Tengo que reconocer que, hoy por hoy, soy presa de sentimientos, sensaciones y opiniones encontradas, a causa del movimiento éste de los indignados, de los cabreados, de los incomprendidos, de los puteados, de los acampados, de los espontáneos, de los rebotados, de los jodidos y puestos al sol (a la Puerta del Sol).Por un lado, espero conservar siempre mi lado rebelde y, por ello, me hace tilín todo lo que sea protestar, manifestarse, hacer uso de la democracia y de los derechos de cada uno, quejarse cuando no se respetan y darle vidilla a un sistema que, como todos, siempre se rompe por el acomodo, la insolidaridad y el ‘sofismo’ (no el de los filósofos sofistas, sino el de los que se quedan en el sofá).
Pero por otro lado, también hay sensaciones que me impiden identificarme por completo con este movimiento (miedo me da esa palabra, que significó ‘partido único’ y prensa del Estado franquista durante 40 años), que dudo que sea espontáneo (no creo en casualidades) y que presenta un sospechoso tufo a este país de barra de bar, donde es un pecado hacer cosas y un delito pasar a la acción, donde los que siempre caen bien son los que están en su casa rascándose al barriga sin meterse con nadie y donde los enemigos públicos son los que toman las riendas, los que intentan poner soluciones en la práctica, los que se mojan, los empresarios, los políticos, los sindicalistas incluso (sabrá usted que no son santo de mi devoción) o los entrenadores de fútbol.
El ‘movimiento’ (escalofrío) podría ser inofensivo en cualquier otro lugar del mundo, pero quizás no aquí. Porque aquí vivimos de criticar al vecino, del ‘qué tío más inútil’, del cabreo, la indignación y el rechazo de cualquiera que hace algo, que mueve los ‘güevos’ para intentar que las cosas nos vayan mejor a todos o incluso para que le vayan mejor a sí mismo, lo cual, al parecer es un delito. Y le mostramos ese cabreo y esa indignación mientras damos cuenta de una caña y un lomo, con el codo bien acomodado en la barra del bar.
Me parece bien, por tanto, que se proteste, que se indigne uno, ¡coño! Pero me gustaría que esa indignación fuera algo más racional, menos tópica, porque quién demonios no va a estar en contra de que se elimine la corrupción de la política; y buscando unos responsables más concretos, no así a lo burro, los dos grandes partidos en general, como si los demás se pudieran ir de rositas (¿acaso hace algo diferente Convergencia en Cataluña? ¿Hizo algo diferente el Partido Andalucista cuando co-gobernó la Junta o Izquierda Unida cuando lo hizo en Almería?).
Y sobre todo, fuese una indignación más activa, que no se limitase a quedarse tirados en un parque hablando, en lugar de participar de un sistema que, como dijo Churchil, es el menos malo, pero que funcionaría si los ciudadanos fuéramos más participativos, nos quejáramos más y tuviéramos algún interés por hacerlo funcionar. Y una indignación permanente, porque yo también estoy indignado; indignado y harto de una sociedad en la que, durante los otros 1.400 días de la legislatura, los que no son campaña electoral, aquí no se mueve ni dios, todo el mundo traga con todo, nos importa tres pepinos si no nos atienden bien en nuestro ayuntamiento, si en vez de cuatro son cinco los millones de parados, nos valen las guerras, las hojas de reclamaciones son un ente paranormal y los médicos nos citan a las nueve sabiendo que nos atenderán a las once. ¿Dónde coño están los indignados entonces?
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