domingo, 31 de enero de 2010

¿Estoy vivo o muerto?

¿Estoy vivo o muerto? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Y, sobre todo, ¿dónde estoy? Ahora recuerdo. ¡Oh, Dios mío! Esto ha sido una bomba, un atentado; o quizás un terremoto. Estaba en casa y de repente todo empezó a moverse y a dar vueltas. ¡Sin duda estoy muerto! Y entonces, ¿esto qué es? No puedo moverme; de hecho, no siento mis piernas ni mis brazos. ¡Qué sensación más desagradable! Soy una especie de vegetal.
Pero, quizas… ¿y si estuviera vivo? ¿Y si esto no fuera más que un lugar en el infierno que se esconde bajo el amasijo de escombros de un edificio derruido? Es una posibilidad. La verdad, no sé que prefiero.
De una manera u otra, tengo que tener la tranquilidad, guardar la calma. Si estoy muerto, el tiempo será el que me aclare dónde estoy y qué es lo que me espera; y si estoy vivo, ¡Dios mio! Si estoy vivo, creo que muy pronto voy a dejar de estarlo.
Alguna vez he escuchado que, en estos casos, la vida depende del oxígeno que quede en este espacio en el que me encuentro.
¡Socorrooooooooooooo! ¡Estoy aquííííííííííí!
Tranquilo. Tengo que guardar la calma. Mi vida, si es que aún la conservo, depende de ello. No puedo desesperarme. Esto es lo más importante para mí, en este momento. He de respirar hondo, relajarme, seguro que llegarán a por mí.
Pero, ¿por qué a nosotros? ¿Qué hemos hecho sino trabajar y cumplir con nuestros deberes, cada día, incluso sabiendo que nunca saldríamos de la miseria en la que estábamos?
¿Por qué este mundo, esta vida, incluso la propia naturaleza, se ensaña siempre con nosotros, con los que menos tenemos, con quienes pasamos por este mundo arrastrándonos y con la única meta de sobrevivir al día siguiente, sin conocer la ilusión ni la felicidad?
Quizás hoy sea mi día de suerte. Quizás esté muerto en realidad y se haya acabado para siempre el sufrimiento, el hambre, el paro y el arrastrarme ante los poderosos por un poco de compasión.
No, no no!! Me estoy alterando, mi pulso corre y eso no puede ser bueno. Si sigo vivo, tengo que mantener la calma, ¡por Dios! Pero ésa sigue siendo mi duda, mi gran pregunta: ¿¡sigo vivo o dónde demonios estoy!? Hace unas horas sí lo estaba, aunque, ¿lo estaban también todos esos que viven una vida irreal, basada en que otros muchos, la mayoría, sufrimos y nos arrastramos desde que nacemos hasta que nos vamos? ¡Ellos sí que no están vivos! ¡Viven en el limbo, ajenos a lo que es el mundo real!
¡De nuevo me altero y no puede ser! Calma, respira, no pienses.
¡Un momento! ¡Ahí hay una luz! ¡Y esto se mueve! ¡Oh, Dios, sí estoy vivo! Ahhhhh, mis piernas, cómo me duelen ahora las piernas! Creo que no lo voy a resistir. Pero he de ser fuerte. ¿Dónde estarán mis padres? ¿Cuándo acabará todo esto? ¡Creo que me van a sacar! ¡Oh, Díos, esa luz! ¡Me ciegaaaaaaaaaaa!
Jefersson murió hace hoy una semana, después de tres días sepultado bajo los escombros del terremoto en Puerto Príncipe (Haití) y otros tres en superficie, en los brazos de su madre, esperando los equipos médicos que habían de proceder a su entubación.

