Carta a una heroína anónima
Nueve meses. Han sido nueve meses con tu
hijo dentro de ti. Ahora no lo volverás a tocar, aunque podrás verlo mil y una
veces; lo imaginarás creciendo, disfrutando con su familia, su otra familia, y acaso
pensando dónde estará su verdadera madre. Nueve meses en los que te ha
atormentado la idea de la vida que le esperaba junto a ti, de las penurias, de
las carencias, de las miserias de esta perra vida que os había colocado a ambos
en puestos traseros de la cola de la felicidad.
Nueve meses de llantos en vela, de
desvelos nocturnos y conversaciones con la luna. Nueve meses de rezos, de
esperanzas, de soluciones que se evaporan con el tic-tac de ese reloj
imaginario que marcaba las horas hacia el desenlace. Y nueve meses de amor punzante
y doloroso, sabedor de la eterna pelea entre el cariño de una madre y la
felicidad de su hijo.
En una sociedad de apariencias y juicios
paralelos, tu amor de madre te empujó a tomar la decisión más valiente, la
mejor para tu criatura, la única que abría las puertas del mundo a un ser
inocente condenado antes de nacer, sobreponiéndote a las miradas, a las
críticas de sofá y de barra de bar, a la incomprensión de quien nunca se pone
en las babuchas del otro.
Ahora él tendrá una familia y tú una
carga para siempre. Al menos una, la más grave, la de no poder disfrutar del
hijo que la vida puso en tu vientre cuando ella misma te negaba las
posibilidades de mantenerlo.
La misma vida, la misma sociedad que
ahora te busca, te persigue, convirtiendo en culpable a la víctima de esa
psicopatía colectiva que nos ha atrapado con feroces garras hasta convertirnos
en verdugos de todo lo que camina fuera del ego.
Todos quieren conocerte, saber quién
eres y qué impulsos te movieron a tomar el camino del drama eterno, lanzando
sobre ti una lluvia de flechas, de interrogantes cuyas respuestas están en
ellos, en todos nosotros, culpables del peso de tu decisión.
Hemos visto el rostro de tu criatura
levemente desfigurado por un falso pudor mediático vendido a ese gran circo
romano en el que tú y él habéis sido los desvalidos cristianos y todos
nosotros, expectantes televidentes ávidos de basura mediática para colocar
hacia abajo nuestro pulgar.
Nosotros ya tenemos nuestra dosis diaria
de carnaza. Estamos satisfechos, saciados. Y tú, a ti te imagino satisfecha con
la decisión más dolorosa de tu vida, pero al mismo tiempo la que ha servido
para asegurar el futuro a aquello que más has querido nunca. Orgullosa entre
llantos por haberte convertido en culpable para siempre, tan sólo para que tu
hijo siga siendo inocente. A ti, sólo a ti: gracias en su nombre y enhorabuena
en el mío. Heroína anónima.
