Posiblemente no seamos en esto, los periodistas, diferentes al resto de profesionales. O quizás sí. El caso es que nuestra principal tentación es creernos en posesión de la verdad a poco que nos vemos mínimamente distinguidos sobre el común de los mortales. Es lo que hace años llamé ‘la erótica del micrófono’, que consiste en que cualquier ser humano normal y corriente, ubicado enfrente de un micro (dígase página de periódico por escribir o cámara de TV) tiende a pensarse poco menos que capitán general. Es en esto que la precariedad laboral periodística, con ser una tragedia, tiene también su parte de bálsamo para librarnos de ese estúpido divismo en el que caemos no con poca frecuencia.Ensoñaciones al margen, empiezo a pensar que ese creernos en posesión de la verdad por el mero hecho de tener a nuestros pies los canales que sirven para contarla conlleva también otro riesgo: el de la relajación, aquel viejo (todo esto de lo que hablo no es nuevo; es tan antiguo como la propia profesión) aserto de ‘no dejes que la realidad te estropee una buena noticia’.
Esta semana, mi profesión me ha revuelto las tripas. De Córdoba nos llegaban, de mala mañana, las noticias de que dos niños habían desaparecido en un parque, mientras su padre, en trámites de separación, estaba a su cargo.
El ‘telecinquismo’ que se ha apoderado de la prensa y de este país en general hacía que la noticia, dada así, casi asépticamente (todo lo asépticamente que un ser humano puede dar una noticia, que es poco), olía a ese azufre informativo que todo lo puede, a ese ‘titulismo’ que se mete en las entrañas del informador hasta sacarle los hígados. La noticia rezumaba el perfume del escándalo, pero el frasco estaba aún cerrado.
Sin embargo, no tardaron en saltar a la palestra los más intrépidos, los avispados de la información, los campeones del titular y de la bomba informativa. Las insinuaciones pasaron a los hechos y el término ‘presunto’, posiblemente el que más daño ha hecho a la profesión periodística, saltó a la palestra campante y rampante. El padre de los chiquillos iniciaba su inevitable carrera ante los medios, empezaba a ser condenado por la cárcel de papel.
No tengo ni idea de si este señor tiene o no algo que ver con la desaparición de sus hijos. Si así fuera, faltarían calificativos para condenar a un tipejo de esa calaña. Pero el problema es que la prensa, siempre la prensa, nosotros, ya hemos empezado a servirle su cabeza en bandeja de plata a la opinión pública.
Ahora pueden pasar dos cosas. Si el buen señor no lo es tanto y ha cometido lo que nadie debería ni pensar, los sprinters de la información se colgarán las medallas en un pecho que ya no puede con más; pero si no, el calvario por la desaparición de unos hijos, lo más grande sin duda para un ser humano, se habrá visto agravado por las acusaciones sin fundamento de una pandilla de terroristas de la información, tipejos viles que cada día se amoratan el pecho a golpes en defensa de la libertad de expresión y de los derechos del periodista, mientras erosionan el nombre de una profesión que jamás se repondrá de los daños que le causan, los que actúan y los que callamos.