miércoles, 13 de enero de 2010

Grafiteros y grafiteros

En esta lengua castellana nuestra, en la que cada día está más de moda inventarse palabras inútiles y que designan realidades para las cuales ya existen otros términos, sobre todo por parte de políticos y periodistas, alguien habría de hacer el esfuerzo de fabricar una que diferenciase dos conceptos radicalmente diferentes, contradictorios diría yo, y que hoy por hoy denominamos con el mismo término.
Hablo de los grafiteros, término idéntico a la hora de describir, por un lado, al tipo creativo e ingenioso, capaz de coger una pared sucia, abandonada, destartalada, inservible y sin dueño y convertirla en una obra de arte, en un elemento para el gusto de los sentidos por parte del ciudadano; y por otro, al tipejo insensible y capullo, que no tiene empacho de plantarse delante de una obra recién terminada, en la que el común de los mortales hemos invertido parte del presupuesto público (o privado), reluciente y rezumante de las ilusiones de quienes la acaban de terminar, y plagarla de manchas, firmas, denuncias sin pies ni cabeza (o con, incluso) y estupideces de variada índole.
Indudablemente, a mi modo de ver las cosas, el uno y el otro no pueden ser designados con el mismo término, puesto que de esta manera se cometen dos injusticias: por un lado, al artista creativo y rompedor se le pone a la altura de un cabestro indecente; y por otra, al pellejero y melón se le sube al altar del arte.
Obviamente, como verá usted, la actividad del imbécil que se dedica a poner su firma sobre las paredes recién encaladas de la ciudad, sobre la estatuas que alguien trabajó en su día y que entre todos hemos pagado para disfrute colectivo y la exaltación del alma, sobre las aceras y las calzadas, sobre los muros y vallas, sobre la calva de mi vecino del quinto y sobre el altar mayor de su propia estupidez, es algo que me violenta y me agrede sobremanera.
Y obviamente, también, soy de los que opinan que, además de hacer esta diferenciación semántico-lingüística, la sociedad, que no es otra cosa que usted y yo, junto a otros hermanos más, debería orquestar otra manera de diferenciar al uno del otro, más propia del campo de los hechos que del de las palabras.
Por ejemplo, pienso yo que no sería descabellado que al primero de nuestros protagonistas, al genio de los sprays, se le reconociese su arte contratándolo para adornar los cientos de espacios muertos que existen en una ciudad, haciéndola más habitable, rehabilitando así zonas deprimidas donde el paso del tiempo se ha incrustado en los muros, sin cirugía estética que lo remedie; y fomentando un tipo de arte fresco, joven, creativo y que puede servir de camino de enseñanza para otros incipientes artistas que puedan afianzarse en ese terreno.
Y mientras tanto, al tipo de las firmitas, ése que se cree que hace arte, el muy inútil; ése gran tarugo que piensa que está rompiendo moldes, haciendo una especie de cutre-canción protesta, que manifiesta su disconformidad con el mundo jodiendo el disfrute de sus coetáneos, porque no tiene talento ni manera de hacerlo construyendo en lugar de destruir; a ése bien podríamos colgarlo de los ‘güevos’ en la ‘mismica’ Puerta Purchena, para que todos los que pasáramos por allí le fuéramos estampando nuestra propia firma en su cara, pero no con un spray, sino con el lápiz que utilizaba Pedro Picapiedra.
¡Ah, y por cierto! Mientras escribía, se me ha ocurrido una diferenciación lingüística: grafiteros versus grafitontos. No es muy profundo, pero puede valer.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Injusticias legales de andar por casa

