¿Qué quiere que le diga, admirado lector? Por mí que paren este país, que yo me bajo. Sí, amigo, sí; resulta que la conclusión más sólida que he podido extraer de este convulso período marcado por tres citas electorales en apenas diez meses, dos huelgas generales, un cambio de gobierno estatal y otros cuantos autonómicos, provinciales y locales es que vivimos en el país del ‘y tú más’.Una filosofía, ésta del ‘y tú más’, absolutamente generalizada entre la clase política, hecha credo en la sindical, adoptada por convicción entre la ciudadanía y con elevación a la enésima potencia en los medios de comunicación, de los que, por cierto, formo parte.
Sinceramente, me da bastante vergüenza la gentuza a la que, durante esta semana, he escuchado justificar hechos tan deleznables e injustificables como la quema de contenedores, las coacciones sindicales a los trabajadores que no tenían previsto secundar la huelga, las amenazas a comercios abiertos, las siliconas aderezadas con clavos y pegamentos (con la silicona se pueden hacer cosas bellísimas, pero incluso el pegamento más bien les valdría que se lo esnifaran) en cerraduras de tiendas y bancos, los cristales rotos y las agresiones. Y el justificante no era otro que, cómo no, el ‘y tú más’, porque resulta que en otros lugares más o menos alejados en los que, parece ser (todavía no he escuchado ningún testimonio directo), hay empresarios que amenazan a trabajadores con el despido si secundan el paro. Dos comportamientos, si es que éste último es cierto, que coinciden en la vergüenza, la bajeza intelectual sin límites y el auto-desprestigio preocupante para el género humano.
Pero no, amigo, no; lo que más vergüenza me da no es ese ‘ytumasismo’ instalado en la clase sindical y copiado matemáticamente por la ciudadanía. El ejemplo de esta filosofía de vida que más me aterra y avergüenza al mismo tiempo es el exhibido sin pudor por la clase política, ésa a la que hoy día se puede acceder a pesar de no haber superado la prueba de la ‘o’ con un canuto y encima presumir de ello.
Estamos en la semana en la que he leído a una dirigente socialista almeriense quejarse de que la ministra Báñez no ha cotizado nunca en ninguna empresa, acaso olvidando casos tan distinguidos de preparación intelectual para la política como los de Bibi Aído o, más allá, el fontanero ministro del Interior señor Corcuera.
Y todavía están los periódicos y las redes sociales trufados de las sentencias de ‘intelectualoides’ del bajo cero, aseverando que, tras la victoria del Partido Popular, España tiene lo que se merece; aún están todos esos canales de comunicación manchados hasta la saciedad de los reproches de resentidos y envidiosos que no aceptan la victoria de las mayorías y que arremeten contra el sistema cuando éste y la mayoría que lo dirige y orienta decide en contra de sus voluntades.
Y, fieles a la filosofía del ‘y tú más’, tras las elecciones andaluzas, los contrarios, también con su aparato pseudo-intelectual, con sus más magnos representantes y portavoces, arremeten de nuevo contra la voluntad popular, utilizando, cómo no, el mismo recurso filosófico de pastores y rebaños que sus rivales en la anterior ocasión, acusando a la ciudadanía de no tener remedio ni puta idea de cómo se ha de votar.
Sí amigo, sí. En este país vivimos. En un país en el que usted y yo, y el resto de ciudadanos, y los sindicatos que representan a un porcentaje minoritario de los trabajadores pero cobran de los impuestos que pagamos todos, y los políticos, y los periódicos, y los bloggeros, y los articulistas de más enjundia, todos hasta el gato, vivimos del ‘ytumasismo’ y rechazamos las normas, las mayorías y el sistema cuando no se hace lo que se nos antoja en cada momento. Y un lugar, un territorio en el que nos caracterizamos por nuestra incapacidad de salir a la palestra y reconocer que el contrario lo ha hecho mejor que nosotros y, sobre todo, de plantarnos ante un auditorio, mayor o menor, y admitir que la hemos cagado. Es mejor echarle la culpa al otro, al rival, al votante, a la norma, al sistema, al viento o al césped, que estaba alto.