hice caso. El viernes les descubrí, por fin, un hondo aroma almeriense. Sus canciones destilan Almería por los cuatro costados, en el ritmo, en las letras, en los sones, en la música, en el sabor, en el alma.
Pero, con el Apolo lleno de amigos, el dardo que más de lleno me dio fue el de su alegría, su disfrute, la sensación de estar viendo a unos amigos, a unos ‘jugones’ que, después de más de una década, siguen siendo aquellos que disfrutaban con lo que hacían, sonriendo a la vida y riéndose de la crisis en su puta cara, demostrándole al mundo que hay muchas, muchísimas razones para pasárselo bien y, precisamente por eso, haciendo que todo el que se pone enfrente se olvide de todo y, simplemente, goce.
‘Llovía a mares’ en sus letras, pero ellos miraban hacia arriba sonriendo mientras les caían los goterones en la geta, recordando cómo en Las Negras sacaban letras y músicas sobre su ‘playa’ y sobre ‘La Luisa’ y su patio. Y susurraban gritando, con gracia almeriense (que no es como la de Cádiz ni como la de Sevilla, sino más nuestra que nada y propia, sin imitaciones), que te quiero no son dos palabras.
Se reconocen ‘balas perdías’, pero ‘perdías’ en Almería, en la playa y en la Plaza Pavía, mientras hablan de amor, de futuro, de sexo, de amistad y de la vida misma, con un ‘gustirrinín que pa qué’ cuando en su tierra nos acordamos de ellos.
‘Se diga como se diga’, ellos se dicen lunáticos, quizás porque saben que el secreto de este invento que llamamos vida está en las ‘cosicas’ simples y pequeñas, que siempre están ahí si nos acordamos de ellas, como la luna, la tierra o la amistad; o quizás porque están locos por vivir, por disfrutar, por pegarle mágicos y benditos golpes a sus guitarras mientras chillan y ríen, ‘locos perdíos’, como si ése fuera su último concierto, su último día.
Aprendí de ellos, el viernes, en la final de un concurso de rock, RockinLei, en el que actuaban como invitados y con el que el Ayuntamiento quiere que sigan apareciendo muchos lunáticos en nuestros escenarios. Aprendí que su música está a la altura de la que más me hace parar, reír, bailar o pensar. Y aprendí, que creía yo que lo tenía aprendido, que la única manera de ser feliz es creyendo y disfrutando con lo que uno hace. Y estos tíos, estos locos de la luna, se ve que disfrutan. Se palpa, se huele, se percibe. Ahora yo sí que no os ‘miro con los mismos ojos’.

1 comentario:

  1. También es posible que no nos mires con los mismos ojos, después de esto

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