Que una de las características fundamentales del ser humano es que tiene dos varas de medir, una para sí mismo y otra para el resto de los mortales, no es nada que sorprenda a nadie; todo el mundo es consciente ya, a estas alturas de la película.
Sin embargo, la sociedad moderna ha trasladado esa misma filosofía al colectivo y le ha dado la vuelta, es decir, que ahora es el colectivo el que tiene dos varas de medir: una para sí mismo y otra para el caso particular de cada hijo de vecino.
Y en estas, han proliferado unas modernas y avanzadas formas de injusticia individual, basadas en el bien común, en la colectividad, en el progreso social. Hablo de injusticias legales, injusticias de andar por casa, que nos ocurren sin más remedio, a pesar de que es obvio que lo son, que vulneran cualquier lógica y que, es más, generan una extraordinaria inseguridad individual, en ocasiones (no siempre), a expensas del bien general.
En estos días entrañables y navideños de bueyes, renos y otros individuos con cuernos, vivimos una de esas estruendosas injusticias legales, con el caso de la aeronáutica Air Comet, una empresa que ha llevado a cientos de miles de seres humanos de un lado a otro del Atlántico, hasta que su máximo responsable, a la sazón presidente de los empresarios españoles y sin que ello tenga nada que ver ni aporte elemento alguno al caso, por las razones que sean, ha decidido dejar de hacerlo.
El problema es que su decisión, lejos de anunciada y prevenida, ha llegado de la noche a la mañana, aunque ahora el tipo haya tenido el desparpajo de afirmar públicamente que la quiebra de la compañía era un secreto a voces y casi que los culpables del caos han sido sus propios clientes por haber apostado por volar con una compañía con tan malos augurios.
Es un buen ejemplo de ese tipo de injusticias legales, consistente en que una empresa es capaz de dejar en la estacada, en plena Navidad, a miles de seres humanos que iban a ver a sus familias por vez primera en meses, algunos en años, y luego fumarse un puro. ¿Caerá todo el peso de la ley sobre los responsables de esta compañía? ¿Dará alguno de ellos con sus huesos en la cárcel? ¿Pagarán hasta el último céntimo de las indemnizaciones a los miles de damnificados? Bueno, vale.
Hablo, como verá el avispado lector, de situaciones que están contempladas dentro de la legalidad, pero son a todas luces flagrantemente injustas. Y si no, ¿qué decir del overbooking, por no salirnos del ámbito aéreo? El tema, al que le deben haber puesto un nombrecito anglosajón porque en castellano posiblemente se hubiera denominado ‘putada aeronáutica’, consiste ni más ni menos que un sujeto, a pesar de haber reservado, pagado y recogido su billete de avión, ha de saber que no tiene ninguna garantía de volar, no sólo en el sillón, sino ni siquiera en el vuelo, la hora o el día que ha pactado. ¿Por qué? Simplemente porque las compañías están legalmente autorizadas a vender más billetes de los asientos que tiene el avión. ¿Legal? Sí, señor, sí. ¿Justo? Pruebe usted, a ver qué le parece.
Y como guinda (aunque hay más), las expropiaciones, aquí sí claramente en el nombre del bienestar común. El asunto, ahora, es que usted compra un piso, una casa o, en definitiva, una vivienda que habrá de estar pagando posiblemente más de la mitad de lo que le resta de vida (si es usted un tipo sano; porque si no, seguro que todo lo que le queda y parte de la de sus vástagos) y un buen día, un sesudo funcionario o un elegante político decide que la parcela que ocupa su vivienda viene que ni pintada para que pase un tren o un tranvía, o para hacer un parque, un hospital o una sucursal de Disneyland. ¿Adivina usted por dónde se ha de meter usted los muebles del salón, la mecedora de la abuela o la vitrocerámica de última generación? Sí, sí: justo por el mismo sitio que el billete de avión de los miles de homo sapiens que pasan, estos días, una Feliz Navidad en Barajas.

