Sueños de chocolate y de polvo rojo
No suele pasarme muy a menudo, pero el
otro día tuve una idea. Medio despierté, medio en sueños, vi la cantidad de
favores al interés general que se podrían practicar si lográramos ‘distraer’ a
sus legítimos propietarios determinados bienes en nuestra querida ciudad de
Almería. Se me ocurrió, por ejemplo, cómo podríamos convertir El Zapillo en un
gran parque marítimo-terrestre-sostenible-que-te-rilas, si lográramos echar
abajo el maldito ‘sky-line’ de pacotilla formado por las torres que jalonan
nuestra playa más urbana. Vi, también entre ensoñaciones, cómo podría quedar de
bonito y amplio el Parque Nicolás Salmerón, si tuviéramos ‘güevos’ de derribar
esa otra línea de casas de alta talla que lo acompañan en su vertiente Norte.
Qué decir de los sensacionales comedores sociales que nos quedaría en los locales
de determinados bares o restaurantes que no mencionaré por respeto precisamente
a sus dueños.
Me despertó la cruda realidad. La
realidad de que todas esas propiedades son privadas, pertenecen a unos seres,
probablemente humanos, que han pagado ingentes cantidades de dinero por ellas,
basándose en unas leyes que, en tal acto, les aseguraban unos derechos sobre
las mismas. Se preguntará usted si he consumido recientemente algún producto
alucinógeno o estupefaciente. La respuesta es no, a no ser que por tal cosa
entendamos la lectura de determinados grupos en redes sociales, que en estos
días juguetean con la absurda posibilidad de imponer a determinados
propietarios de terreno lo que han de hacer con el mismo.
Pretenden estos señores, ‘salvar’ al
mítico Toblerone, ese augusto y nunca bien ponderado monumento, qué digo,
monumentazo que, sin embargo, nos ha pasado desapercibido durante décadas y
ahora se ha erigido en protagonista de la actualidad paisana de plástico y
silicona, justo cuando, después de décadas de propiedad, sus dueños han
obtenido la autorización para cargárselo. En él se proyectan ahora las
olvidadas ideas de parques, centros vecinales, palacios de congresos y otras
ferias varias, de las que antes extrañamente nunca habíamos tenido noticia, tal
como si se las hubiera tragado alguna de esas extrañas criaturas del programa
de Íker Jiménez.
El tema es que no hay tema, señores. El
tema es que estamos hablando de un terreno privado, que unos tipos compraron un
día, con la esperanza de poder obtener beneficios como hacemos todos en este
perro mundo con lo que podemos y que harán con él lo que consideren mejor para
sus intereses. Y el tema es que, aunque todos estuviéramos de acuerdo y además
estos señores accedieran a desprenderse de esa muestra del polvoriento y rojizo
arte, los almerienses no tendríamos pasta ni para comprarlo ni para hacer allí
ningún centro cultural. Por cierto, para este fin me permito sugerir la
Estación del Tren, que está cerca y no hay que pagarle a nadie por ella. Claro
que ello no generaría el mismo debate ‘mata-aburrimientos’ que el magno
Toblerone, sin el cual nos quedaremos como yo me quedé sin abuelas.
