domingo, 1 de enero de 2012

Indignidad de género

Hubiera sido mucho más bucólico y pastoril haber empezado este año con un artículo sobre buenos deseos para este 2012 que dicen podría ser el último. Sin embargo, hay veces que tiene que estar uno a lo que está. Y en lo que está uno, en este caso, es el uso de esa herramienta con la que se gana la vida, que hemos convertido en saco de ‘puching’ y que llamamos lengua castellana.
Tengo que confesar que no siento excesiva devoción por la señora Pajín, doña Leire; como no la siento tampoco por otros muchos tipos y tipas (vayamos a leches), de diferentes colores y signos, que han pasado por los gobiernos de diferentes instituciones públicas sin haber dejado en pie ni una sola obra, ni un solo acto que merezca la pena, que pueda ser recordado con cierto orgullo por aquellos que les hemos pagado el sueldo religiosamente durante años; y lo que es peor, que se lo vamos a seguir pagando, sin que den palo al agua, una vez terminado su triste paso por la función pública.
El otro día, con los cuerpos se sendas mujeres aún frescos, con sus familias desesperadas por unas pérdidas tan absurdas como injustas, la señora en cuestión decidió lanzarse al ruedo acusando a su sucesora en el ministerio de haber utilizado la expresión ‘violencia doméstica’ para definir ambos crímenes. Sinceramente, en el momento que escuché sus palabras, vía radio, tuve que hacer profundos esfuerzos para no vomitar.
Una de las más estúpidas manías que algunos políticos comparten con nosotros, los periodistas, es la de pensar que la gente, nuestros conciudadanos, nacieron ayer mismo. Utilizar la muerte de dos seres humanos y las manifestaciones de dolor de una ministra recién llegada al cargo para hacer política de esa manera no solo es una enorme indignidad, de género si lo quieren así, sino además una muestra clara de quien piensa que todos los demás somos gilipollas por vía congénita.
Pero al margen de la indignidad, que creo que es lo más grave en este tema, entrando lingüísticamente en el asunto, la señora Pajín no lleva razón. Dice la individua en cuestión, corrigiendo a su sucesora como si ella tuviera patente de corso en cuestiones lingüísticas (ignorando las amplias manifestaciones de desprecio por la lengua que nos ha dejado durante sus años de gestión), que lo que ha causado la condenable muerte de estas dos mujeres no es violencia doméstica sino violencia machista o de género. Demuestra Pajín, una vez más, que de gestión de la lengua castellana va aún peor que de gestión institucional o ministerial. Habrá que explicar a esta señora, y en su persona a toda esa caterva que sostiene el feminismo más enfermizo, irracional e inútil, que el término doméstico viene del latín ‘domus’, que significa hogar. Y que como tal, es un adjetivo que describe lo que sucede alrededor de un hogar o familia.
Que los energúmenos que han dado cuenta de las vidas de estas dos mujeres a las que se suponía que algún día quisieron (no lo creo yo tanto), lo han hecho en el ambito de la familia es algo que ofrece pocas dudas. Si ambos hubieran querido ejercer la violencia machista o de género, no se hubieran entretenido en elegir como víctimas precisamente a sus mujeres, sino que hubieran enfocado su ira inhumana sobre cualquier otra mujer; a quienes ellos odiarían sería a todas las mujeres y no sólo a la suya propia.
Creo, sinceramente, que mientras no nos convenzamos de que este tipo de violencia no está basada en el género sino en la posesión familiar y doméstica blandida bajo irracionales manifestaciones de superioridad física, seguiremos lamentándonos y perdiéndonos en estos penosos y estériles debates.

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