martes, 15 de diciembre de 2009

Navidad todo el año

Aquellos que, confundidos por el titular de este artículo, quieran encontrar en él espíritu navideño, paz, amor y fraternidad, purpurina y estrellas fugaces que guían a reyes magos y tipos gordonchos vestidos de rojo y manchados por el tizón de la chimenea, ya han leído todo lo que tenían que leer.
No amigos, no es que yo no comparta ese espíritu; lo tengo y muy acentuado: como la vida misma, me encanta la Navidad, porque entre estar dándonos hostias todos los días y hacerlo todos los días menos dos semanas al año, prefiero lo segundo, qué quieren que les diga.
Pero hoy no toca. Con esto de ‘Navidad todo el año’, no me refiero al virus que El Corte Inglés nos inyecta en vena a principios de diciembre: me estoy refiriendo a mi dieta. Uno, todavía utópico e infeliz, aún sueña con conseguir, cuando sea mayor, una ‘no barriga’ como la de Cristiano Ronaldo, que provoque la histeria colectiva cuando, para celebrar algún éxito puntual, me levante la camiseta y deje volar al viento una tableta de negro y duro chocolate, digna del menú de cualquier infante del siglo XXI.
Una aspiración, la mía, que, lo reconozco, me lleva a situaciones públicas y privadas que no me hacen sentir precisamente orgulloso. Todavía me levanto a las siete de la mañana para ir al gimnasio o dar unas carreritas y, se lo juro por Esnupi, cuando me miro al espejo de la sala de fitness, me veo un parecido casi indistinguible con El Duque; un parecido, créanselo, que se esfuma como los proyectos de un candidato al llegar al cargo, cuando entro en el vestuario y, raudo y veloz, me quito la ropa para mirarme atentamente al espejo; allí, donde antes había prominentes músculos y líneas rectas, ahora hay, sigue habiendo,… en fin, déjenlo.
Pero como uno es cabezón por naturaleza, no me dejo achantar por el maldito espejo y también llevo años trasladando (quizás digamos intentando trasladar) ese afán a la mesa. Por ejemplo, aunque no ha sido uno nunca muy amante de desayunar fuera de casa, últimamente he incorporado a la dieta matinal una de esas magníficas barritas energéticas bajas en todo, que mi madre me ha llevado a la oficina y que seguro componen el 90% de la dieta de CR-9, mi musa corpórea.
Y aunque uno no es, precisamente, un dechado de paciencia, le he dado a esta nueva táctica un plazo de un mes para ver resultados. Y pasado ese tiempo, he cogido el cinturón que tengo para medir eso que ahora llaman la grasa corporal (la panza, de toda la vida) y, ¡oh sorpresa!, estamos en las mismas. ¡Maldita sea, alguien ha debido trucar el cinturón!
El caso es que, ahora que llega la Navidad, me he dado cuenta de que ahí está precisamente el fallo, porque mientras la mayoría del común de los mortales hacen un paréntesis en sus dietas para arrojarse con pasión a las comidas de empresa y las reuniones gastronómicas de amigos, para después sumirse en la rutinaria y gris dieta del resto del año, compaginada con horas de gimnasio, en mi dieta es Navidad, pero durante todo el año y, día tras día, 365 al año, me convierto en una bestia parda incapaz de distinguir tamaños y colores cuando me siento delante del plato de cocido.
Eso sí, también me he convencido de que quien evita la tentación evita el pecado: ¿se imaginan a uno quitándose la camiseta para celebrar, mostrando el ‘goofre’, no sé, cualquier éxito en mi trabajo? Vamos, vamos.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Prostitución e hipocresía

Anuska es una mujer de algo más de 20 años que lleva tres en España. Vino de su país, qué más da cuál, porque allí la vida se había convertido en una tortura; y porque le hablaron de un tierra que manaba leche y miel, que luego no resultó como decía el cuento.
Esta semana, Anuska era una mujer más feliz, porque una amiga le había enseñado un recorte de periódico en el que se insinuaba que la prostitución, la actividad a la que se dedica para sobrevivir, iba a dejar de estar penada por la ley.
De ella, de la prostitución, se ha dicho siempre que es el oficio más antiguo del mundo, lo cual es discutible, aunque sí es cierto que, desde hace muchos siglos, es una profesión que ha estado siempre rodeada de toneladas de hipocresía.
Quien más quien menos, conoce el caso de algún alto dignatario político, social, económico, religioso o intelectual que desdeña la prostitución en público y se entrega a sus encantos en privado.
Pero no son los únicos hipócritas, aun que sí los mayores. Existe otra rama de hipocresía alrededor de la profesión amatoria, que consiste en defender su persecución, como una defensa de las propias profesionales, aunque claro, como es habitual en estos casos, sin preguntar su opinión a las protagonistas de la historia.
El argumento teórico enlaza, sin disimulo de la exhibición de demagogia, que los poderes públicos han de prohibir y perseguir a la prostitución, para evitar injusticias y abusos como la trata de blancas, la esclavitud sexual y el proxenetismo. Un argumento que nos podría servir para prohibir las carreteras y los coches para evitar los accidentes de tráfico o cerrar los bancos para evitar los atracos.
La postura filosófica no es nueva. Al contrario, desde que el mundo es mundo y el poder dice representar los intereses del pueblo, es costumbre arbitrar soluciones a problemas sin preguntar jamás la opinión de los afectados. Pero si realmente lo buscado fuera el interés de las mujeres que se ven obligadas, o no, a esta actividad, las administraciones elaborarían leyes para legalizar y controlar una realidad que ha existido, existe y existirá, para evitar los abusos que sufren estas trabajadoras, para garantizar la libertad de elección de las propias comerciantes del cuerpo y para que el Estado se beneficie de los estratosféricos números que mueve este negocio, siempre al margen de Hacienda que, dicen, somos casi todos.
Mientras los poderes no metan a fondo el bisturí legislativo en un asunto tan antiguo como para ser reconocido como la profesión más antigua del mundo, seguiremos contemplando escenas lamentables en las cunetas de carreteras y en márgenes de las calles; y lo que es peor, seguiremos imaginando, cuando nuestra conciencia nos lo permita, lo que se esconde debajo de esa alfombra social.
Y todo ello sin entrar en el debate sobre quién es el Estado para impedir que cualquier ser humano pueda comerciar con lo único que le es propio de verdad, con lo único que llega a este mundo y lo único que le acompaña hasta el final. Mientras tanto, Anuska seguirá viendo cómo quienes la defienden a nivel público sin hacer nada, son los responsables de no pueda ejercer libremente su profesión, sea ésta la que sea.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Cervantes dimisión

