domingo, 20 de mayo de 2012


Carta a una heroína anónima



Nueve meses. Han sido nueve meses con tu hijo dentro de ti. Ahora no lo volverás a tocar, aunque podrás verlo mil y una veces; lo imaginarás creciendo, disfrutando con su familia, su otra familia, y acaso pensando dónde estará su verdadera madre. Nueve meses en los que te ha atormentado la idea de la vida que le esperaba junto a ti, de las penurias, de las carencias, de las miserias de esta perra vida que os había colocado a ambos en puestos traseros de la cola de la felicidad.

Nueve meses de llantos en vela, de desvelos nocturnos y conversaciones con la luna. Nueve meses de rezos, de esperanzas, de soluciones que se evaporan con el tic-tac de ese reloj imaginario que marcaba las horas hacia el desenlace. Y nueve meses de amor punzante y doloroso, sabedor de la eterna pelea entre el cariño de una madre y la felicidad de su hijo.

En una sociedad de apariencias y juicios paralelos, tu amor de madre te empujó a tomar la decisión más valiente, la mejor para tu criatura, la única que abría las puertas del mundo a un ser inocente condenado antes de nacer, sobreponiéndote a las miradas, a las críticas de sofá y de barra de bar, a la incomprensión de quien nunca se pone en las babuchas del otro.

Ahora él tendrá una familia y tú una carga para siempre. Al menos una, la más grave, la de no poder disfrutar del hijo que la vida puso en tu vientre cuando ella misma te negaba las posibilidades de mantenerlo.

La misma vida, la misma sociedad que ahora te busca, te persigue, convirtiendo en culpable a la víctima de esa psicopatía colectiva que nos ha atrapado con feroces garras hasta convertirnos en verdugos de todo lo que camina fuera del ego.

Todos quieren conocerte, saber quién eres y qué impulsos te movieron a tomar el camino del drama eterno, lanzando sobre ti una lluvia de flechas, de interrogantes cuyas respuestas están en ellos, en todos nosotros, culpables del peso de tu decisión.

Hemos visto el rostro de tu criatura levemente desfigurado por un falso pudor mediático vendido a ese gran circo romano en el que tú y él habéis sido los desvalidos cristianos y todos nosotros, expectantes televidentes ávidos de basura mediática para colocar hacia abajo nuestro pulgar.

Nosotros ya tenemos nuestra dosis diaria de carnaza. Estamos satisfechos, saciados. Y tú, a ti te imagino satisfecha con la decisión más dolorosa de tu vida, pero al mismo tiempo la que ha servido para asegurar el futuro a aquello que más has querido nunca. Orgullosa entre llantos por haberte convertido en culpable para siempre, tan sólo para que tu hijo siga siendo inocente. A ti, sólo a ti: gracias en su nombre y enhorabuena en el mío. Heroína anónima.