Le invito hoy, mi fiel y admirado lector, a hacer un ejercicio de imaginación, que tal y como están las cosas en la vida real, tampoco viene mal escaparse hacia los mundos interiores y pasar un ratico.Lo que le pido es que se imagine, por un momento, que todo lo que está sucediendo esta semana con el tema del pepino, de Alemania, de la seguridad alimentaria, de los periódicos teutones y demás, ha sucedido justo al revés.
Imaginemos, por un momento, que es en España donde han fallecido algunas personas; donde se ha encontrado una bacteria en un producto proveniente de Alemania; donde las autoridades han ofrecido pelos y señales sobre el origen del producto a pesar de no tener pruebas de dónde se han producido la contaminación por bacteria; y donde los periódicos se han lanzado como chacales contra todo lo que llega de Alemania, poniendo en solfa los procesos de calidad, los controles periódicos, las revisiones por parte de organismos externos a las empresas y el cumplimiento exhaustivo no sólo de la normativa europea sino de otras mucho más restrictivas y duras, impuestas por las propias empresas en busca de la calidad, seguridad y solvencia de sus productos.
Imagínese que a España llega una partida de, qué se yo, barriles de cerveza de Hamburgo, de Munich o de Colonia. Una partida que antes de llegar a España, es modificada y manipulada en un par de países más, donde la cerveza pasa de barriles a granel a botellas, en empresas intermediarias cuyos operarios manipulan el producto, antes de llegar a nuestro país. Y que en esa partida se detecta la presencia de una bacteria que provoca la muerte a tres o cuatro compatriotas.
Imagínese, además, que como consecuencia de ello, las autoridades españolas ofrecen públicamente un informe detallado de las zonas donde se ha producido esa cerveza y de las empresas que la han fabricado, consecuencia del cual, la prensa española se lanza en una vertiginosa y ácida crítica hacia toda la industria cervecera alemana, desprestigiando sus métodos sin conocerlos, advirtiendo de sus peligros sin haber pisado antes una fábrica germana y advirtiendo del peligro de consumir el popular brebaje de cebada. Y que, como siguiente consecuencia, las empresas españolas plantean un veto a toda ‘rubia’ que venga de tierras germanas y provocan que se termine la campaña de máximo consumo en nuestro país.
E imagínese, por fin, ¿qué hubieran hecho las autoridades alemanas ante esa campaña y sus consecuencias, cómo habrían acudido a las autoridades comunitarias y a los tribunales de competencia, qué reacción hubiera tenido la audaz señora Merkel y cómo se hubiera puesto la Asociación de Cerveceros Unidos, Jamás Serán Vencidos (ACUJSV)?
Pues eso, amigo lector, eso es justo lo que ha sucedido esta semana con el tema del pepino y esas reacciones tendrían que ser las que se produjeran en nuestro país y por parte de nuestras autoridades. Porque en Almería, por ejemplo, el prestigio de nuestra agricultura, socavado sin pruebas fehacientes, es uno de los pilares, de los cimientos sobre los que descansa la economía y, por tanto, la sociedad almeriense.
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