Se escucha, en algunas facultades de Periodismo, que quienes más deterioran la lengua son los profesionales de la política y el periodismo. Tiene su lógica. Es como decir que quienes más deterioran la medicina son los médicos y que quienes más faltas cometen son los defensas centrales.
No obstante, aunque es cierto que el uso continuado de la lengua como instrumento de trabajo puede constituir una dispensa para esa fruición en el error, no lo es menos el que hay comportamientos que más bien parecen constituir auténticas declaraciones de guerra contra el lenguaje.
He de reconocer que, en mi paso por la Facultad, también yo hacía gala de un especial espíritu de rebeldía lingüística, defendiendo incluso tesis tan inverosímiles y rocambolescas como la de que la creación o invención de términos podía llegar a constituir un honor para un profesional de la lengua, una especie de testimonio imperecedero, al igual que la invención de una pócima lo es para un químico y el diseño de un espectacular edificio lo es para un arquitecto.
¡Cuán romántico y quinceañero era todo aquello! Y claro, como mucho de lo rebelde y romántico, acaba topándose con la cruda realidad, ésa que nos dice, por ejemplo, que si el lenguaje ha llegado hasta aquí y se ha sostenido como instrumento de comunicación, ha sido precisamente porque se ha cuidado de preservarse de ataques, cambios innecesarios y modas pasajeras, como una convención que une a sus usuarios al margen de ansias independentistas.
El caso es que hay errores que, por repetidos, no sólo hacen temer que acaben por convertirse en aciertos sino que incluso terminen por relegar a las fórmulas correctas al olvido.
Es el caso de término cesar, verbo intransitivo de la primera conjugación, cuyo uso se ha perturbado, prostituido y violado hasta convertirlo en algo que no es, en principio por desconocimiento, luego por moda y quién sabe si, al final, no por vicio.
He tenido el dudoso placer de obtener, por parte de compañeros unidos por el incorrecto uso del verbo en cuestión, el reconocimiento de que son plenamente conscientes de que, como verbo intransitivo, cesar no puede ir acompañado por un complemento directo alguno, es decir, que por muy poderoso que sea el tipo en cuestión, no lo es lo suficiente como para cesar a un señor o a una señora; y que como mucho podrá destituirlo.
Dicho de otro modo, cesar es sinónimo de parar, de detenerse, de abandonar la tarea que se practica. Pueden cesar la lluvia y la nieve, el odio y el amor, la guerra y la paz, incluso el rayo que no cesa; pero no se puede cesar a alguien o a algo, porque para eso, la lengua de Cervantes ya tiene otros términos, no por capricho, sino porque una lengua tarda siglos en constituirse, aunque pueda destruirse en apenas un soplido.
Con ser grave que haya profesionales del lenguaje que ignoren todo esto, por falta de preparación a veces y otras simplemente por falta de ganas, aún es peor que otros, conociéndolo, prefieren perseverar en el error por motivos tan simples como, por ejemplo, la necesidad de cuadrar un titular, a veces incluso en la portada de un diario de tirada estatal.
El caso es que ese cese del uso correcto del término ha prendido y que ahora lo complicado es observar el verbo en su acertado uso. A este paso, antes de que lo destituyan, será Cervantes el que presente su dimisión irrevocable, por cese de sus competencias.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Diario de Carla

