lunes, 16 de mayo de 2011

El truño

Ya le advierto, admirado lector, que si anda usted enfrascado en dar cuenta de un par de tostadas de aceite y miel con un café con leche o en meterle mano a una cañita bien tirada y con tapa, mientras ojea y hojea el periódico, este artículo, como su propio nombre indica, puede no ser el compañero más agradable. Piense usted que su título responde a la más escatológica de las interpretaciones. Así es que está usted avisado.
Y es que en campaña electoral, como ya le conté la pasada semana, se agudizan las quejas ciudadanas, que dormitaron durante los cuatro años pasados y ahora afloran cual abejas en Primavera. Y una de ellas es la de la limpieza de pueblos y ciudades. La estructura de la queja nace de lo sucio que está todo, de los papeles y desperdicios campando por sus respetos en calles y plazas; los magníficos truños de perro o de cualquier animal, racional o no, perfectamente instalados en mitad de aceras, calzadas y jardines; las farolas y otros puntos de luz rotos e inutilizados; y el mobiliario urbano destrozado, pintarrajeado, agredido y sojuzgado.
Nos quejamos, los sufridos ciudadanos, de que los ayuntamientos y otras administraciones no solucionen este problema porque, la verdad, es una pena que esté todo hecho una porquería.
Sin embargo, sin ánimo de ofender y con ausencia de cualquier tipo de acritud, me permitirá usted que me pregunte, con todo el respeto, ¿de dónde coño sale toda esa mierda? ¿Se pintarrajean solas las paredes y los monumentos? ¿Se tiran solos los papeles al suelo? ¿Se ponen de acuerdo todos los perros para hacer de vientre y dejar esos pasteles caninos, lustrosos y, en ocasiones, del mismo tamaño que el sombrero de un ‘picaor’? ¿Nos hemos quedado mancos todos los dueños y, por ello, impedidos para retirar tan aromatizantes restos orgánicos?
Usted, mi querido amigo, y yo, tenemos las respuestas a todo esto, ¿verdad? Sin duda, lo más fácil es decirle al concejal o al alcalde de turno que por qué no hacen más para solventar tan desagradables realidades. Sin embargo, a uno, que es un tipo bien raro, le parece que sería más eficaz que a cada uno que se le ocurra meterle mano al mobiliario urbano le estuvieran dando reglazos en la ‘idem’ hasta que afloraran los colores de la vergüenza que no tiene; que a los niñatos que queman contenedores, en lugar de la paga, al llegar a casa le dieran un par de hostias de ésas educativas que se daban antes, con las que nadie se ha muerto, pero que ahora están penadas por la vigente legalidad; a los que tiran un papel al suelo, un par de trimestres de recoger basura como hacen los tipos que me dan los buenos días, amarrados a sus carritos, todos los días cuando salgo a correr (o algo así) a las siete de la mañana; y a los que se dejan las ‘tortas’ de sus mascotas adornando el medio de la calle, un par de bocatas en los que el condimento fuera el propio producto intestinal de sus cachorritos, ingeridos hasta el último cuscurro de pan. Vería usted, querido lector, cómo cambiaba el cuento. ¿O no?

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