Sinceramente, de las muchas ocasiones en las que he imaginado el momento en el que, por propia o por ajena voluntad, se anunciase que ETA deja de matar, la sensación iba a ser mucho más rotunda e inequívocamente placentera. Y ojo, no es que no lo sea, por supuesto; pero, qué quiere usted que le diga, todo esto que ha ocurrido en las últimas dos semanas y que ha rodeado al anuncio del ‘fin de la actividad’, sin restar ni un ápice a la importancia histórica, social y política de la noticia, económica si me apura, me viene acompañada por un halo de sospechas, interrogantes y preguntas, de momento, sin respuesta.Puede que todo sean imaginaciones mías, que yo sea presa de un pesimismo derivado de los anteriores y vanos anuncios de la banda terrorista o, simplemente, que el ambiente político que rodea a todo el proceso me haya llevado a un exagerado estado de descreimiento. Pero el caso es que, para un leñazo informativo (bombazo informativo, en este caso, no me parecía adecuado) como ‘el fin de ETA’, me falta ‘chicha’, no termino de verlo.
Llámeme usted exagerado, pero elementos como eso de ‘el fin de la actividad armada’ en lugar de ‘fin de ETA’, el hecho de que todo esto no vaya acompañado con la entrega de las armas (si se ha acabo la actividad armada, ¿para qué demonios las quieren?), la enésima coincidencia de uno de esos anuncios con un proceso electoral y el movimiento que, en paralelo a todo ello, observo en las fuerzas políticas de uno y otro lado, hacen que me ‘pique la nariz’, vamos, que ande yo más mosqueado en todo esto que un pavo en enero, que si no se lo han comido en Navidad es porque tiene una enfermedad terminal.
Sin embargo, a pesar de tanta sospecha, de tanto tufillo a oportunismo y a intereses entrecruzados, a tanto aspecto artificial y de plástico, el fin de ETA, de la actividad armada, de la barbarie, de la miseria, de la absurdez, del miedo, de la coacción, de la falta de libertad o de la madre que los parió a todos es tan importante que todo lo demás, impregnado como está de sospechas y ‘cosicas’ raras, se me antoja como la gran oportunidad que este país no debe dejar pasar.
Y es más, optimista como soy, a veces hasta el absurdo, estoy convencido de que ni las veleidades de unos, ni los intereses políticos de otros, ni las utopías independentistas de aquellos, ni las manipulaciones de éstos, ni siquiera la presencia de unas elecciones a la vuelta de la esquina van a hacer que España deje pasar el tren que lleva esperando casi medio siglo y que las bombas, las pistolas y las mentes obtusas habían impedido llegar a la estación.
En resumen, que me importa tres pitos si hay que negociar con ellos o con los otros, si quieren que se acerquen los presos o que se les dé clases particulares de pintura, si al fondo está la autodeterminación del País Vasco o la independencia del cantón de Cartagena: de lo que no tengo duda es de que una vida, una sola vida vale mucho más que todo eso. A ver si es verdad que nos hemos enterado de eso y lo llevamos ala práctica. Que ya está bien.
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