Ya estoy aquí, efectivamente. Llegué el lunes de la pasada semana y, la verdad, es que esto es todavía mejor de lo que me había imaginado. Es cierto que tiene sus cosas malas, y que todavía me queda mucho por descubrir, pero de momento, el mundo exterior me gusta. Es divertido.
Nada más nacer, pude ver la cara de tontos de mi padre y de mi tía Carmen, que miraban embobados cómo me sacaban de allí el doctor Agüera y Rafa, el matrón, dos pedazo de profesionales como la copa de un pino. Al fondo, mi madre parecía no estar al tanto de todo lo que estaban haciendo ahí abajo y no me quitaba los ojos de encima. Sonreía. Era feliz.
Desde entonces, todo ha sido positivo. Bueno, todo menos el sábado, que me llevaron de nuevo a la Clínica Mediterráneo, donde nací y tan bien se portaron conmigo y mi familia. Yo pensaba que regresaba para ver lo bonito que había sido mi primer lugar en el mundo, pero cuando estaba distraída, llegó una señora y me pegó un pinchazo en el talón que me hizo ver las estrellas por primera vez. Bueno, lloré un rato, pero ya se ha pasado.
Todo el mundo está loco conmigo. Dicen que soy guapísima, pero a mí me parece, más bien, que me quieren; porque qué queréis que os diga, creo que soy como todos los bebés: un poco calva, un poco mofletuda y muy dormilona.
Mi madre es una heroína. El día que me dio la vida, dejó a todo el mundo con la boca abierta. ¡Qué manera de empujar! ¡Qué manera de aguantar el dolor! Mi padre, que creo que es un poco chorra, aunque me quiere mucho, se quedó ‘pasmao’ viéndola en el paritorio. De hecho, estaba tan embobado que hasta se le olvidó llevar la cámara y tuvo que ir corriendo luego al coche.
Él también está ‘flipado’ conmigo. Bueno, más que eso, yo diría tonto. Con lo gallito que se pone para otras cosas, no para de achucharme, besarme y decirme al oído lo mucho que me quiere y lo que va a luchar por mí. Ya va para 36 años, pero me parece un poco pronto para que esté chocheando, el tío.
Y encima, el primer día no se le ocurrió otra cosa que mandarle mi foto a todo el mundo, sin mi permiso, eso sí; y claro, no ha parado de recibir felicitaciones y eso lo ha puesto todavía un poco más idiota.
Es un enfermo del trabajo, como le suele decir mi madre. El otro día hasta se llevó el ordenador portátil a la habitación de la clínica, con todas las visitas allí. Todavía no lo sabe, pero yo me voy a encargar de que nos preste mucha más de atención a mi madre y a mí. Que ya está bien.
Y luego están mis abuelos, los cuatro, que están alucinados conmigo. Dos de ellos ya tenían cuatro nietos antes que yo, pero parece como si yo fuera la primera, porque no para de caérseles la baba. Y los otros dos son primerizos. Y eso se nota, ¿eh? Porque tampoco se les borra esa cara que también tiene su hijo las 24 horas del día.
Entre todos no paran de toquetearme, besarme, decirme cosas que acaban en ‘ica’ y poner caras afiladas y morros pronunciados mientras me hablan. Pero, ¿qué queréis que os diga? Yo estoy encantada, porque nada más llegar aquí, me he dado cuenta de que esto es maravilloso y, sobre todo, de que lo es precisamente por eso, por la cantidad de seres que andan a dos patas y que, en el fondo y cuando se despojan de sus miserias, acaban derrochando buenos sentimientos para con los demás. Oye, que lo dicho, que encantada de conoceros y a vuestra disposición para lo que haga falta.