domingo, 6 de mayo de 2012


Al final me harán monárquico



He oído, en estas semanas, que el rey debía pedir perdón por haber usado parte de sus vacaciones en ir a cazar fuera de España. Aunque ha pasado el tiempo, aún no podría decir, a ciencia cierta, si ese viaje lo pagó el rey, si lo hizo con dinero de todos con el de su propio sueldo, si se lo pagó un amigo o un empresario avispado en busca de prebendas.

Tampoco he recibido mucha información acerca de lo que supone la caza para un país como Botsuana, el escenario del episodio en cuestión, pero sí manejo algunos datos que hacen pensar que se trata de una de los segmentos de mayor peso en la actividad económica del país en cuestión. Acaso suficiente para regalar el viaje a algún jefe de estado dispuesto a colaborar en la difusión de esos valores turísticos en una zona del mundo en la que no sobran los recursos.

En cualquier caso, pasan las semanas y reconozco que yo sigo estando falto de información, aunque a juzgar por la que tengo sobre la mesa, no veo el delito, la falta legal o ética o el fallo por el que pedir perdón por ningún lado. Estamos en crisis, sí; y en ese estado, durante la Semana Santa han sido millones los españoles que, en la medida de sus posibilidades, han cogido los bártulos y han aprovechado para tomar un respiro. Dichosos ellos.

No tanto así están otros muchos, que han exigido una disculpa al monarca, que lo han acusado de inoportuno a la hora de tomar parte de sus vacaciones, de asesino por cazar elefantes y que, además, han aprovechado que el Pisuerga pasaba por Valladolid para pedir un referéndum sobre el sistema de Estado, éste que nos ha llevado a la etapa más larga de estabilidad democrática que se recuerda y a transitar de la dictadura militar al sistema libre de elección democrática.

El rey caza, señores, caza. Caza y monta en barco y posiblemente en moto. Y es probable que le gusten los pasteles de chocolate, la cerveza negra y las mujeres guapas. Es humano, el tal Juan Carlos; y cuanto antes lo comprendamos todos, mejor comprenderemos lo que significa la monarquía, que no supone que sus depositarios sean dioses venidos de otro mundo, sin pecado ni vicios. 

Sinceramente, me parece que el debate sobre el sistema de Estado, como todos, debe estar abierto; pero si la elección es monarquía, bien harían quienes no comulguen con ella en cuidar el grado de ridiculez de sus asertos, porque al final lo que consiguen es que un tipo que cree en la meritocracia y en la igualdad de oportunidades como yo, al que no le cabe mucho en su ideario un sistema en el que los cargos pasan de mano en mano por razón de apellidos y no de preparación, se plantee si no es mejor una monarquía que un sistema en el que se digan tantas estupideces por metro cuadrado. A ver si al final me van a convertir en monárquico.