martes, 10 de abril de 2012

Para comérsela

Es una temeridad, pero merece la pena. Son las diez de la noche y me asomo por una de las ventanas que la montaña abre para ver el mosaico de luces de nuestra Almería, en plena Semana Santa. Es uno de los panoramas que, temeridad y legalidad al margen, un almeriense digno no debe perderse. Con el coche parado en el andén de la autovía y el reflectante calado hasta el corvejón, recorro sus calles volando entre las luces que las iluminan ya al caer de la noche.
Está para comérsela, Almería, todo el año, pero sobre todo en Primavera, en Semana Santa. La fiesta de la Pascua cristiana es una magnífica excusa para recorrerla, libre de prisas, de tensiones y estrés, enganchado detrás de un paso, se crea lo que se crea acerca de lo que pasará cuando se cierren los ojos para siempre o acerca de lo que les pasó a aquellos hace un par de milenios.
Bajando por la entrada de Pescadería, desde la Autovía, Almería es un cuadro de Visconti, con las luces de la Alcazaba reflejadas en las aguas del Puerto Pesquero, ayudadas por un puente de plata y oro tendido sobre la torre de San Juan.
Está Almería para andarla, para olerla, para estudiarla, para meterla en el bolsillo. Subiendo por la Calle de la Reina hasta las faldas de la Alcazaba, para mirar a la cara a esas casillas blancas y ocres que son alfombra hasta el mar; para perderse por la Almedina buscando historias legendarias de moros enamorados del imposible y de cristianos soñando en tiempos mejores.
Por las calles del recuerdo y de la historia, por Jovellanos y Mariana, por la Estrella, Almanzor o la Plaza de San Antón, por Arquímedes y Corbeta, por Duende, Arráez y Juez para oler a incienso como hemos olido; y por la Plaza del Cristo de Medinaceli y la de Bendicho, por Jovellanos, Arráez, Valente, Pedro Jover, General Luque o Cervantes y las plazas de la Administración Vieja y la de la Catedral, para saborear historias añejas de nuestra ciudad y a esa obra de arte centenaria del buen comer que son nuestras tapas.
Desde San Pedro a Flores, desde Purchena hasta la Emilio Pérez, desde Conde Ofalia hasta la Virgen del Mar, embelesados ante el Paseo que lo fue del Príncipe, de la República y del Generalísimo o la Rambla y el Nicolás Salmerón, jardines de lo almeriense que miran al Cable Inglés con ojos de futuro inmediato.
Está Almería para vivirla, más que nunca en Primavera, donde las esencias y los sentimientos se enamoran en sus calles en un idilio eterno, equinoccial y tropical, buscando nuevos caminos, nuevas sensaciones y nuevas pasiones. Para respirarla hasta el final, caminando por sus calles empinadas del casco histórico, recorriendo al atardecer su Paseo Marítimo con la vista puesta en los horizontes africanos, paseando por su Rambla o su Parque antiguo o perdiéndose en las inmensidades de su Catedral, de las Claras y las Puras, de Santiago y San Pedro, saludando a nuestro paso a los Langle o buscando a San Valentín, a Valente o al Cristo de Medinaceli.
Está, cada año más, para calar las palomillas a la solera de un buen paso y seguir la estela de su incienso. Está para caminar detrás del Calvario, la Estrella o la Burriquita, para hacerse peregrino con la Macarena la Pasión o el Gran Poder, para saludar como cada año a Pepe Morata, padre e hijo, mientras se ve pasar al Perdón desde la calle El Silencio, para Prenderse Estudiando hasta el Encuentro, para Escuchar el Silencio junto a la Angustia, sin Caridad para esas calles que esperan al Sepulcro en Soledad.
Si he muerto en la Primavera, en la Semana Santa de Almería, vive Dios que prefiero no Resucitar.